
Sin moneda no hay crédito
Cuando a principios de 2002 se anunció, con bombos y platillos, el abandono de la convertibilidad, se argumentó que de esa forma la Argentina pasaba a ser un país normal porque recuperaba el manejo de la política monetaria, es decir, el BCRA podía volver a utilizar diferentes mecanismos de expansión y contracción monetaria. Ahora bien, para poder recuperar el manejo de la política monetaria, lo primero que hay que tener es una moneda. La pregunta que cabe formularse es si realmente los argentinos tenemos una moneda, porque si no la tenemos, es imposible aplicar cualquier mecanismo de regulación monetaria, con el agregado de que sin una moneda no hay crecimiento posible.
Repasemos rápidamente nuestro historial monetario. En 1899, se crea el peso moneda nacional. Este dura hasta el 1º de enero de 1970, en que es reemplazado por el peso ley 18.188. Un peso ley era igual a 100 pesos moneda nacional. Es decir, se quitaron dos ceros.
A mediados de 1983, se emite el peso argentino en reemplazo del peso ley 18.188. Ahora, un peso argentino era igual a 10.000 pesos ley 18.188. Se quitaron cuatro ceros.
Dos años después, se reemplaza el peso argentino por el austral. Un austral fue igual a 1000 pesos argentinos. Otros tres ceros menos. Finalmente, en enero de 1992 entró en vigencia el peso en reemplazo del austral. Un peso igual a 10.000 australes.
Es decir, en total se quitaron 13 ceros, lo que significa que un peso actual es equivalente a 10 billones de pesos moneda nacional. Ahora bien, los ceros que tuvieron que quitarse fue porque la emisión monetaria hacía que los precios subieran astronómicamente, a tal punto que todavía conservo algunos billetes de 1.000.000 de pesos de los denominados ley 18.188. Para que la gente más joven entienda de qué estamos hablando, si ese billete hoy estuviera en circulación, no me serviría ni para comprar un caramelo. El hecho de que los billetes tuvieran altas denominaciones no significaba más poder de compra. La inflación erosionaba constantemente el poder adquisitivo de la moneda. Nuestro moneda era (¿es?) como si utilizáramos el hilo como medio de intercambio. Se derretía con suma facilidad.
¿Por qué todo este recordatorio monetario? Porque la tan denostada, hoy en día, convertibilidad, no fue fruto de una decisión del gobierno de Menem, sino que fue fruto de una decisión del mercado. La gente no quería saber nada con los billetes que emitía el BCRA y prefería el dólar como moneda. Es más, para los que tengan memoria, cuando Cavallo asumió como ministro de Economía a principios de 1991, quiso establecer una suerte de convertibilidad móvil. En ese momento, había anunciado una paridad cambiaria que tenía dos bandas. La banda superior surgía de dividir la base monetaria por el oro que tenía el BCRA en sus reservas y la banda inferior era el resultado de dividir la base monetaria por las reservas en oro, más las reservas en dólares. Esa banda tenía tendencia creciente a lo largo del tiempo y el tipo de cambio debía moverse entre la banda superior y la inferior. Como la gente seguía sin creer en el BCRA como emisor de moneda, y luego de una corrida cambiaria a mediados de marzo de 1991, tuvo que irse a algo más potente, que fue la ley de convertibilidad. ¿Qué fue la ley de convertibilidad? No fue otra cosa que un juramento por ley de que el BCRA iba a dejar de emitir moneda para financiar al tesoro y para darles redescuentos a los bancos. La gente ya había elegido el dólar como moneda y los pesos pasaron a ser simples recibos que emitía el BCRA de la moneda que la gente quería como moneda: el dólar.
El BCRA no dejó de hacer política monetaria activa tradicional en 1991 por propia convicción, sino porque la gente despreciaba los billetes que emitía esa entidad.
La gran pregunta que tenemos que formularnos ahora es si, abandonada la convertibilidad, el peso es realmente moneda para la gente, entendiendo por moneda aquella mercancía que es aceptada como medio de intercambio y, como consecuencia de esto, es reserva de valor y unidad de cuenta.
Hoy, el peso es un instrumento que se utiliza para realizar transacciones de corto plazo, pero lejos parece estar de ser un instrumento de reserva de valor o de unidad de cuenta.
Hagamos la prueba ácida para ver si el peso es reserva de valor. ¿En qué consiste esta prueba? Pregúntese a sí mismo si usted está dispuesto a otorgar un préstamo en pesos a, por ejemplo, una tasa del 10% anual y a un plazo de 5 años. Si responde que sí, entonces el peso tiene reserva de valor y sirve no sólo para ahorrar, sino también para que el mercado crediticio pueda operar con préstamos a largo plazo a tasas "pagables". Si responde que no, el peso no tiene reserva de valor y el mercado de créditos queda limitado a plazos muy cortos, con lo cual no hay crecimiento posible sin ahorro de largo plazo.
Observando la estructura de los depósitos en el sistema financiero, donde los depósitos a plazo fijo en pesos representan una parte mínima del total de los depósitos totales, puede llegarse a la conclusión de que la gente sigue sin considerar al peso reserva de valor y continúa tomando al dólar o al euro como las monedas que le protegen su poder de demanda en el largo plazo.
Si esto es efectivamente así, quiere decir que tenemos un problema que no puede resolverse en las actuales condiciones de política monetaria. ¿Cuál es ese problema? Que los que pueden llegar a ofrecer ahorro de largo plazo piensan en dólares o euros y quienes pueden llegar a demandar crédito de largo plazo sólo se animan a pensarlo en pesos. Es más, el grueso de los que pueden llegar a demandar crédito (si califican para que se lo otorguen) tiene flujos de ingresos en pesos. ¿Quién va a arriesgarse a tomar un crédito en dólares ganando en pesos? Y, al mismo tiempo, ¿quién va a dar un crédito de largo plazo en pesos si los ahorristas piensan en dólares o euros como reserva de valor? Y, de más esta decir, que si alguien le da un crédito en dólares a alguien que tiene flujo de ingresos en pesos, deja de ser un arriesgado en sus negocios para transformarse en un temerario.
Conclusión inevitable
Si se acepta todo este razonamiento, la conclusión inevitable es que el crecimiento está seriamente condicionado a la aparición de una moneda común en la cual ahorristas y demandantes de crédito puedan realizar contratos de largo plazo, por supuesto, asumiendo que la gente vuelve a confiar en que el sistema jurídico argentino hará cumplir los contratos firmados por las partes. En este último punto, no es ocioso recordar que las señales que envíe la Corte Suprema de Justicia sobre cuáles son las reglas que imperan en la Argentina definirán nuestro futuro económico.
Pero volviendo al tema monetario, el dilema a resolver es que la historia del BCRA hoy lo tiene inhabilitado de hecho para emitir moneda que sea considerada reserva de valor. Sólo el transcurso de los años dirá si el BCRA recuperó su reputación de buen emisor. La pregunta es: ¿disponemos de tanto tiempo para que reaparezca el crédito de largo plazo y así comenzar a crecer y salir de la pobreza?
- El próximo domingo: el columnista invitado será Roberto Frenkel.







