Bachelet, la líder que venció los tabúes y volvió decidida al cambio

Adriana Riva
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18 de noviembre de 2013  

Santiago, CHILE.- Mujer. Agnóstica. Separada. Socialista. En una sociedad profundamente conservadora, machista y católica, Verónica Michelle Bachelet tenía todo para perder. "Sé que tengo cuatro pecados capitales. Pero creo que vamos a trabajar bien juntos." Con estas palabras, dirigidas a los poderosos mandos militares chilenos, la entonces casi desconocida Bachelet asumía, en 2002, como ministra de Defensa durante el gobierno de Ricardo Lagos y se convertía en la primera mujer en América latina en ocupar el cargo, su primer hito político.

Era la persona más idónea para impulsar un acercamiento entre el mundo civil y el militar, entre los que se dividió el país tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. El régimen que encabezó Augusto Pinochet fue la época más dura de la historia de Chile. Y la historia más dura de la vida de Bachelet, médica pediatra, de 62 años.

Hija de un militar, desde la Facultad de Medicina donde estudiaba, la candidata que ayer quedó a un paso de la reelección pudo ver cómo bombardeaban la democracia y cómo las fuerzas armadas con las que había crecido le asestaban la estocada más grande de su vida. Su padre, un general del ejército leal a Salvador Allende, murió por las torturas que le infligieron sus propios compañeros. Poco después, en 1975, Michelle y su madre eran detenidas por la DINA, torturadas y finalmente forzadas al exilio. Primero Australia, luego la Alemania comunista.

Años más tarde, de vuelta en el país (al que regresó en 1979), un día se encontró con uno de sus torturadores en un ascensor del edificio en el que, irónicamente, ambos vivían. Tranquila, le buscó la mirada y le dijo que de él no se olvidaba. Eso fue todo. Eso es muchísimo: es un gesto revelador de la capacidad innata de Bachelet para perdonar y volver a unir al pueblo chileno.

La voluntad conciliadora, la empatía y la afabilidad que la caracterizan burlaron, sin querer, todos los tabúes de Chile y la llevaron a convertirse, en 2006, en la primera mujer a cargo del país. Ella nunca lo buscó. No soñaba con ser presidenta. Desde su regreso al país, siempre había trabajado por el retorno de la democracia, pero desde una segunda línea, más cercana a las bases que a las altas esferas.

Todo cambió en 2004, cuando la Concertación evaluaba a posibles candidatos. A pesar de que ella era la abanderada más atípica que la alianza podía tener, las encuestas apuntaron a "la Michelle".

De la mano de su coalición entró al Palacio de La Moneda y lideró un gobierno que estuvo marcado por una fuerte impronta social, con reformas a beneficio de los más necesitados, un nuevo orden en el sistema de pensiones para los mayores de 65 años, programas para la infancia y atención especial para las mujeres.

Su mandato no estuvo exento de problemas. Todo lo contrario: enfrentó marchas estudiantiles, el desastroso inicio de un sistema de transporte y un tsunami. Pero sus desaciertos y errores no impidieron que en 2010 se retirase con una popularidad del 84%, algo inédito en la historia del país.

De 2010 a marzo pasado se radicó en Nueva York, donde ocupó el cargo de directora ejecutiva en la ONU Mujeres, e intentó pasar lo más desapercibida que pudo. Su nombre, sin embargo, nunca dejó de escucharse por los pasillos del mundillo político chileno y, una vez más, las encuestas determinaron el rumbo de su vida.

Quienes la conocen dicen que le costó mucho volver a postularse para la presidencia. "Hubiese preferido un recambio generacional", reconoció Bachelet, madre de tres hijos, cuando aterrizó en el país. Pero nadie medía como ella. Ni cerca.

Si antes había sido la candidata accidental, la novedad, la cara fresca y simpática de una Concertación desgastada, esta elección mostró a una Bachelet mucho más segura y experimentada, completamente independiente de su coalición, capaz de plantear reformas de fondo.

"Dentro de mí, algo cambió. Ya fui presidenta y eso te da una parada distinta, una mirada de las cosas que no va a ser nunca igual que antes", declaró en una entrevista, a principios de año. Con esos sabios lentes, Bachelet pudo leer el nuevo Chile, escrito más en las calles que en los diarios, y lanzar una campaña sin un solo tropiezo, enfocada en revertir la desigualdad social. Para ello, se rodeó de un hermético círculo de colaboradores, lejos de los deslegitimados partidos políticos, que le fueron a tocar la puerta para que los dejase entrar a la Nueva Mayoría. Los dejó entrar a todos, incluido el Partido Comunista. No obstante, así como en 2006 la Concertación le recordó que ella era el cambio, pero también la continuidad, ella les avisó ahora que es la continuidad, pero más aún el cambio.

Su cierre de campaña, el jueves pasado, fue una postal de esto: mientras que los presidentes de los partidos de la coalición se ubicaron a los costados del escenario, Bachelet se rodeó de líderes de movimientos sociales. Eso sí: a su lado se sentó su mano derecha y persona de mayor confianza, Angélica Jeria, de 87 años, su madre.

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