Sánchez promete firmeza y unidad frente al violento desafío en Cataluña

Miles de manifestantes separatistas, ayer, en una marcha en Girona
Miles de manifestantes separatistas, ayer, en una marcha en Girona Fuente: AP - Crédito: Mar Grau
Silvia Pisani
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17 de octubre de 2019  

MADRID.- Tercera noche de caos en Barcelona y la tensión derivó en enfrentamientos abiertos entre los manifestantes y la policía, en momentos en los que ayer Madrid prometió firmeza y unidad. Decenas de autos ardieron, destrozados por radicales independentistas, mientras que numerosos vecinos abandonaron sus viviendas, temerosos de que fueran alcanzadas por las llamas.

"La situación es mucho más peligrosa porque esta vez también hubo ataques en calles estrechas, donde el riesgo de contagio de las llamas es mucho mayor", admitió el vicealcalde de Barcelona, el socialista Jaume Colboni. Poco después, estallaron los choques entre radicales y policías. Hubo heridos, detenidos y enormes destrozos.

Lo peor de los incidentes comenzó al mismo tiempo en que el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, sostenía que no eran necesarias "medidas extraordinarias" y que su gabinete "garantizará la seguridad y los derechos" desde la firmeza, la moderación y la unidad.

En ese momento los radicales encapuchados -autodenominados Tsunami Democratic- redoblaron sus cargas y arrojaron piedras y ácido a los efectivos de policía -tanto catalana como nacional- que intentaban serenar la situación.

Grandes avenidas del centro de la ciudad fueron tomadas por los manifestantes. Cerraron los comercios y los vecinos se metieron en sus casas para mirar desde las ventanas. Los de los pisos bajos, protegidos tras las persianas.

Más de una vez dio la impresión de que nadie parecía estar en control y que los efectivos no daban abasto. Hubo vecinos que aportaron mangueras y las conectaron a las canillas de sus hogares para sumar al combate de las fogatas.

La gente se retiró con el ruido de disparos, vidrios rotos, cargas policiales, helicópteros y pedidos de ayuda de los que quedaban atrapados donde no querían estar.

"Yo soy un pacifista", fue todo lo que dijo el presidente de la Generalitat catalana, el independentista Joaquín Torra, cuando se le preguntó si condenaba la violencia que, desde hace días, campea en ciudades del territorio en que gobierna.

Lejos de eso, Torra se sumó a uno de los cortes de ruta organizados por los llamados Comités por la Defensa de la República (CDR).

"Tenemos un presidente que más que presidente parece un activista", protestó la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, de En Comú, el partido de izquierda que es aliado del radical Podemos y que suele acompañar al gobierno independentista.

Muchos vecinos y líderes nacionales denunciaron la "falta de sentido": desde que los desmanes comenzaron no hubo una sola palabra de condena por parte de Torra. "A nadie debe sorprender que los violentos se sientan amparados", dijeron partidos de oposición.

Sánchez exigió responsabilidad a la autoridad catalana. "Tanto Torra como los miembros de su gobierno tienen el deber político y moral de condenar con la máxima claridad el uso de la violencia en Cataluña", dijo el dirigente. "Ningún gobernante puede ocultar su fracaso tras cortinas de humo y fuego", añadió.

Los disturbios comenzaron el lunes, después de conocerse la sentencia del Tribunal Supremo que condenó a penas de entre nueve y trece años a una decena de dirigentes independentistas. Entre ellos, el ex vicepresidente y figura del independentismo, Oriol Junqueras.

Blindaje

Los principales partidos de oposición comparecieron en el Palacio de la Moncloa. "Apoyamos a Sánchez para que reponga la normalidad. Esto es muy grave. Preocupa que no tome medidas", dijo el líder del derechista Partido Popular (PP), Pablo Casado. Algo similar dijo Albert Rivera, del liberal Ciudadanos, quien pretende que "se blinde" Cataluña y que se remueva a Torra de su cargo.

En el otro extremo, la izquierda radical de Podemos opina exactamente lo contrario: es decir, que no hay que hacer nada, según sostuvo su líder, Pablo Iglesias.

Quien también tuvo un pésimo día fue el responsable de Interior de la Generalitat, Miqel Buch. Demoró varias horas una comparecencia en la que, finalmente, defendió la actuación de la policía y llamó a "aislar" a los violentos. No le salió gratis: su ministerio fue el primer blanco contra el que cargaron los violentos encapuchados.

El temor empieza a imperar en las decisiones de vecinos, de empresarios y hasta del deporte. La Liga, el campeonato nacional de fútbol, propuso que no se juegue en Barcelona el clásico de ida con el Real Madrid previsto para el sábado 26.

La decisión aún no está tomada. Pero si se altera el cronograma, los encapuchados habrán empañado un evento deportivo seguido por más de cien millones de personas en todo el mundo. No es poco para "unos chicos" con el rostro cubierto.

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