No sólo médicos: se necesita más dinero para vencer al ébola

Jeffrey Sachs
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17 de agosto de 2014  

La horrible epidemia de Ébola en al menos cuatro países del oeste africano (Guinea, Liberia, Sierra Leona y Nigeria) no sólo requiere una respuesta de emergencia para detener el brote. Es también un llamado a repensar algunos supuestos básicos sobre la salud pública mundial. Vivimos en una era de enfermedades infecciosas que aparecen, reaparecen y pueden diseminarse rápidamente. Necesitamos un sistema mundial acorde con esta realidad para el control de enfermedades. Afortunadamente, está a nuestro alcance si invertimos adecuadamente. La del Ébola es la última de muchas epidemias recientes, que también incluyen al sida, el SARS (síndrome agudo respiratorio severo), y las gripes H1N1 y H7N9, entre otros. El sida se ha cobrado casi 36 millones de vidas desde 1981.

Por supuesto, puede haber epidemias mayores y más repentinas, como la de influenza en la Primera Guerra Mundial, en 1918, que segó entre 50 y 100 millones de vidas (muchas más que la propia guerra). Y si bien el brote de SARS de 2003 fue contenido y causó menos de 1000 muertes, estuvo a punto de perturbar a muchas economías del este asiático.

Hay cuatro factores centrales para entender al Ébola y las otras epidemias. En primer lugar, las enfermedades infecciosas de mayor aparición son las zoonosis, es decir, que comienzan en poblaciones animales. El Ébola puede haber sido transmitido por murciélagos. Las nuevas enfermedades zoonósicas son inevitables cuando la humanidad fuerza su ingreso en nuevos ecosistemas (como las regiones boscosas que antes eran remotas); la industria de los alimentos crea más situaciones de recombinación genética, y el cambio climático modifica los hábitats naturales y las interacciones entre especies.

En segundo lugar, una vez que una nueva enfermedad infecciosa aparece, su diseminación a través de aerolíneas, barcos, megaciudades y el comercio de productos animales probablemente resulte muy rápida. Estas epidemias revelan cuán vulnerable está el mundo.

En tercer lugar, los pobres son los primeros en sufrir y los más afectados. Son quienes viven más próximos a los animales infectados. A menudo analfabetos, suelen estar desprevenidos sobre las formas de transmisión de las enfermedades infecciosas. Además, dada su insuficiente nutrición y falta de acceso a los servicios básicos de salud, sus sistemas inmunológicos debilitados son presa fácil de infecciones. Y el hecho de que haya pocos trabajadores de la salud, o ninguno, para garantizar una respuesta adecuada ante una epidemia hace que los brotes sean más graves.

Finalmente, las respuestas médicas necesarias, incluidas las herramientas de diagnóstico, y medicamentos y vacunas eficaces, van a la zaga del surgimiento de las enfermedades. Reponer esas herramientas continuamente requiere biotecnología e inmunología de última generación y, en última instancia, bioingeniería para crear respuestas industriales a gran escala.

La crisis del sida, por ejemplo, requirió decenas de miles de millones de dólares en investigación y desarrollo para producir drogas antirretrovirales y salvar vidas. Sin embargo, cada gran avance inevitablemente lleva a la mutación del patógeno y a que los tratamientos anteriores pierdan eficacia.

¿Está listo el mundo para el Ébola o la aparición de nuevas enfermedades? La respuesta es no. Si bien la inversión en salud pública aumentó significativamente después del año 2000, lo que condujo a éxitos en las batallas contra el sida, la tuberculosis y la malaria, recientemente experimentamos un marcado déficit del gasto mundial en salud pública respecto de las necesidades. Los países donantes no anticiparon ni respondieron bien a los desafíos nuevos y existentes, y han sometido a la Organización Mundial de la Salud a una debilitante restricción presupuestaria, mientras que el financiamiento para el Fondo Mundial de la Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, ha estado lejos de alcanzar los montos necesarios para ganar la lucha.

Ésta es una breve lista de las acciones más urgentes. En primer lugar, Estados Unidos, la Unión Europea, los países del Golfo y los Estados del este asiático deben establecer un fondo flexible bajo el liderazgo de la OMS para combatir la epidemia de Ébola, probablemente con un nivel inicial de entre 50 y 100 millones de dólares.

En segundo lugar, los países donantes deberían ampliar el presupuesto del Fondo Mundial y su mandato, para ayudar a los países más pobres a tener sistemas básicos de salud en todos los asentamientos de pobres y comunidades rurales. La mayor urgencia está en el África subsahariana y el sur de Asia.

Estas regiones deberían entrenar y desplegar un nuevo conjunto de trabajadores comunitarios de la salud bien capacitados. Con un costo de 5000 millones de dólares eso estaría garantizado.

Finalmente, los países de altos ingresos deben continuar invirtiendo adecuadamente en la vigilancia de enfermedades mundiales, la capacidad de alcance de la OMS e investigaciones biomédicas que sean capaces de salvar vidas.

El autor es director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia

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