Del orgullo a la vergüenza de ser griego

(0)
10 de octubre de 2011  

ATENAS.– Mi tío Thanassis tiene 81 años. En el transcurso de su larga vida tuvo que capear todas y cada una de las crisis de identidad griegas desde la Segunda Guerra Mundial.

Desde la amargura que dividió y empobreció el país después de la sangrienta guerra civil de 1946-1949 entre comunistas y conservadores; los dolorosos años de posguerra que empujaron a sus amigos a irse a trabajar a Australia y Estados Unidos; la junta militar que sofocó la libertad de expresión entre 1967 y 1974; el auge del socialismo populista en los 80; los buenos años de la década del 90, cuando hasta el dueño de un puesto de comida al paso parecía ganar lo suficiente para comprarse un Alfa Romeo y una casa de vacaciones en las islas, hasta la europeización de la última década, cuando un hombre de cabellos blancos y traje de tres piezas al que le gustaba bailar al ritmo de un clarinete ya parecía irremediablemente fuera de lugar.

A pesar de todo eso, mi tío siguió insistiendo en que ser griego era una bendición. "Los griegos hacemos que la gente se sienta bien", solía decir con ojos chispeantes. "Le enseñamos a la gente a vivir el momento, a apreciar el aroma del limonero y del jazmín en verano, a bailar en vez de llorar cuando las presiones de la vida parecen superarnos. Por mal que estén las cosas en este país, siempre tendremos eso."

Ya no. Hace poco, cuando pasé a tomar un café por su pequeña casa en un barrio superpoblado de Atenas, sus ojos ya no tenían aquella chispa.

Como muchos griegos, tiene que pagar impuestos más altos y facturas de servicios más abultadas con una jubilación que ha sido recortada.

Lo desespera ver que su barrio, antes tan acogedor, donde vive desde hace 50 años, se ha convertido en una ratonera de locales de persianas bajas surcadas por grafitis. Ahora, cuando oscurece, el almacén donde suele comprar su queso feta y su salame italiano se llena de desoladoras prostitutas nigerianas de la edad de su nieta.

Hace un par de semanas, al mediodía, cuando volvía a su casa de hacer las compras, se detuvo para darle indicaciones a una pareja que decía haberse perdido. Cuando llegó a su casa, se dio cuenta de que le habían limpiado los bolsillos.

"¿A esto hemos llegado?", me dijo, descorazonado como nunca antes. "¿A robarle a la gente a plena luz del día, aprovechándose de la amabilidad que siempre nos ha caracterizado?"

Tomó un sorbo de café y encendió la televisión para ver el noticiero, que vociferaba un nuevo informe de la BBC sobre cómo la economía griega está arruinando al mundo. "Tal vez tengan razón", dijo con un suspiro. "Tal vez estemos llevando el mundo a la ruina."

Antes de la gran crisis de la deuda de 2010, los griegos eran conocidos en todo el mundo por ser extrovertidos, por su gusto por la diversión y la charla, sus horarios poco fiables y su maravilloso bronceado. Desde Zorba el griego hasta Mi gran casamiento griego , se los ha representado a la sombra de su antigüedad clásica, pero capaces igualmente de abrazar la espontaneidad del presente.

El mundo adora a los griegos no sólo por Pericles, Hércules y la Acrópolis, sino por sus tabernas, sus playas y las adorables abuelas que hornean torta borracha de nuez y destilan raki casero. Incluso los así llamados kamakia , o "arpones" -hombres griegos que se pasean con la camisa abierta y con un inglés edulcorado seducen a jóvenes turistas-, tienen un lugar especial en el corazón de muchas mujeres de Europa del Norte.

Pero hoy nadie quiere a los nuevos griegos de la poscrisis. Ahora el discurso es otro: son irresponsables, son como bebes que dilapidan el dinero del Estado, evaden impuestos y se creen que la Unión Europea es un gigantesco cajero automático. Estos griegos son los que están arrastrando consigo la economía mundial, que en vez de tirar arroz en los casamientos arrojan bombas contra el Parlamento.

Expulsar a Grecia

La crisis de la deuda desatada por Grecia ha revelado profundas grietas en la cohesión de la Unión Europea, que ya transitaba por terreno poco firme. Los europeos han perdido su fe en el euro; algunos proponen extirpar a Grecia de su seno como si fuese un tumor maligno, en un esfuerzo equivocado por salvarse a sí mismos.

Una encuesta reciente mostró que la mitad de los austríacos cree que Grecia debería abandonar la eurozona, por más que la mayoría de los expertos afirme que esa medida en realidad perjudicaría a los otros países: el canciller austríaco, Werner Faymann, dijo hace poco que el PBI de Austria se reduciría un 5% si Grecia abandonara el euro.

Así y todo, Ilias Diamantidis, un oftalmólogo de 33 años que vive en Augsburgo, Alemania, dice que sus pacientes suelen sermonearlo sobre esta nueva actitud derrochona e irresponsable. Diamantidis, oriundo de Tesalónica, ciudad del norte de Grecia, dice que nunca sabe cómo responderles. "Tienen razón en criticar el modo en que nuestro país ha manejado su economía", dice. "Pero eso no nos pinta de cuerpo entero."

Su amigo de la infancia Nicolas Ventouris, un economista educado en Londres, es más lapidario. "Los griegos han tolerado un sistema político corrupto durante tanto tiempo que la sociedad también terminó por corromperse", afirma.

Venturis dice que ser griego es sinónimo de sentirse asfixiado, especialmente si uno es joven, con educación y grandes sueños. Le produce especial repulsión la anarquía natural de una sociedad que festeja a los mangas (ventajeros) y desprecia por imbéciles a quienes pagan sus impuestos. Diamantidis, por su parte, dice que sólo se trata de una estrategia de supervivencia.

Por la manera en que está administrada actualmente Grecia -una economía cerrada y clientelista de políticos corruptos-, la gente se ve obligada a infringir la ley ya sea para acceder a buena atención médica, construir una casa, conseguir trabajo y hasta sacar el registro de conducir. "Ese es el precio que uno tiene que pagar, desde hace mucho tiempo, para vivir en este hermoso país", afirma.

El primer ministro Giorgios Papandreu ha repetido hasta el cansancio que Grecia debe modificar su cultura si pretende sobrevivir en un futuro competitivo.

La crisis de la deuda ha desencadenado un proceso acelerado de reformas, como la privatización de activos del Estado, una fuerte embestida contra la evasión impositiva y el desmantelamiento del inflado sector público, todos cambios que debieron realizarse hace muchos años.

"Les prometo a todos ustedes que nosotros, los griegos, lucharemos para volver muy pronto al camino del crecimiento y la prosperidad después de este período tan doloroso", les dijo Papandreu a los capitanes de la industria alemana en septiembre pasado, en Berlín.

Nacido en St. Paul, Minnesota, y educado en Estados Unidos y Gran Bretaña, el primer ministro, de 59 años, habla inglés con el acento del medio oeste norteamericano y se mueve con la misma naturalidad en Atenas como en Berlín.

Pero en Grecia ese rasgo cosmopolita siempre le jugó en contra. Muchos le reprochan no ser del todo griego, aunque provenga de la más rancia dinastía política de su país (su padre y su abuelo fueron primeros ministros). En los actos públicos, sus opositores levantan pancartas pintadas a mano con su imagen envuelta en una bandera de Estados Unidos o dentro de un ovni.

El descontento contra él y su gobierno ha recrudecido con las nuevas medidas de austeridad, que incluyen recortes en las jubilaciones y un controvertido nuevo impuesto a la propiedad.

Aunque nací en Atenas, crecí en Dakota y Minnesota y me gusta la personalidad sosegada de Papandreu. Muchas veces he criticado a los griegos por su impulsividad y su insoportable fatalismo, pero sería falso e injusto catalogarlos de vagos o arrogantes y acusarlos sólo a ellos por una crisis económica que excede en mucho a esta pequeña nación de 11 millones de habitantes.

Mis padres se fueron de Grecia en 1974, pero especialmente mi padre siempre se tomó su identidad griega muy en serio. Les leía la poesía de Cavafis y Seferis a sus amigos del Elks Club de Williston, en Dakota del Norte, y solía hechizarlos con el relato de su infancia en una aldea remota del Peloponeso. Les hablaba de las rocosas y extensas montañas y del fresco mar azul, de las cabras que cuidaba y las aceitunas que ayudaba a cosechar, de las cercanas ruinas de Mesene, ciudad-Estado dórica fundada por Epaminondas, que los siglos de exposición al sol habían vuelto de un blanco perlado.

Grecia ha cambiado -y no ha cambiado- desde que nacieron mi padre y su hermano mayor, mi tío Thanassis. Ya no es ese país indigente donde muchos griegos morían de enfermedades curables, como les ocurrió a mis abuelos paternos en los 30.

De ser un territorio rural y salvaje, arado por burros que cumplían múltiples funciones, se convirtió en una meca de alto vuelo para turistas que buscan sol y mar. La capital, Atenas, en el pasado una ciudad provinciana, concentra ahora a la mitad de la población y es un caos aplastante de asfalto, cemento y ruinas de la antigüedad, restaurantes con varias estrellas Michelin, clubes nocturnos, mansiones suburbanas y guetos céntricos. Y el país tiene ahora alrededor de un millón de inmigrantes, en su mayoría de Africa y el sudeste asiático, y sus hijos, nacidos en Grecia, han encendido la chispa de otra crisis: la del significado de "ser griego".

Pero el cielo de Grecia sigue siendo, en más de un sentido, profundo e inmutable. Los griegos se han aferrado a su pasado remoto y por momentos también han logrado vivir visceralmente en el presente, pero nunca le dieron realmente la bienvenida al futuro. Ahora el futuro es tan sombrío que nadie se atreve a imaginarlo.

Sin alegría

Las medidas de austeridad implementadas han hecho posible que Grecia reciba un rescate internacional para evitar un inminente default, pero esas mismas medidas están estrangulando la economía.

La recesión ya va por su tercer año, y el desempleo está por encima del 16%. Cada vez hay más gente viviendo en la calle, la criminalidad aumenta y las quiebras personales están a la orden del día. El índice de suicidios registrados se ha duplicado desde que se desató la crisis, según un informe del Wall Street Journal. "Ya no encontramos alegría en nada", dice mi tío Thanassis.

Mi padre murió en 1989, con apenas 53 años. Era un hombre tranquilo y culto, que siempre pareció estar un poco fuera de lugar en las praderas de Dakota del Norte, donde hablaba inglés con un musical acento del Peloponeso mientras los dueños de la estación de servicio, de casi dos metros de altura, le respondían masticando tabaco y con vocales abiertas y monocordes.

Para él, tocar el cielo con las manos era poder nadar en el mar, cerca de su aldea natal. Allí nos llevó de vacaciones cuando yo tenía 9 años, y recuerdo lo feliz que se lo veía de vuelta en casa, sintiendo la brisa marina entre los acantilados. Mi tío Thanassis también estaba allí. Mi padre y él nadaron entre risas más allá de la rompiente, y yo los seguí, desesperada por compartir su alegría.

Mi tío sigue recordando ese día cada vez que los partes de noticias son oscuros o la depresión de los atenienses son demasiado para él. Los ojos se le llenan invariablemente de lágrimas. Ese recuerdo es lo que para él significa ser griego, y mientras observa a su país desgarrarse nuevamente, siente que no le queda más que eso.

Traducción de Jaime Arrambide

Joanna Kakissis

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.