Aleppo es la nueva Benghazi

Bernard-Henri Lévy
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16 de agosto de 2012  

PARIS.- La tragedia de Siria -la demencia sin freno que se ha apoderado de Bashar al-Assad, el interminable martirio de los civiles asesinados por sus bombardeos- suscita numerosos interrogantes.

1 - ¿Hay que intervenir?

Absolutamente sí. La causa es justa. La intención es honesta. Son los propios sirios los que reclaman ayuda. Las vías políticas y diplomáticas, las tentativas de mediación, cayeron todas en saco roto. Y los daños causados por una operación de rescate de civiles, suceda lo que sucediera, serán menores que los daños causados por los cañones de largo alcance que aniquilan a las ciudades insurgentes. La Aleppo de hoy es la Benghazi de ayer. Los crímenes que se perpetran allí son los mismos con que amenazaba Muammar Khadafy. Y nadie entendería que todo lo que se hizo para impedir un crimen anunciado en Libia se le niegue ahora a Siria.

2 - ¿Cómo intervenir? ¿Y cómo lidiar, especialmente, con el veto de Rusia y China?

La respuesta es la que dio el 11 de marzo de 2011 el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, a los representantes del Consejo Nacional de Transición libio que se preguntaban qué pasaría si Francia no lograba la adhesión del Consejo de Seguridad: "Sería una desgracia. Habría que hacer todo lo posible para evitar llegar a ese punto. Pero si no lo logramos, entonces habrá que buscar la ayuda de las organizaciones regionales interesadas (la Liga Árabe, la Unión Africana), para generar un encuadre sustituto que nos permita actuar de todos modos". En esta oportunidad, es una cuestión de derecho. De corregir el derecho cuando en su forma positiva contraviene las exigencias del derecho natural. El veto ruso y chino no es un argumento; es una coartada, la coartada de quienes secretamente cuentan con que Al-Assad sea lo suficientemente fuerte para aplastar la insurrección y que así no tengamos remordimientos.

3- ¿Qué tipo de intervención? ¿Qué alcance darle a la misión de protección de los civiles sirios?

Ante todo, declarar una zona de exclusión aérea desde las bases de la OTAN en Izmir y en Incirlik, Turquía, que impida que la fuerza aérea de Al-Assad lance bombas sobre las mujeres y niños de Aleppo. A continuación, una zona de exclusión terrestre para vedar el paso, siempre por vía aérea, de las divisiones blindadas e impedir que se trasladen de ciudad en ciudad, diseminando el terror. Y también la propuesta de Qatar de instaurar zonas protegidas, "santuarios" custodiados por integrantes del Ejército Libre Sirio (ELS), equipado con armas defensivas. Y la idea de Turquía, finalmente, de zonas tapón en el norte del país, que ofrezcan refugio a los civiles que huyan de los combates. Una gama de medidas que le hagan entender al dictador que el mundo no está dispuesto a seguir tolerando esta carnicería.

4- ¿Quién debería intervenir? ¿Qué fuerzas, concretamente?

En este punto, la situación de Siria difiere de la de Libia, pero no en el sentido en que suele creerse. Khadafy, contrariamente a casi todo lo que se escribió, disponía de sólidos respaldos en la región. Y la propia Liga Arabe, que fue por cierto la primera en manifestar la necesidad de una zona de exclusión aérea, lo hizo con una sonrisa forzada y dando la sensación de estar horrorizada de su propia audacia. Al-Assad, por el contrario, le dio siempre la espalda al mundo árabe, y muchas veces mostró su desconfianza por sus organismos e instituciones. En Africa lo detestan. En Israel le tienen miedo. Y sobre todo tiene un enemigo declarado en el gobierno de Turquía, dotado de una potente armada que además integra la OTAN.

El verdugo

5 - ¿Cuál es el papel de Europa en este contexto?

Durante dos semanas más, Francia tendrá la presidencia rotativa del Consejo de Seguridad. Debería hacer todo para formar una gran alianza que haga retroceder y luego partir a quien el canciller Laurent Fabius llamó en varias ocasiones "el verdugo de su propio pueblo".

6 - ¿Existe el riesgo de que se incendie la zona de alrededor? ¿La implicación de Irán no constituye un riesgo que no existía en Libia?

Es probable. Pero también es posible pensarlo al revés. Dejar al descubierto el fuerte lazo que existe entre Al-Assad y Ahmadinejad, que ahora se revela como un eje crucial, debería inspirarnos doblemente.

7 - ¿Y después de Al-Assad? ¿Y el destino de las minorías, en especial de los cristianos, que el régimen manipula y a quienes querría convencer de haber sido su histórico defensor?

Es una cuestión esencial. Todo puede pasar en un país en ruinas, al rojo vivo por la violencia y donde cada día trae consigo su desolación, su impotencia y su rabia, su búsqueda de chivos expiatorios y, por lo tanto, de ajustes de cuentas.

Traducción de Jaime Arrambide

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