
Abre sus puertas el museo del sexo
Por Mario Diament
1 minuto de lectura'
MIAMI.- Museos no faltan en Nueva York. Hay museos del tránsito, de la historieta, de las matemáticas, de barcos antiguos, de la inmigración ucrania, de las carreras de caballos, de la serie "Yo quiero a Lucy", del rock `n´ roll y hasta un museo del queso. ¿Por qué no un museo del sexo?
Esto es lo que se preguntó Dan Gluck, un sagaz entrepreneur de 33 años, cuando a mediados de los años 90 vendió favorablemente su compañía de software y andaba buscando algo nuevo que hacer.
Resuelto a crear "el Smithsonian del sexo", Gluck salió a la caza de los millones que necesitaba para su proyecto y convenció al historiador Grady T. Turner de que dejara la New York Historical Society para venirse como curador ejecutivo. Se integró un impresionante comité asesor y se eligió un edificio en la Quinta Avenida y la calle 27, que fue totalmente renovado y acondicionado para albergar la colección.
La nueva Sodoma
El Museo del Sexo -MOSex, como lo llaman los entendidos- abrirá sus puertas el 27 del actual con una exposición denominada "Cómo Nueva York transformó el sexo en América", una premisa que, según Turner, parte del hecho de que ninguna otra ciudad ha tenido un impacto igual que Nueva York en determinar cómo los norteamericanos perciben el sexo desde 1830 en adelante.
La fecha no es casual. Fue allá por 1830 cuando una prostituta llamada Helen Jewett fue asesinada por uno de sus clientes, Richard Robinson, en un prostíbulo del Lower East Side. El crimen y el subsecuente proceso se convirtieron en el tema favorito de los tabloides de entonces, los que por primera vez se aventuraron a contar una historia de tenebroso contenido sexual.
Partiendo del caso Jewett, la muestra promete explorar las subculturas sexuales pasadas y presentes de la ciudad, desde la prostitución y el burlesque hasta las batallas por el control de la natalidad, la obscenidad, el fetichismo y la pornografía.
Según los organizadores, fue en Nueva York donde aparecieron los primeros clubes sadomasoquistas y los primeros bares homosexuales. También fue la primera ciudad norteamericana en legalizar el uso del condón, en 1930.
Precisamente una de la viñetas más deliciosas que trae la exhibición es la historia de Julius Schmid, un pobre inmigrante judeoalemán que trabajaba en una fábrica de salchichas, limpiando intestinos de animales que luego eran utilizados para confeccionar los embutidos. Para hacer un par de dólares extra, Schmid solía llevarse a casa algunos sobrantes con los que fabricaba preservativos, llamados "pieles" antes de ser conocidos más tarde como "condones".
Schmid fue arrestado por sus actividades extracurriculares y debió pagar una multa. Pero con la legalización de los preservativos se lanzó a fabricarlos en serie. Eventualmente pasó de los intestinos al látex y creó las marcas Ramsés y Sheiks, que hoy figuran entre las más populares del mundo.
De Mae West a Lovelace
Para integrar la colección, el MOSex obtuvo la ayuda de sociedades como el Instituto Kinsey y los Archivos de Historia del Lesbianismo. Un invaluable aporte provino de Ralph Whittington, un archivista retirado de la Biblioteca del Congreso, considerado el mayor coleccionista de literatura y films pornográficos del mundo.
Por las salas del MOSex desfilarán desde la legendaria Mae West, cuya obra "Sexo", escrita en 1926, le valió una sentencia de 10 días de prisión por "obscenidad y corrupción moral de la juventud", hasta Linda Lovelace, cuya película "Garganta profunda" originó la multimillonaria industria del cine porno.
El Museo del Sexo cuenta ya con un sitio en Internet, que incluye entre otras amenidades un mapa de Manhattan donde uno puede hacer clic en diferentes puntos de la ciudad y escuchar una variedad de historias sexuales de neoyorquinos que van desde lo romántico a lo multitudinario. Nada de esto sorprenderá a los lectores de la sección cartas de la revista Playboy, pero los textos aparecen entre sonidos urbanos y voces de gente llamando a un taxi, todo lo cual contribuye a dar un aire de inmediatez a este recuento de aventuras eróticas.
La idea de enclaustrar el sexo en un museo puede llevar a muchos a pensar que se trata de una actividad arqueológica que debe preservarse para la memoria de las generaciones venideras. Otros elegirán deambular por las salas con la secreta noción de hallarse en un porno-shop cultural, donde la lujuria se disfraza de interés histórico.
Pero Gluck no se engaña. Apuesta a la insaciable curiosidad humana por esta fascinante actividad que por algo se sigue practicando con el mismo fervor y de la misma manera desde el nacimiento del mundo.



