
Constitución, sí; Constitución, no
Toda la opinión europea está en vilo por la decisión que debe tomar, pero es obvio que lo que Francia decida será crucial
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EL referéndum que tiene lugar por estas horas en Francia tiene en vilo a la opinión europea. No es para menos. Como es sabido, la ciudadanía francesa por medio de este referéndum habrá de aceptar o rechazar el proyecto de Constitución para la Unión Europea. El papel de Francia en semejante encrucijada es crucial, no sólo por su importancia en términos económicos y demográficos, sino porque está en juego el perfil y el futuro de una de las dos grandes naciones fundadoras de esa entidad supranacional llamada Europa.
Sin el eje franco-alemán, apoyado por la sapiencia integracionista de los pequeños países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo) y la inteligencia estratégica de De Gasperi en la Italia de hace ya un largo medio siglo, Europa no tendría razón de ser ni se la entendería cabalmente. De aquel núcleo fundador nació un proceso de incorporación de otras naciones que amplió de manera espectacular las fronteras geográficas e ideológicas de Europa y permitió que un conjunto marginal de países subdesarrollados (Portugal, España, Irlanda, Grecia y ahora los países del Este) se embarcara en un fascinante viaje hacia el crecimiento y la calidad fiscal de la distribución del ingreso.
Europa representó de este modo una marcha prolongada cuyos jalones exitosos se consignan a menudo: la Comunidad del Carbón y del Acero de 1950, el Mercado Común de 1957, las ampliaciones del número de países miembros en 1969, 1973, 1995 y 2004, el Tratado de Maastricht de 1991, la puesta en vigor de la moneda común, y el euro, en 1999. No son éstos, por cierto, los únicos momentos fundadores, pero lo que interesa destacar aquí es que esos aciertos resultaron muchas veces de la superación de crisis muy difíciles de resolver. Hubo proyectos ambiciosos, como el establecimiento de unas fuerzas armadas europeas en 1954, que fracasaron rotundamente, y hubo también intentos de incorporación anticipada de países centrales en la historia del concierto europeo (el caso arquetípico es Gran Bretaña), que fueron rechazados por la Francia gobernada por Charles de Gaulle en 1963.
Entonces, la marcha de que hablamos no es para nada lineal. Si nos atenemos a los pronósticos de las encuestas de opinión realizadas en Francia para este referéndum (mayoría para el no), resulta evidente que Europa está entrando en uno de esos recodos críticos en que cruje el engranaje de las decisiones. Desde luego, la última palabra estará en las urnas y en algún desmentido a las encuestas (suele acontecer de tanto en tanto para disgusto de quienes practican ese oficio). El Tratado de Maastricht, por ejemplo, estuvo a punto de ser rechazado en Francia por un referéndum y sólo pudo ser aprobado por una mínima diferencia.
De todos modos, la pregunta acerca del porvenir de una Europa que acaba de dar un salto cualitativo en cuanto al número de las naciones que la conforman se impone por propia gravitación. Tres problemas circundan este interrogante: el primero tiene que ver con las dificultades de las economías francesa y alemana y con la erosión que está padeciendo el viejo proyecto integracionista del estado de bienestar; el segundo, vinculado con el primero, apunta a las ventajas y desventajas del mercado de trabajo; el tercer problema, por otra parte, alude al método de aprobación de las instituciones basado en el referéndum.
No hay duda de que los grandes motores de Europa, Francia y Alemania, carecen del dinamismo de antaño. Esta situación se complica debido a la disminución de la fecundidad y a la prolongación de la vida. El estado de bienestar fue establecido sobre el supuesto de que la franja más numerosa de la población estaba formada por los trabajadores activos en una economía de pleno empleo. Ahora, la desocupación, los costos laborales y el sector de los jubilados aumentan mientras no se manifiestan signos de recuperación demográfica, salvo por el lado de la inmigración.
El choque entre la gran revolución tecnológica en curso y las estructuras establecidas desde los orígenes de la integración europea ha provocado el desplazamiento de la inversión hacia los nuevos países recientemente incorporados. La Unión Europea es un mercado y, al mismo tiempo, conforma un poderoso instrumento de asistencia. Competitiva y paternalista, esta combinación favorece a los nuevos países. Hizo palanca para impulsar el crecimiento de España, Portugal, Irlanda y Grecia y, en los próximos años, debería favorecer a los países que se sumaron desde Europa del Este. Es el mejor de los mundos: economías que atraen inversiones debido al bajo nivel de los salarios al paso que reciben subsidios de la Unión para poner a punto su infraestructura. En las naciones fundadoras, en cambio, estas ventajas no existen. No hay de qué extrañarse, por tanto, al comprobar cómo los mayores niveles de apoyo a la Constitución europea se encuentran en los nuevos miembros, y la incertidumbre, o el disgusto, se concentre en un país como Francia.
Pero además hay otro dato adicional que tiene que ver con el método de referéndum para ratificar leyes y constituciones. No todos los miembros de la Unión Europea recurren a este expediente: Bélgica, Suecia, Alemania, Finlandia, entre otros, lo hacen a través del régimen representativo mediante el voto mayoritario del Parlamento. Cuando merced a un enfoque más amplio se adopta el referéndum, las elecciones populares pueden ser testigos de una pronunciada apatía en cuanto a la participación ciudadana (por ejemplo, en España), o bien pueden hacer las veces de vehículo para expresar otras disidencias y rasgar el velo sobre las tensiones propias del país. Nadie duda de que en las elecciones de hoy en Francia está en juego un doble destino: el de Europa con sus más y sus menos y el del propio gobierno de Chirac inmerso en un malestar social creciente.
En un cuadro de estas características, los pescadores a río revuelto pueden hacer buena presa. Por esos corsi e ricorsi de la historia, la distribución de las preferencias electorales de este referéndum evoca, en alguna medida, la imagen electoral de Francia en los turbulentos años de la Cuarta República, luego de concluida la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento, las corrientes de derecha (De Gaulle no aceptaba la legitimidad de aquella Constitución) confluían objetivamente, aunque discrepaban en todos los otros aspectos, con el poderoso Partido Comunista ubicado a la extrema izquierda: unos condenaban a la Constitución por partidocrática y excesivamente parlamentarista; lo otros la estigmatizaban por capitalista y pro imperialista.
Algo análogo está aconteciendo en estos días. Aunque el Partido Comunista había fracasado estrepitosamente, ahora ha renacido de sus cenizas cuestionando a Europa por neoliberal y dependiente; si bien la extrema derecha no pudo recuperarse de la contundente derrota que le infligieron los moderados en el último ballotage presidencial donde resultó victorioso Jacques Chirac, ahora ha logrado complicar el panorama aprovechando la disponibilidad de algunos sectores del electorado católico descontentos por la omisión del legado cristiano en el Preámbulo de la Constitución europea. Así se ha quebrado el frente histórico del socialismo y del centro democristiano y liberal que construyó el proyecto de la integración sobre las soberanías absolutas del pasado.
Francia y Europa confrontan, pues, la coalición de los contrarios. Una sorpresa electoral de último momento podría modificar esta tendencia. Quedan pocas horas para saberlo.

