
Cuando un soldado no regresa a casa
Cada vez más familias de los militares desplegados reciben la trágica noticia de una muerte en acción
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WEST POINT, N.Y.- En las últimas dos semanas, decenas de soldados estadounidenses han perdido la vida en la ocupación de Irak. Más de 30 hombres y una mujer reducidos a una pila de fotografías debido a accidentes, enfermedades y a la creciente insurgencia iraquí.
Está el caso del sargento Aubrey Bell, el guardia nacional de Alabama de 140 kilos, que manejaba una topadora y comía sandwiches de mayonesa y que fue baleado delante de una comisaría.
Y el del sargento Paul J. Johnson, un paracaidista que no podía imaginar destino mejor que saltar en el cielo durante la noche y que murió quemado por una bomba. Y los de tantos otros.
En Estados Unidos, el ritmo sostenido de bajas es acompañado por un ritmo sostenido de ritos mortuorios: el auto gris con placas oficiales que se estaciona delante de la casa, la notificación, los papeles que hay que firmar, las tarjetas que se deben leer, la bandera doblada. Y luego otro día, otra ciudad, otra muerte.
En Fayetteville, Carolina del Norte, Missy Johnson estaba estudiando para un examen de farmacología en pijamas cuando escuchó golpear a la puerta. ¿Quién será?, se preguntó. Miró por la ventana. Militares en trajes verde oliva.
"No podía creerlo", dijo. "Sabía exactamente por qué habían venido."
Su marido, Paul, un paracaidista condecorado que estuvo en una batalla en Afganistán vestido sólo con su chaqueta y sus calzoncillos, había muerto. Su pelotón acababa de entregar materiales para escuelas en Fallujah, el 20 de octubre, cuando una bomba casera destruyó su vehículo militar, un Humvee. Tuvo quemaduras en el 80 por ciento de su cuerpo.
"El secretario del ejército me ha pedido que le exprese su profundo pesar porque su marido fue muerto en acción", dijo el oficial. Es una fórmula que siempre se recita de pie.
El sargento Johnson siempre había querido ser soldado. A los cinco años anunció que sería militar. A los ocho cavaba trincheras en el jardín para sus soldados de juguete. "Hacía entrenar a los pequeños hombrecitos de plástico", dijo su madre, Patricia Urban.
Cuando Missy Johnson le dijo a su hijo de 4 años, Bryan, que su papá estaba con Jesús, él le puso las manos en las mejillas y le dijo: "Todo va a estar bien, mami".
Al día siguiente recibió tres sobres, con la dirección escrita con una letra que la conmocionó: debido a la demora en el correo desde Irak, las cartas de su marido siguen llegando.
En Worland, Montana, minutos después de que la familia del sargento Jamie L. Huggins supo que éste había muerto en combate, empezaron a sonar los teléfonos por toda la ciudad. El chico Huggins había muerto.
"Todos conocían a Jamie y la reacción de todos era la misma: es algo horrible", dijo Fey Whar, una vecina.
El sargento Huggins, un paracaidista de 26 años de edad, fue muerto durante una patrulla en Bagdad el 26 de octubre, luego de que su Humvee se sacudiera con la explosión de una bomba dejada junto al camino.
Danielle Huggins había hablado con su marido el día anterior. Le había preguntado: "¿Por qué tienen que seguir allí? Deberían volver ya". Su respuesta, según la recuerda, fue: "Estamos haciendo el bien, Danielle. Estamos haciendo el bien".
Un cuadro distinto
En Fort Hood, Texas, el marido de Andrea Brassfield le pintó un cuadro distinto. "Me dijo: "no nos quieren aquí. Nos tiran piedras. Disparan contra nosotros. No sé qué hacemos aquí"."
El especialista Artimus D. Brassfield, de 22 años, conductor de tanques del Regimiento Blindado 66, Cuarta División de Infantería, fue muerto en un ataque con morteros en Samarra, al norte de Bagdad, el 24 de octubre. Su muerte no cambió la opinión de su mujer respecto de la guerra. Andrea Brassfield estuvo en contra desde el comienzo. Y sigue estando en contra ahora.
El sargento Aubrey Bell, de 32 años, creció en la pobreza. Su vida, según sus amigos, consistía en hacer mucho con poco.
"Era un tipo alegre y feliz", dijo Eric Wingate, un amigo de la infancia. Le gustaban los chicos. Y en Irak, el soldado de 140 kilos y el uniforme tamaño XL los atraía como un imán. "Siempre le preguntaba por qué dejaba que se le acercaran tanto", dijo su novia, Philandria Ezell. "Y él decía: "Cariño, sólo son chicos"."
El 27 de octubre, el sargento Bell, guardia nacional de Alabama de la Compañía 214 de Policía Militar recibió un disparo en el estómago delante de una comisaría donde había estado entrenando a agentes de policía iraquíes.
Su familia está furiosa. Sentados en sillas plegadizas en el patio delantero de la casa de su madre, bebiendo cerveza helada, tenían expresiones de ira. "¿Por qué está bien que muera?", preguntó su prima Vecie Williams. "Al presidente no le importa. Uno lo ve por la TV. Dice esto y dice aquello. Pero ni una lágrima, ni una."
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