Cómo vive y piensa un hombre que tiene licencia para matar
En cinco años, Jim Willett dio la orden de ejecutar a 84 condenados a muerte
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Jim Willett tiene 50 años, esposa, dos hijos adolescentes y un trabajo que no se lo desea a nadie.
Willett es el guardiacárcel de la prisión federal de Huntsville, Texas. Sus tareas incluyen dar la orden de ejecución de los prisioneros condenados a morir por inyección letal. Gana 4000 dólares por mes.
En los últimos cinco años, Willett mandó matar a 84 personas y en enero les tocará el turno a tres más. Si todo va bien, en junio o julio le llegará el retiro y podrá dedicarse a pescar y pasear con sus hijos.
"Creo que me voy a sentir mejor cuando todo esto termine, y por suerte no falta demasiado" dijo Willett a LA NACION durante un diálogo telefónico.
Las ejecuciones se realizan a las seis de la tarde. A esa hora, el prisionero está atado a una camilla con una aguja hipodérmica en cada brazo, mientras dos mangueras de plástico conectan las agujas con unos tanques llenos de veneno.
En la cámara de la muerte están Willett, el condenado y el capellán. Del otro lado de la pared, un verdugo anónimo, elegido por sorteo entre los miembros del servicio penitenciario, se apresta a apretar el botón que libera la dosis mortal.
En esos momentos, Willett invariablemente tiene puesto un par de anteojos de lectura. No es que necesita esos anteojos para ver bien. No: los usa para dar la orden. La señal no admite confusiones. Willett agarra la patita que está detrás de su oreja izquierda y presiona hacia abajo. Los lentes se elevan por sobre sus cejas y vuelven a caer. Entonces el verdugo aprieta el botón.
"Desde 1982, cuando empezaron las ejecuciones por inyección letal, hasta la fecha, hubo cuatro guardiacárceles a cargo de cumplir la pena, incluyéndome a mí. Todos mis antecesores usaron el método de los anteojos para dar la señal, así que yo seguí con lo mismo" explicó Willett.
Texas, el Estado del presidente electo George W. Bush, ha ejecutado a 284 personas desde 1982. Más de la mitad de esas ejecuciones ocurrió en los últimos cuatro años, con Bush como gobernador. Es el Estado que más gente ha ejecutado en los Estados Unidos.
En Texas, la gran mayoría de sus habitantes está completamente de acuerdo con la pena de muerte. Willett, en cambio, tiene sus dudas.
"Realmente no lo sé. Cuando los veo morir me pregunto, ¿estará bien lo que estamos haciendo? Por otro lado, cuando leo en un diario que un tipo violó y asesinó a una chica de 12 años, enseguida pienso, ese tipo no merece estar vivo."
Dice que aceptó el trabajo porque sus jefes le insistieron. "Al principio dije que no quería, pero me dijeron que realmente me necesitaban. Entonces les contesté que haría lo mejor posible."
Willett contó que la primera ejecución fue durísima, que le costó mucho reponerse. Las demás las pudo sobrellevar mejor, a partir del siguiente razonamiento:
"Yo soy una parte muy pequeña del sistema. La responsabilidad comienza con el jurado que condena a muerte, sigue con los jueces, con el gobernador que rechaza el pedido de clemencia, con el legislador que vota la ley de pena de muerte. Yo trato de concentrarme en mi trabajo."
La rutina
Willett vive en la cárcel. En los días en que hay ejecución, se ajusta más que nunca a su rutina. El despertador suena a las seis de la mañana. "Enseguida tomo conciencia de que ese día va a haber una ejecución. A veces pasan cinco minutos, a veces diez, pero no más de eso. Enseguida me pongo a pensar en lo que sucederá a las seis de la tarde."
Desayuna café, no come nada sólido. Después se conecta a Internet para enterarse de las noticias del día. Cerca de las nueve llama al juzgado federal para averiguar si hubo novedades de último momento con respecto al condenado. Después llama a los abogados y fiscales para informarles de los pasos por seguir.
Almuerza liviano con sus asistentes el menú fijo de la cárcel. Algunas veces, durante el almuerzo, Willett y sus asistente hablan de la persona que están a punto de matar. ¿Cómo será? ¿Qué aspecto tendrá? ¿Estará nervioso? ¿Traerá problemas?
Por suerte para Willett, los condenados se alojan en otra cárcel a 60 kilómetros de distancia. "Es bueno que no los conozca de antemano, hace las cosas más fáciles", dice.
Willett no se interesa por los "detalles", como él llama a la causa judicial que derivó en la condena, hasta después de la ejecución. Cuando llega el prisionero, Willett lo recibe, lo acompaña hasta su celda y allí lo entrevista.
"Lo primero que le pregunto es si quiere pronunciar sus últimas palabras antes de morir. Me interesa saber qué es lo que va a decir y sobre todo cómo va a terminar su discurso, porque no quiero interrumpirlo antes de tiempo," explicó Willett.
Casi todos los condenados quieren hablar, dijo el guardiacárcel. La gran mayoría le pide perdón a su familia, algunos también se disculpan con la familia de las víctimas. Los discursos se transmiten desde la sala de ejecución a través de un micrófono. La audiencia está formada por una docena de familiares, periodistas y abogados: los testigos que miran desde el otro lado del vidrio.
El discurso final que más recuerda Willett lo pronunció un fanático del fútbol americano, que cerró su alocución al grito de "Vamos los Dallas Cowboys todavía", vivando al afamado equipo local.
Después de hablar del discurso final, Willett y los prisioneros pasan a otros temas de interés: las últimas llamadas y la última cena, que se sirve a las cuatro de la tarde.
Willett permite llamadas a familiares del prisionero, pero le baja el pulgar al pedido de llamadas a las novias por correspondencia.
Con respecto a la última cena, Willett dijo: "Tratamos de darles lo que piden, pero no podemos acomodar pedidos estrafalarios como, por ejemplo, cuando nos piden langosta. Acá no tenemos langosta. Tampoco está permitido el alcohol ni el tabaco. Pero lo que más nos piden, créase o no, es una hamburguesa con queso y papas fritas."
Después, el prisionero queda en su celda y Willett se dedica a ajustar detalles. El prisionero no puede estar con familiares y amigos, pero se le permite una visita de 30 minutos de su abogado y otra de media hora con su asesor espiritual.
Tiempo de morir
A las seis menos diez, más o menos, Willett recibe una llamada de la gobernación de Texas y otra de la fiscalía del Estado, en la que le comunican que puede llevar adelante la ejecución. Entonces llega un momento de mucha tensión. Es cuando Willett va a buscar al prisionero a la celda para llevarlo a la sala de ejecución. Para ese momento, Willett utiliza estas palabras: "Señor (apellido del prisionero), es hora de que me acompañe a la otra habitación."
Es un momento difícil porque Willett no sabe cómo va a reaccionar el prisionero. Si se resiste, Willett le da un ultimátum: "Si no quiere acompañarme tendré que ordenar que lo traigan por la fuerza".
Cuando el preso no quiere salir todos lo sufren, dijo Willett: "Ya es bastante difícil hacerlo cuando no ofrecen resistencia, así que imagínese. Por suerte el capellán casi siempre consigue calmarlos".
Después puede haber otros contratiempos. El mes último, por ejemplo, Willett tuvo que ejecutar a un drogadicto que tenía las venas reventadas. Durante media hora los enfermeros lo pincharon, sin éxito, buscando una vena que sirviera. Finalmente encontraron una en el tobillo, pero casi le tienen que hacer un tajo para insertarle la aguja.
Cuando el veneno toma efecto, en un pocos segundos, el prisionero muere. Cuando retiran la camilla, para Willett empieza el trabajo más difícil, el de lidiar con su conciencia. Esa noche, o a lo sumo a la mañana siguiente, Willett lee el expediente del prisionero que acaba de matar.
Después escribe. A cada hombre y mujer que ejecuta le dedica un par de páginas en el diario íntimo que almacena en su computadora.
Por ejemplo:
"... Entonces lo ataron a la camilla. El señor Miller les dijo a los enfermeros que no los culpaba por lo que estaban haciendo. Había tenido una tarde bastante buena con el capellán Brazzil. De pronto el cuarto estaba vacío, excepto por el señor Miller, el capellán Brazzil y yo. Hablamos rápidamente de lo que iba a pasar y le pregunté si había algo más.
Supongo que no tiene caso pedirle una resurrección, me contestó.
"Miller le pidió disculpas a la madre de la chica de siete años que había violado y asesinado. Me pregunté a mí mismo qué estaría pensando la madre en ese momento. Miller respiró hondo y contuvo el aliento. Pasaron unos 15 segundos hasta que respiró por última vez."
Una ayuda
Para Willett, registrar estas vivencias es casi una necesidad. "Lo hago para descargar, para sacármelo de encima. Empecé con el primero y no paré más. Me ayuda," dijo.
El guardiacárcel es cristiano y protestante, como la mayoría de los tejanos. Se ríe cuando se le pregunta si cree más o menos desde que empezó a ejecutar prisioneros. "Espero creer más cada día que pasa, más allá de lo que hago", contesta.
¿Y cómo le gustaría ser recordado? Tras un largo silencio contestó: "Honesto." Después de otro largo silencio pronunció otra palabra: "Compasivo." Y después sobrevino otro largo silencio. Willett estaba ahí, del otro lado de la línea, pensando en lo que acababa de decir.
Saldaño, el argentino que espera
- En la prisión texana de Terrell, muy cerca de la de Huntsville, se encuentra Víctor Hugo Saldaño, el único argentino condenado a muerte en los Estados Unidos.
Saldaño, sentenciado por el asesinato de un norteamericano en 1995, debía ser ejecutado en abril último, pero la Corte Suprema de Justicia anuló la pena capital por considerar que la condena fue discriminatoria, ya que consideró como agravante su condición de hispano. Ahora, Saldaño, de 28 años, espera un nuevo juicio.


