
Soberbia e idolatría, causas de la debacle
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Por soberbia y en las personas de Adán y Eva, el ser humano cometió el pecado original de querer ser como Dios, pero sin Dios, antes que Dios y no según Dios, con lo que dejó el Paraíso y destruyó la armonía en todo y de todo lo creado. Otra consecuencia del pecado original es la reiterada caída en la idolatría, una perversión del sentido religioso innato en todas las personas, que no se agota en los cultos falsos del paganismo, ya que es una tentación permanente de la fe, que lleva a divinizar lo que no es Dios, por caso el dinero.
Quienes hicieron y dejaron de hacer lo que condujo a la actual crisis financiera, en gran medida, incurrieron en soberbia e idolatría.
Hubo soberbia e idolatría en el modo en que algunos utilizaron las posibilidades de ejercer cierto grado de control sobre el tiempo y sobre el espacio dado por los avances en las tecnologías de la información y de las comunicaciones, para diseñar, poner en marcha y hacer crecer en grado exponencial ciertos innovadores productos financieros a través de los cuales se canalizaron buena parte de los ingentes recursos monetarios volcados al sistema financiero desde fines de la década de 1980, al generar altísimas tasas de ganancia virtual -que se hacía más real en los honorarios percibidos por los operadores que en las rentas de los inversores o de los accionistas - y sin adoptar una prudente gestión del riesgo.
Hubo soberbia e idolatría en los responsables de establecer los alcances de la aplicación de adecuados procedimientos de regulación y control, para prever y evitar los desvíos de las normas prudenciales que debían regir en el sistema financiero y que llevaron al inflado y al estallido de esta burbuja que, según las estimaciones más conservadoras, produjeron pérdidas que llegan a 1,1 billón de dólares, equivalente al 2% del producto bruto interno del mundo, el 8% del de los Estados Unidos y el 7% del total de las exportaciones de bienes y servicios del orbe.
Hubo soberbia e idolatría en el exceso de confianza de los ahorristas e inversores, las entidades y los tomadores de fondos, actores básicos del sistema financiero, ya que los ahorristas e inversores buscaron rentas, a veces, desmesuradas, los responsables de las entidades no actuaron con la debida prevención del riesgo en el manejo de fondos de terceros y los tomadores de préstamos no midieron con realismo su capacidad de endeudamiento.
Por último, hubo soberbia, idolatría y excesiva codicia en algunos administradores de entidades, más interesados en obtener ganancias rápidas que les redituaban multimillonarios ingresos personales que en medir el riesgo que imponían a la estabilidad y a la continuidad de las instituciones, lo que revela su desinterés en el hecho de que el insumo esencial del sistema financiero, más que los recursos monetarios, es la confianza.
Es cierto que la historia del capitalismo y su sistema financiero avanzó a través de una serie de crisis en la que se inserta la actual y vale recordar a Joseph Schumpeter y su teoría de la "destrucción creativa", y asumir que las crisis sistémicas no son exclusivas del capitalismo y abarcan toda la historia, dada la imperfección propia de la condición humana, que hace inevitable que en la búsqueda de lo nuevo se incurra en desvíos.
No obstante, como decía Mao Tse-tung, "la única desviación peligrosa es la que no se corrige" y los desvíos de las conductas que llevaron a esta crisis también han de corregirse mediante la intervención del sector público que, no sin consecuencias dolorosas, buscará mitigar los efectos de las malas decisiones sobre la economía global, que afectan a todos los sectores de la sociedad en todo el mundo, intervención que ratifica el sentido verdadero de la economía que estuvo siempre signada por consideraciones políticas y morales, aunque algunos actores teóricos y prácticos de la economía hayan querido desvincularla por completo de la política y de la moral.
Al elaborar diagnósticos y señalar responsabilidades por esta crisis no parece útil atribuirlas sólo a los sistemas. Así se tiende a diluir las culpas de personas con imprecaciones contra el capitalismo, el neoliberalismo, el sistema financiero o la banca de inversión y no se contribuye a rectificar los comportamientos que produjeron los problemas. Así las propuestas de correcciones concretas son sustituidas por "discursos llenos de sonido y de furia que nada dicen", por usar la expresión shakespeariana.
Cuando señalamos la culpa de Adán y Eva por la crisis, quisimos presentar una imagen acerca de la necesidad de asumir la cuota personal y concreta de responsabilidad por las consecuencias que tienen las conductas personales.
Finalmente, creemos que esta crisis prueba la necesidad y la urgencia de extender la aplicación de una regulación razonable del mercado y de las iniciativas financieras y restaurar las funciones tradicionales de la banca, según una justa jerarquía de valores y con vistas al bien común.






