Un personaje con mucho por explicar
Auge y ocaso de un polémico dirigente
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En 1994, el estallido de la mutual judía AMIA lo sorprendió en la presidencia de la DAIA, el brazo político de la comunidad en la Argentina. Rubén Beraja salió ileso del ataque que se llevó la vida de 85 personas.
Con cintura política, sagaz y profundamente religioso, se puso al frente de la investigación del atentado, sin retacear recursos, pero tratando de que la causa avanzara según los ritmos del gobierno de Carlos Menem. Para entonces, el hombre fuerte de la DAIA estaba al frente de un imperio económico que creció casi a imagen y semejanza del gobierno de entonces.
Buscando no irritar y presionando, trató de hacer equilibrio en esa relación mutuamente conveniente, hasta que su estrella se apagó cuando el reclamo de la comunidad judía le estalló en la cara: el 18 de julio de 1997, durante un acto para recordar el tercer aniversario del atentado terrorista, la gente dijo "basta".
Las 10.000 personas presentes en Pasteur al 600 lo abuchearon e insultaron, al igual que al entonces ministro del Interior, Carlos Corach, su amigo y vecino de entonces en el country Highland, donde ambos se hacían reproches y favores. Otros cuatro ministros de Menem se fueron entre insultos y con custodia policial. Ante el enojo del Gobierno, Beraja se trasladó a la Casa Rosada como desagravio. Pero siempre negó que el motivo de su charla con Corach hubiera sido pedirle disculpas.
Para entonces, Beraja preparaba un documento en el que amenazaba con dar los nombres de los funcionarios que obstruyeron la investigación. El documento se divulgó, pero no contenía los nombres que la comunidad judía quería escuchar, sino distintos episodios que entorpecieron o desviaron la pesquisa.
Ese acto fue el quiebre público de su representatividad. Luego vendría la hecatombe económica, que se llevó consigo al Banco Mayo.
Reunión con Telleldín
Cuando aún resonaban esos insultos, Beraja tuvo una reunión reservada en el juzgado de Juan José Galeano con el principal implicado en la causa AMIA, Carlos Telleldín.
No quedó constancia de lo que allí se dijo, pero por los protagonistas se pudo reconstruir que Telleldín iba a prestar más colaboración. Para entonces hacía dos años que el mecánico había cobrado en secreto US$ 400.000 de la SIDE para que declarara contra Juan José Ribelli y otros ex policías bonaerenses.
Su última aparición pública, hasta presentarse ayer en los tribunales de Comodoro Py, fue en el mismo edificio, el 5 de agosto último, pero con otro papel: el de testigo en el juicio oral por el atentado contra la AMIA. Allí dijo, bajo juramento, que nunca supo que se le hubiera pagado nada a Telleldín y que el dinero no salió ni de la DAIA, ni de la AMIA, ni del Banco Mayo, que él presidía.
Ahora cambiaron los vientos en la justicia federal, y con el impulso de la causa el próximo veredicto del juicio oral y público promete absoluciones y durísimos cuestionamientos a la investigación que impulsaron el menemismo, el juez Galeano y el ex presidente de la DAIA Rubén Beraja.
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