
De la embajada israelí a Atocha, el mismo horror
La argentina que vivió de cerca los dos ataques
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MADRID.- Si vivir de cerca un atentado terrorista fue alguna vez un acontecimiento inusual, del que se hablaba y hablaba hasta el cansancio como buscando expulsar, a fuerza de nombrarlo, ese horror que regresa en tantos sueños -cuando se ven pedazos de personas en el pavimento-, vivirlo dos veces podría verse como una espantosa mala suerte.
El terrorismo no conoce de fronteras. Hace doce años lo sentí en mi propia casa, situada en diagonal justo frente a la ex embajada de Israel, en Arroyo y Suipacha; ayer, en Madrid. Esta vez, afortunadamente, no habrá que recomponerme el rostro ni la onda expansiva derribó mis ventanas y paredes. Pero me produjo un déjá-vu inenarrable. Y temo que se vuelva costumbre.
Ayer, los pies no me sangraban como hace doce años en Arroyo y Suipacha, cuando bajé descalza los nueve pisos de mi casa, incrustándome vidrios a cada paso. En aquel entonces caminaba en medio de la oscuridad y no comprendí nada hasta llegar a la calle y chocar con el origen de ese penetrante olor a quemado y sangre que me hacía doler la nariz. Y algo más terrorífico aún: los rostros perplejos de los heridos, sus miradas extraviadas entre los gritos y el pánico que, junto con el hecho de no haber escuchado la explosión por haber estado tan cerca de la deflagración, constituyen mis peores pesadillas.
Ayer, parte de un círculo pareció cerrarse finalmente cuando escuché un estallido, tan poderoso que me despertó en mi casa, a tres cuadras de la estación Atocha. No pasó mucho antes de que se oyera el ulular de las ambulancias, cada vez más ensordecedoras, que pasaban de a seis ante mi ventana.
Fantasmas en las veredas
La gente se asomaba; la radio ya hablaba de un atentado y de a poco todos convergimos como fantasmas en la vereda -algunos en pijama, otras en camisón- y de ahí, en demencial peregrinaje, hacia la misma Atocha.
Cuando llegamos, ya la policía precintaba el lugar. Se distinguía en el pasto un tren humeante con algunos vagones abiertos como con abrelatas; uno parecía directamente una flor de fuego. Y bastó una bocanada de aquel humo para regresar a Arroyo y Suipacha, y oír como entonces los alaridos de la gente, ver heridos corriendo, otros tirados en el piso, jirones de ropa y carne desparramados cerca del tren... Las ambulancias llegaban por docenas, y con las horas, los coches fúnebres.
Por los alrededores de la atestada Atocha -comparable a Retiro en sus horas pico- me sentí como en 1992: gente con heridas sangrándole desde la sien, algunos con teléfonos en la mano, todos en absoluto estado de shock y las mismas miradas perplejas.
Las corridas llegaron después, con el aviso policial de la detonación de una mochila con explosivos.
El resto del día fue la locura: los medios, las declaraciones oficiales, llamadas de familiares preocupados, búsqueda de amigos y el horror que flotaba en la cara de todos los transeúntes de Madrid.
Un miedo que crece
Fue horrible experimentarlo de nuevo, volver a sobresaltarse con cada ruido, desconfiar de todo y de todos. No hay diferencia con 1992, sólo que esta vez no era víctima, y mi miedo va in crescendo.
Si hasta ayer desconfiaba al subir a un vagón de metro atiborrado -uno sabe que estamos en un país amenazado por terroristas-, la masacre de ayer me deja la lacerante convicción de que la amenaza es real. De que desde que cualquier violento del mundo apela a los explosivos para reivindicar su causa, poco importa la geografía, tanto sea en el Medio Oriente o en Indonesia.
Y que la víctima puede ser cualquiera de nosotros, ciudadanos y ciudadanas de cualquier parte del mundo, y en cualquier momento.





