
De Once a un kibbutz en el desierto
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JERUSALEN.- Manuel Zores, "Quelito" para los amigos, dice que no se arrepiente de nada. Que lo último que se pierde es la esperanza. Que todo vale la pena. Pero sus ojos, ya cansados, reflejan lo que le costó a un pionero argentino acostumbrarse a los cambios que medio siglo de vida trajo a este país.
Como miles de compañeros sionistas, Manuel Zores llegó a esta tierra con una ética socialista y el sueño de crear al "judío nuevo". Junto a otros hombres decididos como él a jugarse por un ideal, poco después de que se proclamara el Estado de Israel, en 1948, emigró a esta tierra y fundó el kibbutz de Mefalsim, que en hebreo significa "Los que abren el camino". El nombre no es casual: fue el primer kibbutz argentino.
Mefalsim queda a unos 90 kilómetros al sudoeste de Jerusalén, a la vera del desierto del Negev y pegado a la frontera con Gaza.
Como los primeros kibbutzim (plural de kibbutz, "asentamiento comunal") llegados cuarenta años antes del establecimiento del Estado por jóvenes pioneros judíos, principalmente de Europa oriental, Manuel Zores vino a los 29 años no sólo a redimir la tierra de su patria ancestral, sino también a forjar una nueva forma de vida.
Su camino no fue fácil: un medio ambiente hostil, una tierra desolada y descuidada durante siglos, escasez de agua y falta de fondos fueron algunas de las dificultades que encontró.
Cangallo al 2400
Nacido en Once ("Cangallo al 2400", aclara con orgullo), Manuel formaba parte del Movimiento Juvenil Sionista argentino. Antes de partir en barco hacia Israel, su grupo formó un kibbutz en Burzaco "para preparar a la gente y enseñarles un poco de agricultura". Debido al Libro Blanco que habían puesto en vigencia los ingleses durante su mandato en Palestina, que impedía la libre inmigración de judíos, algunos de sus compañeros tuvieron que emigrar de forma ilegal.
"Yo vine con mi mujer, una santafesina de Moisés Ville, cuando ya se había proclamado el Estado, así que pude entrar con una visa legal. De Tel Aviv nos trajeron en camiones, un medio que para nosotros era algo muy moderno, y aquí no había absolutamente nada. Todos los árboles que se ven ahora, los campos y el pasto lo plantamos nosotros", recuerda.
Mapas del kibbutz y decenas de fotos blanco y negro tapizan las paredes de su despacho, donde funciona el archivo del kibbutz. Reproducen imágenes de compañeros trabajando la tierra, mujeres con chiquitos en un jardín de infantes en medio del desierto y visitantes ilustres de la talla de David Ben Gurion y Golda Meir, entre otras figuras más actuales, como el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez o el senador Eduardo Menem.
Al evocar esos diífíciles primeros días, en los que en los kibbutz había que cuidarse de los vecinos árabes a punta de fusil y en los que sus miembros sentían que su permanencia en verdaderas "zonas calientes" de frontera era fundamental para un Estado recién nacido, en los ojos de Manuel brilla la nostalgia. "Seis o siete compañeros, sin importar que fueran hombres o mujeres, tenían que hacer guardia todas las noches", cuenta. Hoy, aunque persiste el temor a que "algo" pueda suceder en cualquier momento, la seguridad está en manos del ejército israelí, que permanentemente patrulla la frontera con Gaza.
Cincuenta años no han pasado en vano y ahora las cosas son muy distintas a las de aquellas primeras épocas. Si bien hoy hay 270 en todo el país, poblados por unas 130.000 almas, lo que equivale al 2,5 por ciento de la población de Israel, el kibbutz está en crisis. La idea de compartir todo ya no atrae y las nuevas generaciones, como por ejemplo los hijos de Manuel Zores, se van en busca de otros horizontes.
Los comienzos
"Los primeros años nosotros vivimos en carpas. Después en barracas de madera, sin baño. Hoy en día a nadie se le ocurre vivir sin baño, sin teléfono o sin televisión. El kibbutz cambió, como cambió todo el mundo. Tuvo su ideología, que fue adaptando a las necesidades y a los cambios sociales y económicos", explica Dov Grimblad, un rosarino que vino en el 52.
En Mefalsim, por ejemplo, viven 400 personas. No obstante, sólo 150 son miembros de la comunidad, es decir, comparten todo; los demás son residentes que sólo alquilan casas, pero hacen su vida como cualquier ciudadano capitalista.
Los ideales del pasado se fueron disipando y la ideología comunitaria no pudo soportar los cambios demográficos de una sociedad hecha de inmigrantes. Colonos posteriores trajeron la política de la selección individual y el mercado libre, y la realidad económica obligó a muchas granjas comunitarias a montar industrias, por ejemplo. Otras han cerrado por quiebra o por escasez de miembros.
En Mefalsim, si bien hay un fábrica metalúrgica que produce engranajes cinturizados, la economía sigue basándose en la agricultura.
Con handy y sombrero para el sol, Carlos Zamir, que vino de Santiago del Estero a los 18 años, muestra con orgullo los prolijos campos del kibbutz (unas 1000 hectáreas), sembrados con maíz, trigo, algodón, papas, arvejas y cebollas, entre otras cosas. Especialista en riego por aspersión y goteo, sistemas que han hecho famoso a Israel por convertir tierras desérticas en campos cultivados, Carlos asegura que "si el agricultor en la Argentina trabajara como nosotros, no sería millonario: sería multimillonario".
Mujeres beduinas
Como en muchos otros kibbutz que tuvieron que dejar sus costumbre utópicas y contratan mano de obra barata para labrar sus terrenos y hacer las tareas más arduas, en Mefalsim se ven mujeres beduinas, ataviadas con coloridos vestidos y con la cabeza cubierta para protegerse del sol, dobladas en dos en medio de los sembradíos.
"Yo no estoy de acuerdo con esto porque me parece explotación, pero así lo ha decidido la asamblea", comenta Israel Zimerman, otro porteño de ideas marxistas, contador de Mefalsim. El kibbutz funciona como una democracia directa; la asamblea general de todos sus miembros formula la política, elige los funcionarios, autoriza el presupuesto y aprueba la admisión de nuevos miembros.
El ingreso de Mefalsin, que además tiene gallineros que producen pollitos parrilleros y un tambo, es de 6 millones de dólares anuales. Aunque parece mucho, esa ganancia, aseguran, no es suficiente. El kibbutz, que tuvo un papel vital en el establecimiento y la construcción del Estado, ya no recibe los subsidios de antaño.
"Se terminó la época de los pioneros", dice Israel, resignado. "Ahora hay un choque muy grande entre el poblado agrícola y la expansión urbana. No es claro qué va a pasar de ahora en más", agrega.
Aunque las fotos blanco y negro del despacho de Manuel Zores hablan de esfuerzo, sacrificio, de la transformación de un desierto, de la construcción de una comunidad y de grandes logros, añoranza por los tiempos idos es lo que se percibe en Mefalsim. Y, como admite Manuel, "duele".
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