
Amenazas, derrapes y el trasero de los varones: Trump y un discurso cada vez más desencajado
El repaso de las declaraciones públicas del presidente norteamericano revela a un Trump mucho más grosero, absolutista y divagante que en 2016
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WASHINGTON (The New York Times).– Cuando abrió un reciente acto de campaña en Greenville, Carolina del Norte, el presidente Donald Trump contó la historia de los crímenes de Willie Horton, un caso judicial que terminó de hundir la campaña presidencial del demócrata Michael S. Dukakis en 1988.
Y apenas 30 minutos después, mientras hablaba frente al mismo público y desde el mismo palco, Trump volvió a contar toda la historia de Willie Horton desde el principio, como si nunca la hubiera contado y con las mismas palabras, equivocándose en los mismos hechos ambas veces.
Trump, que el año pasado se convirtió en la persona de mayor edad que accedió a la presidencia y que en junio cumplió 80 años, ha dejado demostrada su energía física con su recorrida por todo Estados Unidos antes de las elecciones de mitad de mandato, pero su desempeño de estos últimos meses, tanto en los actos de campaña como en la Casa Blanca, ha suscitado muchas dudas sobre su edad y su estabilidad.
Se lo ve olvidadizo y repetitivo, más divagante, grosero y absolutista que en 2016, cuando compitió por la presidencia por primera vez, y por momentos sus ya sinuosos discursos parecen aún más crípticos que antes. Hace comentarios que deja a la gente preguntándose de qué esta hablando o que parecen decir lo que no está diciendo. Incluso para un mandatario que nunca se atuvo demasiado a las normas del cargo que ocupa, parece cada vez más proclive a decir cosas que ningún otro presidente diría.
Trump declaró que “solo una hispano podría sobrevivir a una caída“ en una obra en construcción sin vallado de protección, y dijo que quiere prohibir la inmigración desde Noruega “porque no me dieron el Premio Nobel“. Y si alguien le recuerda que parecen importarle más las ganancias de las petroleras que los problemas de los asalariados, responde: “Me importa un carajo“. Pronuncia mal el nombre del estrecho de Ormuz como “estrecho de hormonas“ y llamó a sus seguidores a “hacer trampa a lo loco“ en las elecciones del 3 de noviembre. Dice que los militares que filtran datos “deberían ser fusilados“. Y finalmente, está su desconcertante fijación con el trasero de los varones…
A veces, hasta el propio Trump parece asombrarse de lo que sale de su boca, y de cómo, a pesar de eso, sus seguidores lo respaldan con tanto entusiasmo. “Podría decir la estupidez que se me ocurra y ustedes seguirían aplaudiendo. ¡Ay, los quiero tanto!”, comentó maravillado durante un reciente acto de campaña en Clarksville, Tennessee. “Pero no decimos cosas estúpidas”, se apresuró a añadir. “Decimos cosas de sentido común. Decimos cosas que tienen sentido”.
Para Trump, en los actos de campaña es más importante la diversión que decir cosas con sentido, y el único objetivo de sus declaraciones más escandalosas parece ser provocar risas. Sus aliados sostienen que se le da demasiada importancia a comentarios que en realidad no son más que chanzas. Trump siempre ha sido un provocador dispuesto a escandalizar solo por el placer de hacerlo, y defiende su discurso divagante —una especie de “fluir de la conciencia”— calificando de “brillante” su estilo de oratoria, al que él mismo llama “el tejido”.
🇺🇸 | Trump a su público en Clarksville:
— HerQles (@herqles_es) October 10, 2026
«Es increíble. Cuando te subes aquí arriba, es como el amor. Podría decir las cosas más estúpidas y ustedes aplaudirían». pic.twitter.com/8Tl0ibnVXT
Sin embargo, parece que ese “tejido” se ha vuelto cada vez más denso y enrevesado. Un análisis realizado por el diario The New York Times con la ayuda de la IA sobre las declaraciones de Trump en discursos, actos de campaña, redes sociales, entrevistas y presentaciones públicas, revela cambios significativos desde que comenzó su carrera presidencial en 2015, a los 69 años, aunque no se observa una variación muy marcada desde 2024, cuando se llevó a cabo un estudio similar. En términos generales, el análisis concluyó que hoy la comunicación pública de Trump es más vulgar, más desinhibida y menos coherente que hace una década.
“Incluso para sus estándares, está diciendo tantas pavadas, tantas cosas escandalosas y ofensivas…”, señala el exrepresentante republicano por Florida, Francis Rooney. “Ese lenguaje agresivo de ataque es algo que jamás había escuchado en un presidente”.
La Casa Blanca niega que Trump esté perdiendo sus facultades. Davis Ingle, vocero de la Casa Blanca, destaca “su agudeza, su energía inigualable, su ética de trabajo incansable y una histórica proximidad con la gente”, y le resta importancia a la preocupación que suscitan sus provocaciones.
“Al presidente no le interesa ser políticamente correcto: lo que le importa es hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, sostiene Ingle. “Al pueblo norteamericano le encanta lo auténtico, transparente y eficaz que es el presidente”.
El “genio absoluto”
Es difícil evaluar los efectos de la edad sin mediar un examen médico, pero eso no ha impedido que muchos médicos, comentaristas políticos y ciudadanos comunes saquen sus conclusiones sobre Trump en base a lo que ven en televisión.
El análisis de The New York Times abarca desde 2015 hasta el jueves pasado y revela que en su segundo mandato el presidente ha utilizado un 19% más de términos categóricos —como “siempre”, “nunca”, “todo” y “totalmente”— que hace una década, y un 5% más que en 2024. Esto refleja un pensamiento dicotómico de “blanco o negro” que según los expertos suele acompañar al envejecimiento o al deterioro cognitivo. Su lenguaje se ha vuelto más soez: emplea cerca de 15 malas palabras cada 10.000 palabras, frente a las 14 de hace dos años y las 6 de hace una década, un cambio coherente con la desinhibición asociada al avance de la edad.
En base a métricas asistidas por IA, el análisis indica que en los actos y discursos de su segundo mandato Trump incurre en digresiones divagantes o confusas 2,5 veces más seguido que durante la campaña de 2016, aunque la frecuencia es prácticamente la misma que en 2024. Su vocabulario se mantiene estable, al igual que el nivel de lectocomprensión de su discurso, equivalente al de un alumno de cuarto o quinto grado de primaria. (En promedio, los presidentes actuales suelen expresarse a un nivel correspondiente a segundo año de la secundaria).
La agenda pública de Trump es menos intensa: de los 2,1 eventos por día laborable en su primer mandato pasó a 1,3 en el actual. No obstante, su actividad en las redes sociales aumentó: publica una media de 21 veces al día, frente a las 13 diarias de 2016, aunque la cifra es inferior a los 34 posteos diarios registrados hace dos años. El presidente, que suele trasnochar, ha publicado mensajes entre la medianoche y las 5 de la madrugada en el 30% de las noches de su segundo mandato, con 240 episodios en los que hizo 10 o más publicaciones en el transcurso de una sola hora.
El médico presidencial aseguró que Trump conserva su agudeza mental. En un informe de tres páginas publicado en mayo, el doctor Sean P. Barbabella, médico de la Casa Blanca, señaló que Trump obtuvo una puntuación de 30 sobre 30 en la Evaluación Cognitiva de Montreal. “Su rendimiento cognitivo y físico es excelente”, consignó el profesional.
La Evaluación de Montreal es una prueba rápida para detectar la enfermedad de Alzheimer y otros deterioros cognitivos, e incluye preguntas básicas como identificar un león, un camello y un rinoceronte, dibujar un reloj, repetir palabras o números en orden, y nombrar tantas palabras que comiencen con la letra F. como sea posible en un minuto. “Nadie lo logra”, insistió Trump recientemente y agregó: “Pero yo sí. ¿Saben por qué? ¡Porque soy un maldito genio!”.
“Me importa un carajo”
Aunque se sabe que Trump hasta se queda dormido durante las reuniones en la Casa Blanca, cuando está de gira las multitudes parecen llenarlo de energía. Habla, habla y habla —el doble de tiempo que en 2016, según un análisis del Times—, con una duración media de 85 minutos por aparición, frente a los 42 minutos de hace una década.
Es profunda y orgullosamente indisciplinado, y dice cosas que manifiestamente lo perjudican. Mientras los conductores norteamericanos sufren por no poder llenar el tanque de nafta de sus autos, el 24 de octubre, en Perry, Georgia, Trump dijo que el elevado precio del petróleo era algo positivo, ya que la industria de los combustibles fósiles estaba ganando cientos de miles de millones de dólares. Al decirlo, reconoció que sus palabras generarían titulares negativos. “Me importa un carajo”, disparó. “Lo voy a decir: estamos ganando una fortuna alucinante”.
TRUMP on HIGH GAS PRICES: We’re making money like we’ve never made before. They’ll say: President Trump is bragging about all the money they're making while people are suffering at the pump. I don’t give a damn. We’re making a freaking fortune. pic.twitter.com/KZ2pYsTPyR
— Acyn (@Acyn) October 25, 2026
Y deambula de una idea a otra sin terminar la frase, intercalando una anécdota improvisada dentro de otra. En Pendleton, Carolina del Sur, empezó a hablar sobre los atletas transgénero, hizo una disgresión para contar la historia de alguien a quien conoció en Israel, mencionó una encuesta sin explicar sus resultados, y acto seguido divagó sobre el cambio climático.
“Es todo un hombre”
Como muchas personas que ya entraron en su novena década de vida, tiende a decir cosas desubicadas. Y últimamente, por ejemplo, se ha vuelto notablemente marcado su interés por la anatomía masculina.
“No suelo hacerlo con los hombres”, arrancó Trump el 12 de octubre en un acto junto al senador Jon Husted, republicano por Ohio, “pero empecé a observarle el cuerpo porque no sabía que fuera un gran atleta. Lo miré, lo observé de arriba a abajo. Le miré el culo”.
Cinco días después, reiteró su admiración por el trasero de Husted. “Le examiné el culo”, comentó Trump en un acto en Kentucky. “Nunca había hecho algo así con un hombre”. Tres días más tarde, en Carolina del Norte, volvió a elogiar el trasero de Husted: “Tiene un culo que es una montaña de músculos”, aseguró. Y en Chillicothe repitió el gesto: “Empecé a mirarle el culo y vi que era infernal”.
Trump on Jon Husted:
— Clash Report (@clashreport) October 13, 2026
I don't do this with men very often. I started examining his body because I didn't know he was a great athlete.
I watched up and down. I looked at his ass, and I looked at the whole — and then I looked at his hands. pic.twitter.com/OVC7ZV5PXK
Husted no es el único objeto de la aprobación hombre-a-hombre de Trump. Entre otros, también gozan de su admiración.
El senador Tim Scott, republicano por Carolina del Sur: “Hasta donde puedo enamorarme de un hombre, que no es mucho, me enamora, y ese hombre se llama Tim Scott”.
El esposo de la senadora Darline Graham, republicana por Carolina del Sur: “Es un marido muy buenmozo”.
El secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr.: “Tiene el cuerpo de un hombre de 30”.
El congresista Mike Collins, republicano por Georgia: “Mike Collins es buenmozo. Y es todo un hombre”.
El domingo pasado en Michigan, para variar, Trump optó por elogiar el trasero de una mujer. “Recién vi un culo infernal: el de Nicki Minaj”, dijo ante la multitud. “Difícil que pase desapercibido”.
Irascibilidad
Trump siempre tuvo accesos públicos de ira, pero últimamente parece aún más propenso a arremeter contra cualquiera.
Ahora se le suelta la cadena con tanta frecuencia que ni siquiera espera a que los periodistas terminen de formular la pregunta para tildarlos de “enfermos” y ordenarles: “¡Silencio!”. El jueves, cuando un reportero le preguntó si iba a cancelar un viaje a Kansas por estar cansado de viajar, Trump arremetió contra su aspecto físico: “¡Das asco! Ponete en forma. Tenés un aspecto horrible”.
Sus llamados a sus seguidores para que vayan a votar también se han vuelto más vulgares y violentos. “Si lo hacen”, dijo en Vandalia, Ohio, “vamos a ganar, y vamos a ganar a lo grande. Y se la vamos a meter por el culo, ¿OK?“.

También se presenta a sí mismo como alguien todopoderoso. “Puedo hacer lo que quiera”, declaró recientemente a los periodistas en el Salón Oval. Y para demostrarlo, le gusta proponer rebautizar masas de agua con nombres relacionados con Estados Unidos o con él mismo, y les exigió a las empresas tecnológicas que dejaran de utilizar el término “inteligencia artificial” y optaran en su lugar por “superinteligencia”. Quienes no lo obedezcan, escribió en las redes sociales, son “¡EL ENEMIGO!”.
Hoy, hasta el propio Trump parece ser consciente de que todos los ojos están clavados en él, observando y esperando. “Me encanta ‘el tejido’,” comentó en septiembre en la convención de Dallas, en referencia al estilo de discurso en el que entrelaza varios temas. “¿Saben en qué consiste ese ‘tejido’? Hablo de algo, después saco a colación lo del salón de baile, o algo sobre el avión Air Force One... Pero fíjense que siempre vuelvo al tema inicial”.
“Sin embargo, llegará un día en que mi ‘tejido’ sea solo eso: un tejido tras otro”, continuó. “Llegará un momento en el que no vuelva al tema inicial, y entonces podrán decir que he perdido el juicio. ¿Ok? Recién entonces podrán decir que he perdido el juicio”.
Traducción de Jaime Arrambide


