
Por los conflictos en el Mercosur, la Argentina y Brasil parecen un matrimonio con casas separadas
Hay problemas estructurales diferentes y es difícil encontrar una salida común
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Se necesitan mutuamente, pero convivir les resulta cada vez más difícil. Tienen en común proyectos a futuro, pero cada uno preferiría, íntimamente, hacer su vida. En público se juran fidelidad, pero no dudan en traicionarse ni en sentarse a discutir sobre hechos consumados. Cada reconciliación dura menos tiempo. Y, como a los dos les va mal, despiertan más desconfianza, lo cual hace más difícil que se pongan de acuerdo.
Esta trama de telenovela latinoamericana podría describir la actual relación entre la Argentina y Brasil en el marco de la alicaída integración económica del Mercosur.
Los dos países llegan a las reuniones de San Pablo con más problemas que soluciones; con más recelos que confianza y con un horizonte demasiado corto para un proyecto que había prosperado a base de voluntad política y de oportunidades de negocios que fueron marchitándose.
Hay, sin embargo, dos importantes datos nuevos. Uno, que en la configuración del mundo que surge tras los brutales atentados terroristas del 11 de septiembre el Mercosur se revaloriza como espacio político. Dos, que la agudización de la crisis cambiaria y de deuda brasileña, sumada a los graves problemas económicos de la Argentina, coloca a ambos países en una situación de riesgo que el gobierno de Washington no puede ignorar si aspira a evitar que en la región surja un peligroso frente de desestabilización financiera.
Con este telón de fondo, tirar por la borda el Mercosur luce tan improbable como relanzarlo económicamente con cierto éxito. Probablemente todo se limite a colocar nuevos parches hasta que alguna vez puedan darse las condiciones para negociar una coordinación macroeconómica entre los dos mayores socios del bloque, que hoy por hoy aparece cada vez más lejana.
La base del problema
La base teórica del problema es cómo mantener la sociedad cuando la Argentina sigue aferrada a la rigidez del 1 a 1 con el dólar que le impone la convertibilidad y Brasil, tras la devaluación de enero de 1999, deja flotar su moneda, que desde entonces se ha depreciado más de 50% (con un sorprendentemente bajo impacto inflacionario interno), lo cual supone un fuerte aumento de su competitividad en un esquema de protección común frente a terceros países y libre comercio dentro del bloque.
Con un cuadro de situación de esta naturaleza, Brasil debería inundar de productos a la Argentina, además de captar -por su tamaño y estas ventajas- la mayoría de las inversiones destinadas al mercado común. Pero las cosas no son tan así. Los funcionarios brasileños se defienden con cifras y destacan que entre enero y agosto de 2001 la balanza comercial ha sido superavitaria para la Argentina en US$ 700 millones, casi US$270 millones más que en el mismo período de 2000.
La Argentina ha mantenido invariablemente saldos a favor desde 1995 en su comercio con Brasil, si bien en los cuatro años previos a la devaluación del real fueron mucho más altos, ya que oscilaron entre US$ 1200 y US$ 1600 millones anuales.
En la opinión de Brasilia, es impensable retrotraerse a aquellas épocas, porque lo artificial era el tipo de cambio brasileño. Con cierta prudencia diplomática, deslizan que lo mismo ocurre con la política cambiaria argentina, y que -con o sin Mercosur- difícilmente el país pueda atraer inversiones con costos altos en dólares y un mercado interno miniaturizado por la recesión.
Desde el lado argentino es obvio que con la moneda brasileña sin estabilizarse no existen perspectivas para exportar más en forma competitiva. Los sectores que lideran las exportaciones al país vecino son automotores (que tienen un régimen especial), granos y petróleo (que se benefician por flete y ausencia de barreras dentro del bloque).
Los exportadores industriales que colocaban sus productos al amparo del real barato han desaparecido de la escena. Pero no se produce la temida "invasión" de productos brasileños, por la fortísima recesión argentina, aunque hay un claro desvío de inversiones hacia la economía de mayor tamaño.
En Brasil, el dólar cotiza hoy cerca de 2,80 reales, pero la alta demanda de divisas (sumada a la acumulación de vencimientos de deuda pública indexada por la paridad cambiaria y elevadísimas tasas de interés domésticas) hace que las operaciones a futuro se pacten a un tipo de cambio de 3,40 reales por dólar para dentro de un año. Más problemas para la sociedad.
Por eso surge, en el actual equipo económico y varios sectores industriales, la presión por abandonar el mercado común y pasar a una zona de libre comercio (donde los aranceles se discuten caso por caso), además de establecer salvaguardias, compensaciones o un "dólar Mercosur", por fijarse desde una predeterminada depreciación del real.
Para Domingo Cavallo establecer esta contrapartida es inevitable; para su colega Pedro Malán, sólo discutible para los sectores que tienen problemas concretos.
Cavallo está convencido de que Brasil va a tener que volver a anclar el tipo de cambio, hasta ensayar un régimen de convertibilidad, si no quiere caer en una fuerte recesión y agudizar aún más sus problemas de deuda. Y si hay algo que irrita a los brasileños es que les digan qué deben hacer, sobre todo cuando la mayoría apuesta desde hace años al fracaso del 1 a 1.
Escasos márgenes
Pero cada país no tiene la política cambiaria que quiere, sino la que puede. La Argentina no está en condiciones de salir del tipo de cambio fijo sin un caos financiero con el actual cuadro de fragmentación política. Brasil difícilmente pueda detener la escalada del dólar sin algún tipo de ayuda externa que fortalezca sus reservas y detenga el insoportable taxímetro de los intereses de su deuda pública. En un mundo que tiende a polarizarse políticamente, la Argentina y Brasil necesitan del Mercosur, sin el cual difícilmente puedan negociar eficazmente futuros acuerdos comerciales con los Estados Unidos o la Unión Europea. Pero una sociedad binacional sin un mínimo de consenso para manejar sus conflictos económicos, basados en problemas estructurales muy difíciles de resolver, y sin instituciones que ayuden a encaminarlos, está destinada a la involución hasta que cambien las condiciones externas.






