
A pesar de tener el músculo militar más grande del mundo, Trump parece atrapado en su guerra en Irán
El presidente descubrió límites a su poder que jamás habría imaginado el 28 de febrero, cuando arrancaron a pleno los combates
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WASHINGTON.- El presidente Donald Trump suele jactarse de su carácter impredecible, asegurando que sirve para desequilibrar por completo a sus aliados y adversarios por igual.
Según él, su decesión de hace 13 meses de bombardear instalaciones nucleares en Irán y de enviar a comandos de la Fuerza Delta a capturar al entonces presidente venezolano Nicolás Maduro en su propia cama a principios de enero son reflejo de su determinación de realizar operaciones militares que habrían dejado pasmados a sus predecesores.
De hecho, el comandante en jefe de la fuerza militar más grande del mundo le dijo al diario The New York Times que su único límite era “mi propia moral”.
En las últimas semanas, sin embargo, Trump parece atrapado, mientras su presidencia se va consumiendo gradualmente por una guerra de la que no encuentra salida.

El tema es que Trump ha descubierto límites a su poder que jamás habría imaginado el 28 de febrero, cuando arrancaron a pleno los combates y se puso como objetivo la rápida eliminación del programa nuclear de Irán y el derrocamiento del gobierno del país.
Cinco meses después, esos objetivos siguen básicamente incumplidos. Y Trump, que en su momento confiaba en que su abrumadora fuerza militar le permitiría impulsar en Irán lo que orgullosamente llamaba el “modelo venezolano” —un cambio de régimen hacia un gobierno dócil al control norteamericano—, ahora duda en volver a lanzarse a grandes operaciones de combate que, según sus agencias de inteligencia, difícilmente tendrán en Teherán el mismo éxito que en Caracas.
Trump no ha podido controlar el alza vertiginosa de los precios del petróleo ni sus efectos en las Bolsas y los mercados. El tráfico marítimo, que se paralizó en el estrecho de Ormuz y luego volvió a fluir parcialmente durante unas pocas semanas, ha vuelto a ser mínimo, a lo que se suman un segundo punto estratégico amenazado, entre el mar Rojo y el golfo de Adén.
Y si bien el presidente norteamericano ha amenazado con tomar la isla de Kharg, desde donde Irán exporta parte de su petróleo, o con confiscar sus reservas subterráneas de uranio enriquecido, ha reconocido públicamente que no hay voluntad en enviar tropas terrestres.
Según personas de su entorno, no todas las frustraciones de Trump se deben a la guerra en Irán —hoy tan impopular que solo el 29% de los norteamericanos encuestados por The Washington Post e Ipsos aprueban su manejo del conflicto—, pero gran parte sí.
“Tenemos que ponerle fin”
Y la ansiedad es evidente: mientras el presidente promete detener el programa nuclear iraní a cualquier precio, sus aliados en Estados Unidos quieren retirarse de la guerra.
“Tenemos que ponerle fin”, dijo la semana pasada el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, haciéndose eco de un sentimiento cada vez más extendido incluso entre los seguidores más fanáticos de Trump.
Pero el presidente no tiene un camino despejado para lograr ese objetivo: ya entró en ese conflicto con escasas posibilidades de victoria, y ahora no encuentra la forma de retirarse sin perder prestigio.
Hace un mes, se mostraba confiado en haber encontrado la manera de declararse ganador. El 17 de junio, en el Palacio de Versalles, — donde en 1919 terminó oficialmente la Primera Guerra Mundial— Trump firmó con gran pompa un acuerdo de alto el fuego de 14 puntos y redactado a las apuradas.
Solo duró dos semanas.

Los iraníes que negociaron el acuerdo parecían estar en conflicto con la Guardia Revolucionaria, cuyas fuerzas abrieron fuego contra los barcos que se negaron a usar el estrecho de Ormuz, controlado por Irán. Si bien en una reciente entrevista con The New York Times el presidente norteamericano sostuvo que los líderes iraníes querían que se descongelaran miles de millones de dólares de los fondos iraníes depositados en el extranjero y que se reanudaran los envíos de petróleo, la Guardia Revolucionaria parece más interesada en demostrar su poder de control.
Ahora Trump tiene básicamente tres opciones: la escalada militar, la asfixia económica o declarar la victoria y retirarse. Son las tres opciones que viene debatiendo en las últimas semanas en sus reuniones con el vicepresidente JD Vance, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, su yerno, Jared Kushner, y su enviado especial, Steve Witkoff.
Pero cada una de esas opciones resulta menos atractiva que la otra, y por diferentes razones.
Tras haber dado a entender durante toda la semana pasada que planeaba reanudar las operaciones de combate a gran escala en Irán, el viernes Trump dio marcha atrás.
Según varios funcionarios, en las reuniones informativas sus asesores pusieron en duda que un bombardeo masivo, que cortara el suministro eléctrico y dañara la capacidad misilística de Irán, lograra llevar nuevamente a Irán a la mesa de negociaciones.
Además, el precio sería alto. Sus asesores le advirtieron que ataques de esa magnitud podrían causar numerosas bajas civiles y desatar una hambruna masiva entre los mismos iraníes a quienes una vez prometió proteger de su propio gobierno.
Crisis en las reservas militares
El viernes, cuando en el Salón Oval le preguntaron si dudaba en destruir centrales eléctricas y puentes porque podría constituir un crimen de guerra, Trump se negó a responder: “Esa pregunta no la voy a contestar”, dijo el presidente.
Pero su verdadera vacilación puede deberse a que la guerra ha agotado las reservas de interceptores de misiles de Estados Unidos.
En abril, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales estimó que la mitad del arsenal norteamericano de algunos interceptores clave ya habría sido utilizado.
Y según algunos funcionarios, con las 13 noches consecutivas de ataques y contraataques del mes en curso, esas cifras han alcanzado niveles críticamente bajos, y fueron un factor clave en la decisión de Trump de los últimos días de evitar una escalada importante de la guerra.
Los funcionarios de la Casa Blanca ahora temen que el presidente ruso Vladimir Putin y el presidente chino Xi Jinping lleven la cuenta de esa escasez para calcular sus próximos movimientos: en Ucrania y Europa en el caso de Putin, y tal vez contra Taiwán en el caso de Xi.
La segunda opción que tiene Trump es dejar que las sanciones económicas surtan efecto, con la esperanza de que las nuevas medidas contra las exportaciones de petróleo, reforzadas por la reinstalación del bloqueo de los envíos hacia y desde el estrecho de Ormuz, tengan el impacto esperado.
Pero esos procesos son lentos, y Trump viene prediciendo un colapso económico de Irán desde 2018, cuando retiró a Estados Unidos del acuerdo nuclear de la era Obama, y le impuso a Irán lo que calificó como “controles aplastantes”.
Ocho años después, el régimen de los ayatollahs sigue en pie, y tiene un nuevo líder supremo que podría estar aún más dedicado a un programa nuclear secreto que su antecesor.
De todos modos, esa estrategia todavía podría funcionar. Pero requeriría una costosa y continua presencia militar de Estados Unidos y entrañaría la posibilidad de intercambios de fuego intermitentes que pondrían en riesgo más vidas de soldados norteamericanos y más ataques contra aliados del Golfo Pérsico.
La tercera opción es declarar la victoria y retirarse.
Pero las retiradas tienen consecuencias… Si Trump deja a Irán con su combustible nuclear casi apto para construir bombas enterrado bajo los escombros y con el Estrecho de Ormuz bajo un control iraní de facto, no habrá resuelto el problema que desencadenó el ataque inicial, y habrá generado un nuevo y descomunal problema para los mercados energéticos.
Son las opciones que podrían definir el legado de Trump. Y también dejarían en claro que su poder tiene muchas más limitaciones de las que él creía en enero, cuando declaró que el alcance de su poder era ilimitado.
Traducción de Jaime Arrambide


