Cilia y Maduro, una pareja unida por la ambición de gobernar a cualquier precio
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Todo empezó con Hugo Chávez. Con él arrancó el movimiento hegemónico que domina Venezuela desde 1999. Y con él comenzó la relación entre el presidente Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, la "primera combatiente", como se hizo llamar tras el casamiento de 2013 con el jefe de Estado.
Maduro y Flores eran dos personas cercanas, cada cual a su manera, al teniente coronel Chávez, el rango que tenía cuando se hizo conocido tras liderar un fallido golpe de Estado el 4 de febrero de 1992. El mismo golpe que, en vez de llevarlo al Palacio de Miraflores como soñaba cuando lo planeó en los cuarteles, lo llevó a la cárcel cuando la rebelión fue desbaratada por las fuerzas leales al gobierno.

Devota de sus ideales revolucionarios, Cilia integró su equipo de abogados cuando Chávez quedó entre rejas, y continuó en ese papel hasta que el presidente Carlos Andrés Pérez le concedió el indulto dos años después.
Para ese entonces Maduro ya estaba en la primera fila de camaradas del líder bolivariano, y su destino confluyó con el de Flores. Los dos allegados comenzaron una relación que, al día de hoy, los tiene como una dupla unida y temible, templada al calor del poder, que se esfuerza en sostener un gobierno sin respaldo popular, pero con gran capacidad de supervivencia pese a hacer agua por todas partes.
"Encontré a Cilia en la vida. Era abogada de varios militares patriotas presos. Pero era abogada del comandante Chávez, cuando bueno, ser abogada del comandante Chávez en la cárcel… duro", dijo Maduro sobre su pareja.
Nadie conoce con exactitud la dinámica del matrimonio en la vida privada. Y no es tanto lo que se sabe de la sinergia entre ellos en la vida pública. Tal es la reserva y el secretismo en torno a la pareja presidencial, con escasos resquicios para asomarse a su mundo.
Debido a ese secretismo son muchas más las preguntas sobre ellos que las respuestas, aunque también las hay. ¿Qué papel ejerce Cilia en el día a día del régimen? ¿Tiene influencia determinante en las decisiones? ¿Se trata de una primera dama al viejo estilo, la mujer de las cenas de gala y las recepciones oficiales? ¿O se trata, en cambio, del verdadero poder detrás del trono?

Ni tanto ni tan poco. "Cilia no será la primera dama porque ese es un concepto de alta alcurnia", dijo Maduro cuando se inscribió como candidato en las elecciones de 2013. Por eso ella prefirió hacerse llamar la "primera combatiente", una definición más acorde al diccionario bolivariano.
Los que conocen los entresijos del poder afirman que Cilia, pese a sus antecedentes de mujer avezada y aguerrida, no maneja las riendas tras bambalinas. No es el poder en las sombras. Pero sí tiene cierto grado de influencia y, en todo caso, nunca es ajena a lo que sucede en el Palacio de Miraflores y a las decisiones que se toman.
"Sobre la vida privada la verdad es que no sale mucha información. La impresión que yo tengo viéndolos en el tiempo a ellos dos, pienso que es una pareja armónica, una pareja muy compenetrada. En lo público me parece que Cilia Flores es una persona que le da a Maduro mucha seguridad, mucha certeza. Creo que se complementan. Ella es un referente para él", explicó a LA NACIÓN el politólogo Ricardo Sucre.
Otros coinciden en que Maduro y Flores son muy cercanos, y señalan que Cilia mantiene deliberadamente un perfil bajo, aunque está muy presente en la vida política. Participa incluso de reuniones confidenciales y diplomáticas donde, al menos en teoría, no debería estar.

Y en momentos de tensión, cuando el gobierno hace más agua que de costumbre, según las versiones más extendidas, no duda en tomar el teléfono y dar instrucciones a ministros, militares, embajadores, a los medios. A quien sea necesario y a quien sienta que deba poner en vereda.
No es de extrañar. Flores tenía vida política propia desde mucho antes de conocer a Maduro. "Cilia viene de una escuela política que es la misma de Maduro. Una escuela política, digamos, ruda, porque es de una izquierda insurreccional venezolana que participó de golpes de Estado, y no se pacificó a pesar de que había democracia", dijo Sucre.
Esa vida política se remonta al gobierno de Chávez, cuando de la mano del líder accedió a la presidencia de la Asamblea Nacional. Luego fue procuradora general de la República y, ya con su marido en el poder, entró a la Asamblea Constituyente, el cuerpo legislativo creado por el chavismo como sustituto disciplinado y obediente de la maltratada Asamblea Nacional, de mayoría opositora desde las elecciones de 2015.
En medio de ese ascenso inevitable fue acusada de nepotismo por colocar a amigos y familiares en la administración pública, unos 40 en total, lo que acabó admitiendo, sin por eso arrepentirse ni revertir el abuso. Y, en tren de controversias, la Justicia de Nueva York imputó en 2015 a dos de sus sobrinos de narcotráfico. Los detuvieron en Haití y los entregaron a la DEA. Esta vez rechazó todos los cargos y, más aún, puso el grito en el cielo.
Los dardos apuntaban cada vez más cerca, y el año pasado el Departamento del Tesoro de Estados Unidos impuso sanciones financieras en su contra, como parte de la batería de medidas contra el elenco chavista. La "primera combatiente" pasaba a la lista negra de enemigos de Washington.
"Nunca se había visto algo así, si ustedes quieren atacarme, atáquenme a mí pero no se metan con Cilia, no se metan con la familia, no sean cobardes", dijo Maduro durante un acto en Venezuela. Como si ella no fuera parte de la estructura de poder desde la primera hora, una figura de armas tomar, sino esa "primera dama de alcurnia" que nunca quiso ser.
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