Coronavirus: frustrados, los neoyorquinos contemplan abandonar la ciudad que aman

Muchos neoyorquinos comienzan a dejar la ciudad que aman
Muchos neoyorquinos comienzan a dejar la ciudad que aman Fuente: AFP
Richard Morgan
Jada Yuan
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26 de mayo de 2020  • 17:41

NUEVA YORK.- Lo que terminó de quebrar a Mary Shell fue el lavado de la ropa, o más bien no tener lavarropas propio en su departamento de Brooklyn, donde Shell, una productora de reality shows de 37 años, apenas podía pagar el alquiler ya antes de la llegada del coronavirus , porque su actividad estaba bastante parada desde hacía meses. Y ahora que su compañera de casa, que también quedó desempleada, tuvo que volverse a vivir con sus padres, la cosa se puso todavía peor.

Shell estaba tan ahogada económicamente que empezó a buscar alguna changa de noche, pero fue justo cuando todos los bares y restaurantes empezaron a cerrar por el Covid. De todos modos, tal vez habría podido resistir si el lavadero automático más cercano no hubiese quedado a cuatro cuadras de su casa.

"Querría poder lavar la ropa sin tener que cargarla cuatro pisos por escalera o tener que gastar 40 o 50 dólares en el lavadero automático", dice Shell, haciéndose eco de una queja tan inmemorial entre los neoyorquinos, que las series "Seinfeld", "Friends" y "Living Single" tienen algún episodio dedicado a las indignidades del lavadero compartido en los edificios de Nueva York . Y si a eso se suma una pandemia, el estrés, dice Shell, se vuelve "demoledor", y comenta que hace unos días bajó hasta el lavadero común del edificio y encontró que alguien había estado manipulando la ropa que ella acababa de lavar.

"Es insultante que algunos propietarios crean que un lavarropas es un lujo y que pretendan cobrar 1000 dólares extra de alquiler por un electrodoméstico que está presente en los hogares norteamericanos desde la década de 1970", dice Shell.

Esa sumatoria de cosas fue suficiente para que empezara a pensar en irse de Nueva York para siempre.

Bienvenidos al Gran Replanteo.

Nueva York es actualmente una sombra de lo que era antes de la pandemia. Al igual que Shell, hay muchísimos neoyorquinos que se quedaron sin trabajo, sin plata, sin paciencia y sin ánimo de nada. En todas partes la gente empieza a replantearse su vida, pero en ningún lugar esos replanteos se han exacerbado tanto como en Nueva York, la ciudad más poblada y con más densidad y diversidad poblacional de Estados Unidos, donde en las últimas semanas murieron más de 21.000 personas de Covid-19.

Hace mucho que los nostálgicos se vienen quejando de la "desaparición" de la ciudad que amaban, pero ahora los neoyorquinos no tienen más remedio que preguntarse si Nueva York sigue siendo "vivible".

La pandemia dejó al desnudo las desigualdades entre quienes pueden irse y quienes tienen que quedarse, entre quienes viven y quienes mueren. El alquiler promedio en Manhattan arrancó el año con un récord de 4210 dólares al mes, mientras que en Queens y el Bronx, los distritos más golpeados por la pandemia, también llevaban una década de alza ininterrumpida en el precio de los alquileres.

En febrero, al comentar la caída de la recaudación de 2300 millones de dólares, el gobernador demócrata Andrew Cuomo, se sinceró exclamando: "¡Dios no permita que los ricos se vayan!". Pero lo cierto es que 420.000 de los vecinos más ricos de Nueva York ya desertaron, vaciando los barrios más exclusivos, que ahora tienen una ocupación de apenas el 60%.

"Nací y crecí en Nueva York y soy neoyorquino hasta la muerte, porque esta ciudad siempre fue una fiesta", dice Giovanni Cassinelli, paseador de perros de 44 años y seguidor de una leyenda de la vida nocturna de la ciudad, el fallecido Willi Ninja. "Pero la fiesta se acabó". Cassinelli ya se decidió por un pueblito de las montañas de Nevada que ni siquiera tiene municipio propio. "Nadie va a devolverme la ciudad que perdí, así que me voy antes de llegar al punto en que no pueda recuperar tampoco me cabeza."

Son respuestas muy distintas a las que suscitaron otras crisis anteriores que atravesó la ciudad, cuando los neoyorquinos defendían a capa y espada y con humor inquebrantable su permanencia en la ciudad. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, por ejemplo, el creador de "Saturday Night Life", Lorne Michaels, le preguntó al entonces alcalde Rudolph Giuliani, "¿Ya podemos hacernos los graciosos?", y Giuliani le lanzó su famosa respuesta: "¿Por qué empezar ahora?".

El nuevo coronavirus, por el contrario, llegó también como un nuevo momento de la verdad. Para las familias con hijos chicos, el cálculo entre dejar la ciudad o quedarse y reconvertirse se ha convertido en una cuestión de vida o muerte. Julia Febiger, de 39 años, dio a luz a su primer hijo una semana y media antes de que se confirmara el primer caso de coronavirus en Nueva York. "Un recién nacido es frágil y vulnerable, y toda esa situación era demasiado", dice Febiger, sobre todo porque estaba con angustia puerperal, seguramente exacerbado por la pandemia. "Estaba aterrada. Sentía que estábamos bajo ataque."

Febiger y su esposo se fueron a pasar la cuarentena a Massachusetts, para estar cerca de sus parientes. Ahora están buscando casa en las pequeñas localidades de las riberas del Hudson, en el norte del estado de Nueva York, donde los agentes inmobiliarios dicen que las propiedades se están vendiendo el mismo día que salen al mercado. Los compradores son otros emigrados de la Gran Manzana que a veces pagan todo junto y al contado con solo haber visto fotos y videos de la propiedad.

Crudeza

Krista Sudol, de 42 años, madre de dos hijos que acaba de perder su trabajo "y posiblemente mi carrera" en el mundo de la moda, lo resume crudamente: "Amo tanto Nueva York que se me saltan las lágrimas, pero por primera vez en mi vida, siento que la cosa no va."

Para muchos artistas y creativos que llegaron a la Gran Manzana para dar el gran salto, aunque tuvieran que servir mesas, las promesas de la gran ciudad empiezan a parecer una estafa.

A veces, ese replanteo de vida no responde exclusivamente a consideraciones personales, sino muchas veces comerciales. Y en el caso de los trabajadores de rubros esenciales, el replanteo entraña a su vez otra problemática. Cuando dejó de sentirse segura tomando el subte, Yessenia Alvarez, de 41 años, se compró una bicicleta, que baja a pulso tres pisos por escalera para luego pedalear, ida y vuelta, los 15 kilómetros que la separan de exclusivo restaurante de comida india Rahi, donde trabaja en el Greenwich Village de Manhattan, al lado del viejo edificio de una hospital de 160 años convertido en un condominio de departamentos que superan de más de 1 millón de dólares. Si Yessenia no fuese a trabajar, el restaurante no abriría, una pérdida no solo para sus clientes, sino para las 250 personas necesitadas que reciben viandas de ellos todos los días.

Yessenia y su esposo Julio, que es policía, no tienen margen para grandes "replanteos de vida", a diferencia de los millonarios vecinos del restaurante. "Nosotros vinimos acá para vivir acá, y es lo que vamos a hacer", dice Yessenia, que inmigró desde República Dominicana en 2006.

En cuanto a los vecinos del restaurante, La mujer dice estar más decepcionada que enojada. "Abandonaron a su personal doméstico a su propia suerte, ¿pueden creer?"

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

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