La familia, un compromiso efímero y devaluado

Con todo lo que entraña, el concepto de familia conserva cada vez más su carácter de pivote en una sociedad que tiende a facilitar los divorcios
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24 de diciembre de 2018  

Con la llegada de las fiestas de fin de año, quienes tienen la suerte de contar con una familia se reúnen para celebrar, en una tradición que encierra profundos sentimientos. Nochebuena con unos, Navidad con otros, familias ensambladas, padres separados que organizan cómo acompañar a los hijos y un cúmulo de gente sola que añora ese ámbito de encuentro, aun con todos sus bemoles.

Muchos recordarán que, durante años, separación y divorcio fueron malas palabras en la Argentina. Tanto que incluso hubo una figura como el llamado divorcio no vincular que no habilitaba para un nuevo matrimonio. Finalmente, en 1987, se sancionó el divorcio vincular, que concedía plena habilidad nupcial, esto es, que permitía volver a casarse. Sobrevino un período de "blanqueo" durante el cual se divorciaron vincularmente todos aquellos que no habían podido hacerlo en el pasado y, lentamente, se estabilizó la situación.

A partir de entonces resultó muy fácil divorciarse: bastaba la voluntad de una de las partes y el divorcio vulgarmente llamado "exprés" se dictaba rápidamente. El más reciente Código Civil y Comercial dispone que las discusiones entre las partes sobre los efectos del divorcio no pueden demorar la sentencia de divorcio, que se dicta sí o sí.

El matrimonio tradicional como tal quedó esencialmente devaluado: es tan fácil divorciarse y son tan débiles los vínculos afectivos, arrollados por una ráfaga de hedonismo y de búsqueda del placer instantáneo, que muchos jóvenes, muchos de ellos también surgidos del seno de familias divorciadas, han optado por no casarse. ¿Para qué? La convivencia de los novios no requiere ya, como antes, pasar por el Registro Civil. No hay ya sanción social para quien transgrede una supuesta regla que se sostuvo largamente en el tiempo. En muchísimos casos, la llegada de los hijos se posterga todo lo posible, priorizando el desarrollo profesional, el crecimiento económico y la propia satisfacción de la pareja.

Por motivos muchas veces prácticos y que no dejan de ser extraños, algunos vuelven a pensar en el matrimonio cuando llegan los hijos; decimos extraño, pues ya no hay diferencias entre los hijos que nacen del matrimonio y los que no, y está eliminada toda discriminación al respecto en nuestra ley. Seguramente tenga más que ver con algún tipo de consideración social diferente a partir de la prole.

Lo cierto es que hay menos matrimonios. Y cuando los hay, duran poco. En Buenos Aires, en un año, los divorcios aumentaron el 41%, sacando ventaja de la demanda de menor litigiosidad y tramiterío, y se duplicó, entre 2014 y 2017, la cantidad de matrimonios que duran menos de cuatro años. Recordemos que el nuevo código establece que no se requiere un plazo mínimo de tres años para deshacer un matrimonio y que basta con el pedido de uno de los cónyuges.

Tal parece que la idea de familia ha dejado de importar, entendiendo por familia aquella más o menos tradicional, que necesariamente se integra con los hijos. Quien hoy se casa parece pensar más en la relación de pareja, en la mutua satisfacción, muy lógica y comprensible, que en la familia que se está formando. Muchas veces no se advierte o se deja de apreciar el valor maravilloso que adquieren la procreación y la crianza de nuevos seres, hijos de su sangre o de su amor.

Precisamente, lo grave de esta velocidad de ruptura pasa por el impacto sobre los hijos. Los muchos que se casaron por los hijos pasan a divorciarse a pesar de ellos. Es así que la percepción que tienen los hijos de la estabilidad matrimonial es diametralmente opuesta a la de sus padres. Son ellos hijos del amor y del afecto, han nacido en ese calor y, por cierto, desean y necesitan que este perdure. No hay más que verles las caritas cuando se enteran de qué papá o mamá no volverán más a vivir en casa. Con esta velocidad de divorcio y escasa o nula tolerancia a las dificultades, son aún muy chiquitos cuando se quedan sin alguno de los dos padres, con los desafíos que esto acarrea para su crianza y desarrollo.

Siguiendo muchas veces las recomendaciones de los psicopedagogos, muchos chicos inician el consabido derrotero a partir de un deficiente resultado escolar, fruto del impacto emocional. Psicólogos, terapias unipersonales, de pareja o familiares, consecuencias más graves o leves, pues ningún niño deja de añorar el tiempo en que estaban con papá y mamá, todos juntos.

Ojalá que el matrimonio deje de ser la satisfacción de dos individualidades para convertirse en un proyecto en común que incluya, considere y proteja a los hijos que vendrán. Difícilmente puedan ellos comprender desde su cándida y tierna mirada las indeseables consecuencias de una ruptura familiar que muchas veces llega apresurada, sin haber agotado todas las instancias, livianamente, incluso por comodidad, movidos por el ritmo vertiginoso en el que vivimos sin sopesar debidamente las consecuencias.

Que en este tiempo de encuentro que propone la Navidad, padres e hijos puedan disfrutar de la alegría y la paz que encierra esta celebración. Valorémosla y alcemos las copas por quienes están solos. Seguro que en su recuerdo perviven las imágenes de alguna Navidad en familia.

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