
De hombre común a asesino serial
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MIAMI.- En apariencia, la vida de Dennis L. Rader no podía haber sido más trivial ni ordinaria. A los 59 años, llevaba 30 de casado, tenía dos hijos y era inspector municipal en un suburbio de Wichita, Kansas.
Este es el territorio de Dorothy, la pequeña protagonista de "El mago de Oz", una ciudad cuyo Museo de Tesoros Antiguos se ufana de contener desde una tarjeta firmada por el basebolista Joe Di Maggio, hasta una cabeza humana reducida por los jíbaros.
Durante gran parte de su vida, Rader fue un devoto miembro de la Iglesia cristiana luterana, cuya comisión presidía y siempre recordaba con nostalgia la época en que había sido instructor voluntario de boy-scouts.
Su esposa, Paula, trabaja para Snacks, una firma local. Su hija Kerri se casó y vive en Michigan, donde también vive su hijo Bryan, aún soltero. Sus compañeros de estudios lo describen como un tipo afable; los miembros de la congregación aseguran que era sociable y cooperativo; sus vecinos sólo le reprochan la intransigencia que mostraba frente a las mínimas contravenciones que advertía como inspector municipal.
Por eso es que desde que la policía anunció la semana pasada que Rader era el asesino serial que se hacía llamar "BTK" (iniciales en inglés de "amarra, tortura, mata"), responsable de por lo menos ocho muertes entre 1974 y 1986, sus familiares, sus amigos y el país entero se preguntan cómo es posible que se trate de la misma persona.
Por 15 minutos de fama
La elección de sus víctimas era tan arbitraria como sus motivos. Su primer ataque tuvo lugar el 15 de enero de 1974. Las víctimas fueron Joseph Otero Jr., un mecánico retirado de la fuerza aérea; su esposa Julie y sus dos hijos, Josephine, de 11, y Josephine II, de 9. En abril del mismo año mató a Kathryn Bright, de 21 años, y disparó dos tiros a su hermano Kevin, quien sobrevivió.
El siguiente crimen ocurrió tres años más tarde, en marzo de 1977, cuando amarró, torturó y estranguló a Shirley Vian, de 24 años. Su última víctima fue Vicky Wegerle, de 28 años, que apareció estrangulada en su domicilio en 1986.
Rader puede haber estado obsesionado con la muerte, pero su verdadera pasión era la celebridad. En una era de celebridad desfachatada, él quería sus 15 minutos de fama.
Por eso es que, con cada crimen, se obstinaba en provocar a la prensa, enviando cartas y objetos de las víctimas. Se quejaba cuando los medios no les daban suficiente cobertura a sus acciones y hasta sugería títulos para encabezarlas.
El 28 de abril de 1979 se instaló en la casa de Anna Williams, de 63 años, con la intención de matarla. Como la mujer tardaba en regresar, se marchó. A los pocos días, le mandó una carta contándole que había tenido la intención de matarla pero que se había cansado de esperar. La acompañó de un poema titulado "Oh, Anna, ¿por qué no apareciste?".
Su último mensaje llegó en febrero de 1988. En los 16 años siguientes, pareció haberse evaporado. Pero la tentación de la celebridad en la era electrónica fue incontrolable. El 9 de marzo del año pasado reapareció con una carta al diario Wichita Eagle, a la que acompañó con la fotocopia de la licencia de conducir de su última víctima.
La misma tecnología que lo seducía fue la que lo derrotó. Una combinación de identificación por ADN y el rastro invisible que deja una computadora en un disquete terminaron por dibujar su identikit.
Su foto, tanto como sus hazañas, están en los medios de todo el mundo. No sonríe, pero no hace falta. Ahora, por fin, es una celebridad.



