Chile: un movimiento difuso y sin interlocutores

Víctor García
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23 de octubre de 2019  

SANTIAGO.- Heterogéneo, de filiación política transversal y con ausencia de rostros representativos. Las características del movimiento que se ha levantado durante el estallido social que convulsiona a Chile han dificultado la lectura de las autoridades para ejecutar acciones concretas que contengan el desborde popular.

Si en el inicio de la revuelta el presidente Sebastián Piñera intentó generar cierta empatía con un discurso de "unidad nacional", 24 horas más tarde el cambio fue rotundo: utilizó la frase "estamos en guerra" y reconoció que enfrentaba "a un enemigo poderoso". En conferencia de prensa, Piñera no hizo más que apagar el fuego con nafta.

El grupo que ha salido a marchar en las ciudades chilenas es inclusivo: desde los más extremos y antisistémicos, que buscan el colapso del sistema y no se suscriben a una matriz ideológica, hasta una clase media asfixiada por el modelo chileno y de personas sin complicaciones económicas, visibles y activas durante todos estos días.

Aquel crisol de expresiones, que no están bajo el paraguas de un sector político determinado ni de una organización sindical (instituciones muy debilitadas en Chile), se ha ido amalgamando hasta formar un cuerpo vivaz y que, lejos de debilitarse, se ha establecido con propiedad.

En ese sentido, y en el permanente ensayo y error que ha caracterizado la toma de decisiones del gobierno, la hoja de ruta que ha trazado La Moneda ha empleado demasiados tonos para comunicarse con la ciudadanía.

La dureza en las intervenciones del ministro del Interior, Andrés Chadwick, y del subsecretario del Interior, Rodrigo Ubilla, ha contrastado con las apariciones de la intendenta de la Región Metropolitana, Karla Rubilar, quien se ha mostrado mucho más conectada con el contexto emotivo que requiere buena parte de la ciudadanía.

Las formas, por un tema de idiosincrasia, importan muchísimo a buena parte de la sociedad chilena.

Igualmente, los representantes de los partidos políticos no son interlocutores validados para la gran mayoría de los que se manifiestan, y ahí hay una parte importante del problema.

El desplante del Partido Socialista y del Frente Amplio de no participar en la reunión con Piñera, más que sumar adhesión, fue cuestionado por gran parte de la ciudadanía, la misma que tampoco quiere más militares en las calles, pero que puso ciertas esperanzas en la búsqueda de un acuerdo inicial.

Las fuerzas políticas se están organizando acorde con lo que exige el movimiento, aunque hay excepciones. Tal como se esperaba, la izquierda encarnada en el Frente Amplio y el Partido Comunista se bajó del diálogo con Piñera en La Moneda y lo condicionó a que se desmilitaricen las calles. En tanto, la Democracia Cristiana -partido que se ha aliado al gobierno en los últimos meses- se sumó al Partido por la Democracia en un claro afán de reencantar al elector de centroizquierda más moderado.

En la vereda de enfrente, en la derecha atraviesan una fuerte encrucijada. Acorralados por las demandas sociales que ha levantado el estallido social, y que durante varios años han encontrado resistencia para discutir, se han abierto a discutir reformas estructurales como la tributaria o de pensiones, aunque no está claro todavía si esas señales serán distintas cuando termine el conflicto. Sus líderes, en todo caso, han sido muy enfáticos en bajar el entusiasmo y limitar cualquier intención de transformar la Constitución.

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