América latina puede mirar el lado bueno

Jorge Oviedo
Jorge Oviedo LA NACION
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20 de enero de 2016  

El traspié chino tiene un impacto importante para los países en desarrollo y para los grandes productores de materias primas en general.

Si las cosas salieran bien con el cambio de paradigma que intentan los jerarcas orientales, entonces la segunda economía del mundo consumiría más y haría subir de precio no sólo las materias primas, sino también los bienes costosos y con más valor agregado. Algo ya pasa, pero Pekín quiere más. Alemania pasó "menos mal" que otros la última gran crisis que detonó en 2008 porque los magnates orientales aman esos autos de lujo, como el Mercedes-Benz Clase S. Y los compran a raudales.

China quiere pasar de una economía basada en las exportaciones y el ahorro a otra en la que tenga más participación el consumo, explicó hace días el CEO de Peugeot, Maxime Picat, en entrevista con este diario.

Los chinos, como explicó en 2012 el gran economista argentino Guillermo Calvo, son de las sociedades que más ahorran en el mundo. Calvo detalló que la falta de un sistema previsional adecuado hace que los ciudadanos del gigante asiático "ahorren todo lo que pueden" a tasas miserables, apenas superiores a la inflación. Saben que si no lo hacen, el día que ya no puedan trabajar, los espera la miseria. Por eso no toleran inflaciones superiores al 6% anual, que les licuen los ahorros.

El modelo basado en la producción para el resto del mundo, como dijo Picat, la "fábrica del mundo", ya tocó sus límites y Pekín piensa que así ya no se puede tener una tasa de crecimiento alta y sustentable. "Han aparecido en competencia «otras fábricas» que tienen costos más bajos."

Pekín cree que para poder mantener el crecimiento que la hizo motor de la economía del planeta necesita que sus ahorradores-consumidores se tornen gastadores. Que desahorren un poco. Es un movimiento difícil, reconocen Picat, Calvo y todos los que conocen en profundidad el tema.

Si el experimento saliera bien, la Argentina podría reconvertir su producción hacia artículos de diseño, exclusivos, para satisfacer los gustos de los nuevos gastadores, que ahorran con el empeño de los que saben que deben guardar para salvar la vida.

Tal vez para la Argentina, donde la experiencia muestra que se ha hecho toda clase de experimentos con el sistema previsional -la mayoría fallidos-, haya una oportunidad en asesorar a Pekín sobre el modo de crear un esquema de jubilaciones y pensiones. Hace no menos de 20 años que el Banco Mundial alerta sobre esa necesidad y el desafío que implica.

Si China sigue el modelo productor, exportador y ahorrador, pronto nos encontraremos con que todos los champignones, ajos y cebollas que se consumen en la Argentina provienen de allí. Y, como dicen algunos empresarios, si los sistemas de frío para el transporte se abarataran, todas las verduras que se consumen en el país vendrían de allí por barco. Mientras tanto, el peligro es para la industria conservera.

El gobierno chino quiere que sus ciudadanos se acostumbren un poco más a la vida más relajada y un tanto dispendiosa.

A América latina también podría venirle bien.

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