Ajedrez y libros de autoayuda, el refugio de "el Chapo" Guzmán

El narco espera su extradición a EE.UU. en una celda de aislamiento
El narco espera su extradición a EE.UU. en una celda de aislamiento
Jan Martínez Ahrens
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11 de julio de 2016  

El Chapo Guzmán
El Chapo Guzmán Fuente: Archivo

CIUDAD DE MÉXICO.- Joaquín Guzmán Loera está solo. Sentado junto a una mesa, estira las piernas y mira fijo un tablero gris metálico y negro. Es un ajedrez. "El Chapo" Guzmán juega al ajedrez en su celda. No se sabe si contra sí mismo o contra uno de los problemas del libro que le prestaron. Pero la partida lo mantiene absorto, perdido en la atmósfera neutra del penal de Ciudad Juárez. Ahí, en ese habitáculo blindado, el mayor narcotraficante del planeta ve correr el tiempo antes de ser extraditado a Estados Unidos y que termine su reinado de terror.

La celda es pequeña. No más de seis metros cuadrados. Un ventanuco dispara una luz azulada en la estancia. Hay un lavatorio metálico, una taza, dos rollos de papel higiénico y, en una esquina, un catre con un antifaz. "El Chapo" lo usa para dormir. En ese espacio pasan lentas las horas. Hace dos meses que lo metieron ahí después de sacarlo de la cárcel de El Altiplano. Esposado de pies y manos, fue enviado de noche y sin mayores explicaciones al penal de Ciudad Juárez. El traslado se decidió tras haberse detectado una fisura en la seguridad.

En El Altiplano, las reuniones de "el Chapo" con los abogados, los vis a vis y las visitas a la enfermería obligaban a sacarlo del perímetro central. Esos paseos fuera del anillo blindado ofrecían un punto de fuga. "Eran una rutina peligrosa", señala una fuente policial. Bastó eso y el humillante recuerdo de su evasión el 11 de julio de 2015 para enviarlo 1800 kilómetros al Norte.

En Ciudad Juárez se clonó el blindaje de El Altiplano. En el interior, 75 agentes se dedican exclusivamente a su custodia; en el exterior, 600 policías y soldados. Un castillo insomne donde el todopoderoso líder del cartel de Sinaloa -"suministro más heroína, cocaína y marihuana que nadie en el mundo", se ufanó ante el actor Sean Penn- mata su tiempo con un ajedrez y unos pocos libros.

Por sus manos han pasado el Quijote; Una vida con propósito, del pastor evangélico Rick Warren, y últimamente El caballero de la armadura oxidada, un libro de autoayuda del best seller estadounidense Robert Fischer. Este texto, hilado como una sucesión de retos emocionales, hace un uso intensivo de aforismos. Alguno especialmente sugerente para el preso: "Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar, tendrás menos decepciones".

Los libros los guarda "el Chapo" en la mesa, entre el tablero y los legajos de su extradición. Los papeles, de los que cuelgan cintas azules y rojas, forman una pequeña torre. Encima, como un mal estudiante, el preso ha dejado una caja de plástico blanco con restos de comida. A veces se pasa horas mirándolos.

Al decir de los responsables de la Procuraduría General de la República (PGR), su envío a Estados Unidos es inexorable. Tras su detención, el presidente Enrique Peña Nieto elevó la extradición a una cuestión de Estado. "La catarata de recursos presentados por Guzmán Loera pueden retrasar el proceso, pero no pararlo", señala una fuente de la PGR.

En esta cuenta atrás, el mayor temor del gobierno radica en una nueva fuga. Su impacto sería demoledor y pulverizaría al propio presidente. Por ello, se han apretado todas las tuercas. Las legales y las policiales. Nada se ha dejado al azar, ni siquiera su intimidad. Las cámaras lo siguen continuamente. Graban sus movimientos. Y los de sus guardias. Como en un juego de espejos, no hay vigilante que no sea vigilado.

"El Chapo" lo sabe. Habla poco. Sus abogados denunciaron sus condiciones de aislamiento. "El trato es cruel, inhumano y torturante; puede acabar con su vida", sostienen. Los encargados de su custodia aseguran que se encuentra bien, aunque admiten que se evita por todos los medios que entre en contacto con los guardias. El protocolo es estricto. En El Altiplano un funcionario le preguntó si era su cumpleaños y fue despedido.

El líder del cartel de Sinaloa, a juicio de las fuerzas de seguridad, es tóxico. Su proximidad corrompe. Lleva toda la vida rompiendo voluntades. El plomo o la plata. Es lo que ofrece. Incluso si lo tienen esposado y con un revólver apuntándole.

Los abogados de Guzmán difunden la especie de que están dispuestos a negociar con Estados Unidos. "Si hay acuerdo, retiramos los recursos", señala su abogado. Pero Washington ya ha dejado claro que antes de cualquier paso el preso tiene que entrar en su territorio y declararse culpable.Las salidas se agotan. El reinado llega a su fin. A sus 58 años, Joaquín Guzmán lo debe saber. En su celda de Ciudad Juárez, a pocos kilómetros de la frontera, tiene frente a sí los legajos de la extradición, un tablero y tiempo para pensar en su próximo movimiento. Juega con blancas. Le toca mover a él.

Joaquín Guzmán

Líder del cartel de Sinaloa

Joaquín "el Chapo" Guzmán (61 años), el narcotraficante más poderoso del planeta, está en prisión desde enero pasado, cuando fue detenido en la ciudad de Los Mochis. Aguarda su extradición a Estados Unidos

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