
Cuando la cara es el arma terrorista
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MIAMI.- En su libro "Los designios del destino", el filósofo Arthur Schopenhauer escribió: "El rostro humano, por lo general, expresa más y dice cosas más interesantes que la boca, porque es un compendio de todo aquello que la boca dirá alguna vez y, como tal, es el monograma de todos los pensamientos y las aspiraciones humanas".
Un siglo y medio después, esta misma premisa es aplicada en los aeropuertos norteamericanos y en otras terminales aéreas del mundo como un recurso de alta tecnología para la identificación de posibles terroristas.
Personal especialmente entrenado escruta los rostros y el comportamiento de los pasajeros que llegan a una terminal, tratando de identificar gestos faciales específicos o signos de inquietud tales como el aceleramiento del pulso que se refleja en la vena yugular, para tamizar a los inocentes de los sospechosos.
La idea no es novedosa. Como la reflexión de Schopenhauer lo indica, siempre existió la certeza de que las expresiones faciales contenían una vasta cantidad de información, pero fue a partir de la década del 60, con los trabajos de Paul Ekman, un profesor de Psicología de la Universidad de California en San Francisco, que estas claves fueron sometidas a un análisis científico como un medio de determinar lo que revelan acerca del estado interior de una persona.
Contrariando las conclusiones de algunos antropólogos como Margaret Mead, quienes afirmaban que existía un nexo entre la cultura y las expresiones faciales, Ekman determinó que estos signos son universales y tienen un origen biológico, tal como lo presumía Darwin. Estas expresiones incluyen emociones como la ira, el disgusto, el miedo, la alegría, la tristeza y la sorpresa.
Microexpresiones
Ekman descubrió que ciertos gestos, a los que denominó "microexpresiones", eran capaces de detectar mentiras y junto con otro científico, Wallace Friesen, desarrolló un método al que denominaron Sistema Codificador de Acciones Faciales (FACS, por sus siglas en inglés) donde clasifican más de 500 expresiones faciales, organizadas en 46 "Unidades de Acción" y basadas en la contracción o relajación de ciertos músculos faciales.
Estas investigaciones sirvieron de base a técnicas psicológicas denominadas "Perfilamiento conductista" (behavioral profiling) y "Perfilamiento facial" (facial profiling), que son las que la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA) de los Estados Unidos está comenzando a aplicar en los aeropuertos del país.
El programa piloto se puso en práctica en 2002, en el aeropuerto Logan, de Boston, y le valió una demanda judicial de parte de la Unión Norteamericana por las Libertades Civiles (ACLU).
El documento alegaba que el programa constituía "otro desafortunado ejemplo de hasta qué extremos se nos está pidiendo que renunciemos a nuestras libertades básicas en nombre de la seguridad", en la medida en que "permite a la policía detener a cualquiera, en cualquier lugar y en cualquier momento".
Pero la demanda no impidió que las autoridades norteamericanas vieran en el "perfilamiento conductista" un mecanismo eficaz para afianzar la seguridad en los aeropuertos. Citaban como ejemplo el caso de Israel, pionero en el uso de estas técnicas, cuyo aeropuerto internacional Ben Gurión es considerado el más seguro del mundo. A pesar de que este país es el principal blanco del terrorismo, ningún avión de la compañía nacional El Al fue jamás atacado, ni ningún vuelo originado en este aeropuerto fue secuestrado.
Naturaleza delatora
En mayo, la TSA anunció que se proponía expandir el programa que hasta entonces se aplicaba en una docena de aeropuertos y, la semana pasada, el Wall Street Journal reportó que el TSA se encontraba haciendo pruebas con máquinas sofisticadas que utilizan algoritmos muy elaborados para determinar si los pasajeros tienen "intentos hostiles".
Algunos críticos, como Bernard Harcourt, un profesor de Derecho de la Universidad de Chicago, expresan dudas acerca de la eficacia del perfilamiento conductista. En un artículo de opinión publicado el viernes en The New York Times, Harcourt argumenta que sería más útil y beneficioso invertir estas sumas extravagantes en métodos más convencionales de verificación y registro de pasajeros.
Pero Ekman, que hoy asesora a la TSA en este programa, sigue convencido de la naturaleza delatora de nuestros gestos faciales. Sus descubrimientos no sólo son útiles para cazar terroristas: también valen para detectar perfidias más domésticas, como lo prueba en su libro "Diciendo mentiras: claves de engaño en el mundo de los negocios, la política y el matrimonio".



