Bolivia en llamas: “Nuestra democracia institucional es frágil”, reconoce el presidente Rodrigo Paz
En una entrevista con LA NACION, el mandatario boliviano se refirió al peso de dos décadas de gobierno del Movimiento al Socialismo y su compromiso de continuar hasta el final de su mandato
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LA PAZ.– Un minero boliviano lleva granadas en un bolso. Camina junto a otros trabajadores, sindicalistas, campesinos y cocaleros rumbo al Palacio del gobierno de Bolivia conocido como Palacio Quemado porque fue prendido fuego en otra revuelta. En aquel marzo de 1875 el presidente era Tomás Frías. Los manifestantes no pudieron ingresar al edificio y lo quemaron. “Nosotros queremos que renuncie este gobierno que hambrea a la gente”, le dice uno de los manifestantes a LA NACION mientras ordena a la multitud, entre empujones, con un palo en la mano derecha y con la izquierda apunta hacia el Palacio de Gobierno.
Los que marchan provienen desde la ciudad de El Alto a casi 4000 kilómetros de altura. Difícil no apunarse en esa altitud en donde hay que estar alistado para escapar en calles laberínticas y sórdidas en donde el delito se esconde entre los más humildes. La manifestación baja por la ruta acantilada; desde la altura, entremezclados con las nubes y el humo de las explosiones, se visualizan como caminos de hormigas rumbo a la Plaza Murillo, el kilómetro cero de La Paz en Bolivia: allí está el gobierno que encabeza el presidente Rodrigo Paz Pereira desde hace seis meses.
“El gobierno tiene los votos pero no el poder. Es una democracia en restitución, porque la discusión no es de derechas o izquierdas, sino de la democracia contra el crimen organizado o narcoterrorismo que se está desarmando en Bolivia, como en Venezuela, Nicaragua o Cuba. Evo Morales es parte del narcoestado”, asegura a LA NACION el exministro boliviano Carlos Sanchez Berzain que hoy dirige el Instituto Interamericana por la Democracia desde los Estados Unidos.

La plaza Murillo frente a la sede del Palacio de gobierno y legislativo es el centro de un gobierno que está vallado y custodiado por cientos de policías con armas de gases lacrimógenos, camiones hidrantes, tanques y unos extraños robos como tractores que se manejan a distancia para disuadir a los manifestantes. Parece un país en guerra y los efectivos están dispuestos a defenderlo con su vida: “queremos evitar que superen este perímetro, tenemos orden de disuadir como sea (..) pero no vamos a reprimir” le aclara a LA NACION uno de los policías jefes del operativo mientras explotan las bombas de estruendo y los gases lacrimógenos.
El policía explica que no quieren reprimir porque ya hubo muertos.

“Los muertos fueron por la falta de asistencia, por ejemplo una mujer no puede ser atendida por los bloqueos, por eso establecimos cordones humanitarios para que no vuelva a pasar”, reconoció el presidente Paz en una entrevista exclusiva con LA NACION.
Rodrigo Paz Pereira que asumió en noviembre pasado admite que “nuestras instituciones son frágiles, no somos como la Argentina”.
-¿Tiene respaldo o piensa renunciar?
-No pienso irme, sino dejar un mejor país al terminar mi mandato. Bolivia es un país dividido entre oriente y occidente con diferencias étnicas que fue aprovechado por un solo liderazgo que controlaba todo desde el Estado y que quieren romper este proceso.
-¿Se refiere a Evo Morales?
El sector minero tiene reclamos desde el 2016 cuando estaba Evo. Somos el país que menos exporta en la región con una riqueza inigualable a la altura de Perú o Chile. Pero estamos exportando lo mismo que la Argentina.
-¿Y entonces?
-Evo necesita que esto se interrumpa porque tiene procesos judiciales. En la Argentina tiene procesos por pedofilia, por estar con menores. Por eso quiere retomar al poder. Pero mi problema no es Evo, sino cómo ordenar el país con una serie de normas y leyes.
-¿Algunos manifestantes lo acusan de que usted quiere privatizar todo?
-No es cierto. A esos le digo que vengan y vean la ley. Mienten por redes sociales.
-¿Cómo piensa frenar el estallido social?
-Tú llegaste en un momento justo. El conflicto está en el occidente del país. Hace dos años y medio que la gente hace filas para cargar el combustible. Debemos diferenciar entre los reclamos justos y los que quieren destruir la democracia. Por ejemplo, la industria del gas perdió terreno. Antes le vendíamos gas a la Argentina, pero ahora con Vaca Muerta no le vendemos más. Bolivia se quedó sin inversión y sin reservas. Evo Morales nos dejó sin reservas. Nos dejó un país arrasado.
-¿Cuál fue la colaboración de Argentina en estos días?
-El gobierno argentino envió dos aviones Hércules vacíos para ayudarnos a trasladar alimentos del Oriente al Occidente por los bloqueos en nuestro país sobre todo a la ciudad de El Alto.
-¿Cuando habló o se vio con el presidente Milei?
-Nos vimos en la asunción de Kast en Chile. Tenemos muy buena relación. Antes lo vi en Paraguay por el Mercosur. Es aficionado al rock and roll como yo y tenemos muy buena relación más allá de temáticas del Estado.

-¿Cómo define este momento?
-El efecto de Bolivia con cinco fronteras es clave para la democracia en la región. Si avanza el narcotráfico es un verdadero peligro. Nosotros detuvimos al narcotraficante Marset y lo enviamos a los Estados Unidos. Estamos avanzando contra una estructura ilícita y también reformando la Justicia para evitar que avancen los grupos criminales.
-Usted se refiere a Sebastián Enrique Marset Cabrea, acusado por varios países de liderar una red internacional de tráfico de cocaína y lavado de dinero conocida como el Primer Cartel Uruguayo…
-Sí exactamente. Nosotros tenemos la legitimidad de las urnas. Ganamos con el 55 % de los votos pero tenemos fragilidad institucional. Este un Estado “tranca” [obstructor] que trabajaba para un caudillo que generaban compra de hidrocarburos de contrabando por 1400 millones de dólares. Sobre la compra una parte iba en contrabando y corrupción vinculado al narcotráfico. Por eso hemos afectado a grupos que manejaban unos siete mil millones de dólares al año por corrupción. Es una lucha muy grande contra lo ilícito y la corrupción. Ellos necesitan volver al caudillo del partido único con contratos sin licitar y controlar todo el aparato estatal.
-¿Bolivia es un estado narco o tiene riesgos de serlo?
-En veinte años no cayó un narco aquí. Nosotros en seis meses atrapamos al número uno. Está claro que se podía. Había un gran tema con la impunidad. Con lo ilícito.
-Evo Morales está prófugo. ¿Qué dice la Justicia?
-Evo tiene una locura por el poder. No le importa el pueblo ni nada y hace todo el esfuerzo posible por volver. Durante su gobierno hubo más de 180 muertos.
-¿Qué piensa de lo que dijo Evo Morales sobre la cooperación argentina?
-A Evo le sube y le baja la temperatura depende de su estado anímico. Lo mismo le pasa al presidente colombiano Gustavo Petro. No se puede confundir la cooperación humanitaria con la militar.
“Quieren muertos”
En la tarde afuera del Palacio siguen los gritos: “ellos quieren muertos”, dice una cholita cuando nos ve preguntando al policía. Las cholitas son las mujeres indígenas y mestizas, en general de origen aimara y quechua que llevan sus grandes polleras y sombreros de colores. “Si el presidente no renuncia correrá sangre”, grita otro boliviano amenazante junto a las vallas mientras flamea una bandera aimara y mastica hojas de coca.

Los aimaras son uno de los pueblos indígenas más antiguos de la región de los Andes. Son originarios de la zona del altiplano alrededor del Lago Titicaca varios siglos antes de la expansión del Imperio Inca. Hablan el español y la lengua aimara y hoy están concentrados principalmente en el occidente de Bolivia, en los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí.
Antes de los incas hubo varios señoríos aimaras como los lupacas, pacajes y collas. Más tarde fueron incorporados al Imperio Inca y, posteriormente, al dominio español. Actualmente constituyen uno de los grupos indígenas más numerosos de Bolivia y han tenido una gran influencia política y cultural: el expresidente Evo Morales es de origen aimara. En Bolivia casi el 30 % de la población es indígena, el 50 % es mestizo y el 20 % blanco.
Los manifestantes llevan dinamitas, palos, piedras y mucha bronca entremezclada entre la crisis socioeconómica que lleva varios años y la agitación política de actores impulsados por el Movimiento al Socialismo, MAS, que lidera Evo Morales: “queremos que vuelva Evo, que se vaya este presidente que nos mintió en todo…” grita otro mientras nos rodean con desconfianza y sospecha. “De donde son ustedes, de qué lado están”, pregunta otro.
Mientras avanza la marcha rumbo al Palacio de Gobierno aparece otro grupo con palos y amenazas: “Nosotros venimos a custodiar de los saqueos a nuestro negocio. Queremos que se cumpla el período del gobierno de Paz. Estos que vienen a romper todo, quieren estallar la democracia”, expresa el manifestante que representa a una clase media comerciante, saqueada por la crisis, que hasta ahora no pudo frenar a la turba cuando rompieron y vaciaron sus negocios. “Quieren una guerra civil” agrega el hombre con un estandarte que dice “Viva (la) Paz” en alusión al actual presidente.
Evo Morales sigue este teatro de operaciones refugiado en la zona del Chapare, en el trópico de Cochabamba. Permanece en la comunidad de Lauca Ñ, protegido por simpatizantes y grupos locales para evadir la orden de captura de la justicia boliviana. Hace meses que no se mueve de su búnker, rodeado de custodios que cortan las rutas y bloquean las arterias principales que conecta al país: “con los bloqueos la gente está cada vez peor, faltan alimentos medicamentos, gas”. Según Morales “el presidente debe llamar a elecciones en tres meses. Es la única forma que puede resolver esta crisis”.
El expresidente tuvo el mandato más largo de la historia de los gobiernos de Bolivia. Ejerció el poder desde el 2006 a noviembre del 2019 cuando renunció frente a la crisis de gobierno presionado por una profunda crisis política, masivas protestas ciudadanas que incluyeron un informe de la Organización de los Estados Americanos, OEA, que denunció graves irregularidades en las elecciones generales del 20 de octubre del 2019, y la posterior sugerencia de los altos mandos militares y policiales de dimitir.

En su momento, Morales y sus aliados políticos calificaron estos sucesos como un golpe de Estado, mientras que la oposición y sectores manifestantes lo consideraron una respuesta ciudadana ante un fraude institucional.
Los analistas dicen que se enamoró del poder para quedarse para siempre; así lo confirma a LA NACION el intelectual y escritor Juan Claudio Lechin: “es un enamoramiento patológico”. El escritor tuvo que suspender la presentación de su reciente novela en La Paz por los episodios violentos. El libro se llama Catalina de dos mundos y narra un episodio de corrupción en Potosí, territorio anterior a Bolivia, sobre la falsificación de moneda de plata en el siglo XVII.
Evo Morales está prófugo de la justicia, luego de ausentarse de su declaración acusado de estupro, abuso de menores y trata de personas. La causa que estuvo frenada por algunos meses se activó a pedido de la fiscalía. Morales está acusado junto a los padres de la menor que mantuvo relaciones con el expresidente cuando tenía 15 años. Morales y la menor tuvieron un hijo. Los padres también están acusados de ese delito junto al expresidente que argumenta que se trata de una persecución política.
Explotan dinamitas. El ruido es infernal afuera y adentro del palacio. José Luis Lupo, jefe de gabinete de ministros confirma que “ya arrojaron más de 25 dinamitas”. El ministro de gobierno también fue entrevistado por LA NACION asegura que “están tomando las medidas necesarias y los cambios conforme a las necesidades que plantean cambios dentro de un diálogo no violento. Por eso conformamos el Consejo Nacional Político y Económico para escuchar los reclamos que no están politizados por los violentos que quieren destruir nuestra democracia”.
La otra cara del palacio muestra la crisis socioeconómica que se observa en largas colas para conseguir un pollo, huevos, gas o nafta. El desabastecimiento por los bloqueos ahoga al pueblo boliviano que pasa la noche en las calles esperando cargar combustible.
La crisis se agravó tras la contaminación de la nafta que sin destilar se vendió en las estaciones de servicio de La Paz: “estuve toda la noche para que me despachen cinco litros de nafta para mi moto porque la nafta anterior me arruinó el auto” le dice un taxista a LA NACION que ahora usa su moto para llevar pasajeros. El gobierno de Paz no pudo evitar el aumento junto con controles que no evitan la escasez del combustible.
Hace apenas 1°C en la capital boliviana. La gente espera horas en una cola interminable con un número marcado a fibra en el brazo que evidencia que pertenece a ese grupo para cuando llegue el camión de garrafas, si logra que lo dejen pasar. Mucho sufrimiento para llevarse el combustible para cocinar y calentarse. Se siente el frío, la desazón y resiliencia de un pueblo acostumbrado a las crisis que pueblan las ferias nocturnas para conseguir alimentos: “yo vendo pan que fabrico en mi casa para tratar de sobrevivir. También ofrezco maíz y cada tanto consigo huevos” dice un puestero sentado sobre la vereda. La noche se alarga y las opiniones se cruzan entre los que defienden al gobierno y los que piden que renuncie. Y, por supuesto, hay quienes dicen que prefieren que vuelva Morales o llamen a elecciones “porque este presidente no cumplió con ninguna de las promesas y quiere privatizar todo”.
Las protestas llevan varias semanas y han derivado en bloqueos de rutas, enfrentamientos con la policía y pedidos de renuncia del mandatario. Bolivia enfrenta escasez de dólares, inflación creciente, problemas de abastecimiento y una fuerte caída de los ingresos por exportación de gas. La reducción de subsidios a los combustibles y las medidas de ajuste generaron un fuerte malestar social. Sindicatos, mineros, campesinos, transportistas y organizaciones sociales mantienen más de 50 bloqueos en distintos puntos del país.
La Paz y otras ciudades sufren dificultades de abastecimiento de alimentos, combustible y medicamentos. El gobierno sostiene que busca estabilizar la economía y denuncia intentos de desestabilización. Sectores afines al expresidente Evo Morales apoyan las movilizaciones y tienen una participación importante en las protestas con enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas de seguridad. Los bloqueos afectan el traslado de pacientes, alimentos y suministros médicos. Bolivia vive una combinación de recesión económica, conflictividad social y crisis política. El gobierno intenta recuperar el control mediante negociaciones, cambios en el gabinete y la apertura de corredores para garantizar el abastecimiento, pero las protestas continúan y la tensión sigue en aumento.
La Paz, vaya paradoja de nombre, amanece con estruendos entre nubes y humo en otro día de guerra. Hay corridas, palazos, forcejeos y humo lacrimógeno. Los estallidos no paran. El gobierno cambió al ministro de trabajo pero parece insuficiente. Durante un par de jornadas hubo una tregua frágil que amenaza con romperse a cada paso de las marchas. El gobierno de Paz está débil pero asegura que seguirá. Todo dependerá de su capacidad para esquivar las bombas de quienes prefieren que explote todo.
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