Otra vez, sumergidos en la trampa cambiaria

Carlos Balter
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4 de marzo de 2013  

Observando las estadísticas de exportaciones vitivinícolas de 2012 respecto de 2011, notamos que las de vino embotellado disminuyeron 7%, mientras que las de vino a granel crecieron 45%. Enorme diferencia cuyo significado es muy simple: dejamos de exportar valor agregado. Dejamos de exportar mano de obra utilizada en las plantas de embotellamiento para exportar el producido de la tierra más un cierto porcentaje de valor agregado agrícola.

La caída del tipo de cambio real es indudablemente responsable de esta modificación en la composición de nuestras exportaciones. Vendemos al mundo menos mano de obra argentina, orientándonos a entregarle más de nuestros recursos naturales, o sea, menos industria exportadora.

El tipo de cambio real, es decir, el tipo nominal de cambio corregido por la inflación, ha disminuido significativamente durante estos últimos dos años, revirtiendo así la estrategia cambiaria de "dólar alto" iniciada en 2003. Hemos abandonado la doctrina de Néstor Kirchner consistente en fomentar las exportaciones industriales acumulando reservas, con el fin de sostener un tipo de cambio real alto.

La nueva doctrina se orienta a permitir atraso cambiario vía la introducción de diversas restricciones a las importaciones, prohibiendo el ahorro en dólares y dificultando todo tipo de remesas al exterior, o sea, disminuyendo con controles la demanda de dólares. Es la nueva política oficial: disminuir la demanda de dólares para que el tipo de cambio real descienda, ignorando el daño progresivo infligido a la exportación.

A fines de 2012 el Banco Central permitió una mayor tasa de devaluación, intentando disminuir el ritmo de atraso cambiario determinado por la tasa de inflación, pero no se equiparó al alza de los costos industriales, o sea que el mecanismo generador de atraso continuó. Hoy, de acuerdo con el conocido índice Big Mac, elaborado por la revista británica The Economist, nuestro atraso cambiario asciende a 42%. Obviamente el Banco Central teme los efectos de una mayor tasa de devaluación sobre las expectativas inflacionarias, y por ello está usando la tasa de devaluación como un freno a las expectativas, del mismo modo que lo intentó hacer la "tablita" de Martínez de Hoz. Suponemos que razonan: no importa si caen las exportaciones, en el corto plazo el objetivo es frenar la inflación.

El Gobierno está muy equivocado. El mecanismo generador de aumento de precios hoy en la Argentina es una dinámica que se inicia con los acuerdos salariales en paritarias y sigue con la validación de esos porcentajes vía incrementos en la oferta monetaria, creando moneda.

La baja del tipo de cambio real es la víctima que, por un cierto tiempo, demora la aceleración de este proceso. ¿Qué ocurriría si los convenios salariales en 2013 establecen aumentos del 30-35% y el Banco Central los valida imprimiendo billetes y devaluando al 15% anual? A nadie se le escapa que esta dinámica de validación monetaria termina mal. Se ufana el Gobierno de que no usa la restricción monetaria porque esa estrategia es ortodoxa, neoliberal y causa recesión, pero no dice a dónde cree que nos conduce una política macroeconómica cuya única restricción, cuyo anclaje, es el tipo nominal de cambio.

Claramente estamos nuevamente sumergidos en una trampa cambiaria de la que no será fácil salir sin daño. A la industria que exporta ya la dañaron y la siguen dañando día a día. Repensar la política macroeconómica es imperativo y es hora de que el Gobierno convoque a quienes tengan conocimiento y experiencia para que lo ayuden urgentemente a encontrar soluciones.

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