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A veces, las mejores empresas no nacen en un garage de Silicon Valley, sino en una cocina familiar después de las seis de la tarde, cuando el cansancio del día se mezcla con una preocupación de padres: ¿qué le estamos dando de comer a nuestros hijos?

Esa fue la chispa de Kuati. Bianca Brenna y Agustín Moreiro no buscaban fundar un imperio; buscaban una opción nutritiva para la alimentación de su hija Violeta. Lo que encontraron en el mercado fue un muro: productos caros, llenos de azúcar oculta y etiquetas imposibles de descifrar.
“Queríamos algo sano y casero, pero la oferta era limitada y costosa. Comer bien no debería ser un lujo”, recuerdan hoy, a diez años de aquel primer horneado.
La historia de Kuati es la de un crecimiento a pulso. Empezaron con un horno Pauna, cocinando los fines de semana y repartiendo los pedidos en el auto familiar, muchas veces con su hijo Alfonso en la sillita de atrás.
En seis meses, tomaron la decisión que sus conocidos tildaron de arriesgada: renunciar a sus trabajos estables para apostar todo al proyecto. Con dos hijos pequeños y una estructura mínima, se mudaron a un espacio en Beccar. Allí la historia sumó su componente más humano y valioso: se incorporó Silvina. Silvina no es una pieza más en el equipo; es la mujer que trabajó toda la vida en casa de Bianca y la crió desde que tenía 11 años. Su llegada a la cocina de Kuati fue el paso natural para asegurar que, a pesar de la escala, cada bolsa mantuviera ese “gusto a casa” y ese estándar de cuidado que los grandes industriales no pueden replicar. Hoy, ella es la guardiana de que la esencia original permanezca intacta en cada tanda.

Lo curioso es que Kuati no creció por una acción de marketing, sino por una lectura precisa del nuevo consumidor. Hoy, el cliente ya no es pasivo; es un “detective de etiquetas”. Busca el índice glucémico, el origen de la grasa y, sobre todo, huye de los edulcorantes químicos.
“Nuestra propuesta fue siempre la transparencia. Si no lo podés pronunciar, no lo comemos. Si es un químico, no va a la bolsa”, explican los fundadores.
El diferencial de la marca se apoya en cinco pilares que hoy son tendencia global, pero que ellos sostienen desde el primer día:
El salto definitivo llegó en 2020 con la mudanza a una planta en Exaltación de la Cruz. No fue solo una expansión física, sino un cambio de filosofía de vida. Hoy operan desde un predio industrial con una segunda planta en desarrollo, demostrando que se puede escalar sin vender el alma del producto.
Su última innovación es el termómetro de su espíritu disruptivo: la granola con matcha. En un 2026 donde este “oro verde” japonés es una categoría global de 5.400 millones de dólares, Kuati se adelanta a la tendencia local tras un año de desarrollo. “El desafío era hacerlo rico y accesible para el paladar argentino, pero con un aporte nutricional real”, cuenta Bianca.
A diez años de aquel comienzo trasnochado entre moldes y avena, Kuati sigue siendo una empresa de personas. Una marca de autor que logró lo más difícil en el mercado actual: generar confianza. En un mundo saturado de promesas, ellos eligen la honestidad. Porque al final del día, el éxito de Kuati no se mide solo en toneladas de producción, sino en cada familia que vuelve a confiar en lo que pone sobre su mesa.
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