Otro tren global que miraremos desde el andén y dejaremos pasar
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Días atrás, al mismo tiempo que Henry Kissinger argumentaba en el World Economic Forum en Davos, Suiza, que Ucrania debía ceder territorio a Rusia para que la guerra termine, no muy lejos de allí, en el Oslo Freedom Forum organizado por el ajedrecista y disidente ruso Gary Kasparov, los ucranianos presentes repetían insistentemente la churchilliana frase “vamos a prevalecer” (“we will prevail”).
Años atrás, los resultados de las guerras y los bordes de los países se decidían no solo en el campo de batalla, sino también entre cuatro paredes, por miembros de una elite que, como Kissinger, podía dejar de lado la voluntad del pueblo. Hoy, en tiempos de las redes sociales, eso sería muy difícil de tolerar para los ucranianos, que han sufrido las más horrendas atrocidades de parte del ejército de Putin.
La conclusión, a los efectos prácticos para la Argentina, es que podemos predecir que la guerra va para largo. Si bien Rusia ha logrado algunos avances en el este de Ucrania en los últimos días, los ucranianos todavía piensan que pueden, con ayuda de armas de occidente, expulsar al ejercito ruso de su territorio. Más importante aún, no están dispuestos a ceder ningún territorio para lograr la paz.
La persistencia del conflicto presagia que los problemas de abastecimiento global de algunos alimentos y de energía continuarán por bastante tiempo. Rusia y Ucrania combinadas proveían más del 30% de las exportaciones mundiales de trigo y de aceite de girasol, más del 15% de las de maíz y 11,6% de las de petróleo. Rusia también proveía el 44% del gas natural que importaba Europa antes del conflicto.
Desde el inicio del conflicto hasta el jueves pasado, los precios del trigo, del petróleo y del gas natural licuado –que se importa por barco– habían subido 16%,18% y 85%, respectivamente. Estos números incluyen caídas esta semana en los precios del trigo, debido a que se filtraron planes para que Ucrania pueda exportar su producción, y del petróleo, debido a reportes de que Arabia Saudita estaría dispuesta a aumentar su producción.
El impacto del conflicto sobre la producción de alimentos no termina allí. Rusia y Bielorrusia, cuyas exportaciones también están restringidas por ser aliada de Rusia en la guerra, proveen casi 40% de las exportaciones mundiales de potasio, un fertilizante, y entre 15% y 20% de la producción de otros dos fertilizantes, nitrógeno y fósforo.
La menor disponibilidad global de fertilizantes permite augurar una reducción de la producción alimenticia incluso fuera de la zona de guerra. El último reporte del departamento de agricultura de los Estados Unidos (USDA) prevé caídas de 0,6% y 2,9% en las cosechas globales de trigo y maíz para 2022/2023, parcialmente compensadas por una mayor producción de soja. Factores climáticos tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur sugieren que el próximo reporte traerá noticias aun peores. No es casualidad que la tapa de la revista The Economist del 21 de mayo haya sido sobre “la catástrofe alimentaria que se avecina.”
“La menor disponibilidad global de fertilizantes permite augurar una reducción de la producción de alimentos”
La invasión de Rusia a Ucrania disparó el debate sobre la seguridad alimentaria y la seguridad energética a nivel global. Estos se enmarcan en dos grandes tendencias. Una es la de la relocalización de la producción desde países autocráticos y potencialmente hostiles, como China, hacia países confiables (para los países desarrollados de Occidente). En inglés le llaman “re-shoring”, en oposición al proceso de “offshoring”, la transferencia de producción de bienes y servicios de los países desarrollados hacia países de bajo costo como China, que duró varias décadas. La secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, Janet Yellen, llamó recientemente a reducir la vulnerabilidad de las democracias occidentales con China mediante la relocalización de las cadenas de suministro hacia países amigos (“friend-shoring”).
La segunda tendencia en la que se enmarca este debate es el de la transición energética. Lo que se pensaba que iba a convertirse en un shock de reducción de demanda de petróleo al aumentar la movilidad eléctrica, fue hasta ahora más que nada un shock de reducción de su oferta. Según el FMI, la inversión global en petróleo y gas cayó un 55% entre 2014 y 2021, en parte por la presión de los inversores que no quieren financiar a las petroleras.
Estas tendencias presentan una tremenda oportunidad para la Argentina. Con Vaca Muerta, abundantes reservas de litio y otros minerales, y la posibilidad de elevar la producción de granos a 200 millones de toneladas en pocos años desde cerca de 125 millones actuales, la Argentina ocupa una posición de privilegio para responder a los problemas de seguridad energética y alimentaria, y puede convertirse en un actor estratégico durante y luego de la transición energética.
Solo faltan dos detalles. Uno, tener las condiciones económicas para realizar ese potencial. El segundo, poder ser parte de ese lote de países confiables, amigos del mundo occidental y democrático.
“Con retenciones, cepo, controles a las exportaciones y un sistema impositivo confiscatorio, la Argentina nunca podrá erigirse como una solución la los problemas de la seguridad alimentaria y energética”
Las recientes peripecias del presidente Alberto Fernández en la escena internacional nos hacen todo, menos confiables. En la misma gira europea donde se ofreció como proveedor de alimentos y energía, les pidió a los lideres europeos que terminen la guerra, como si la cruel invasión rusa pudiese olvidarse sin más. Peor todavía es el espectáculo que está dando antes de la Cumbre de las Américas, que se celebrará en los Estados Unidos entre el 6 y el 10 de junio. En apoyo a las dictaduras de la región, Cuba, Venezuela y Nicaragua, cuyos líderes no fueron invitados, Fernández envió señales confusas sobre su participación y se deslizó que podría celebrar una cumbre paralela de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), que incluye a las dictaduras. Cuando hay guerra no hay tintes medios. O se está de un lado o se está del otro. Un gran problema para un presidente que zigzaguea dependiendo de quien sea su interlocutor, y para una presidenta que está del otro lado: admira a Putin y al régimen chino.
Con retenciones, cepo, controles a las exportaciones y un sistema impositivo confiscatorio, la Argentina nunca podrá erigirse como una solución a los problemas de la seguridad alimentaria y energética. Los números son claros. El área sembrada y el volumen cosechado de los principales cultivos como la soja, el maíz y el trigo se expanden vigorosamente en períodos sin cepo y sin retenciones, como en los gobiernos de Carlos Menem y Mauricio Macri, y bajan el ritmo de expansión con la combinación letal de cepo, controles y retenciones. Algo aún más marcado ocurre con las exportaciones de carne: crecieron 70% en el gobierno de Macri, pero cayeron en el de Fernández. El balance externo energético pasó de superávits en la década del 90, marcando un récord de US$6081 millones en 2006, a un déficit de US$6579 millones en 2014, luego a un equilibrio en 2019, y este año apunta a un déficit nuevamente. Es posible que haya que racionar el gas a la industria este año.
El Gobierno recientemente levantó el cepo para las empresas del sector hidrocarburífero que inviertan para aumentar la producción de gas o petróleo. Si bien puede tener algún impacto, no creo que sea más que marginal. Cuántas veces los gobiernos dieron beneficios o esquemas regulatorios e impositivos que luego ellos mismos, o las autoridades siguientes derogaron.
Las deficiencias del modelo económico del kirchnerismo no solo impactan en el desarrollo de mediano plazo; también ponen en jaque a la supervivencia del modelo en el corto plazo. El atraso cambiario le está impidiendo al Banco Central sumar reservas, a pesar de exportaciones récord de granos. El Central lleva comprados en el mercado US$900 millones en el año, comparado con US$5758 millones de igual período de 2021, y perdió, neto del ingreso de fondos del FMI, US$4681 millones de reservas en 2022.
Cuando las exportaciones de soja y maíz empiecen a mermar, en unas semanas, el Banco Central se verá en dificultades para preservar las reservas internacionales y para evitar una devaluación del peso. En 2021, por caso, vendió US$2300 millones entre mediados de agosto y fin de año.
El modelo y un clima adverso no permitirán al país beneficiarse mucho de las restricciones que la guerra impone sobre el mercado de trigo. Las proyecciones apuntan a una caída en la producción de trigo de cerca de 10% con respecto a la cosecha anterior. Si el valor total de esa cosecha subirá dados los mayores precios internacionales, no servirá de puente que el Gobierno necesita para llegar a las elecciones.
Otro tren global que podría disparar el crecimiento de nuestro país está pasando. Como en otras ocasiones, el modelo mercadointernista rentístico imperante nos hará mirarlo desde el andén, mientras racionamos aquello que nos debería sobrar.
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