Desde el golf hasta la música, los hobbies de los hombres con poder
Los pasatiempos, reflejo de la personalidad
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La culpa fue del cansancio. Sí, fue la fatiga la que llevó a Bill Clinton a cometer todos los errores de su mandato, personales y públicos, desde el affaire con Monica Lewinsky hasta su imposibilidad de deshacerse de Osama ben Laden.
Día tras día, Clinton, según él mismo explicó cuando promocionaba su libro, se levantaba, trabajaba, comía, trabajaba y se acostaba. Reuniones con otros presidentes, decisiones que podían cambiar el rumbo de la superpotencia del mundo, secretos que amenazaban a otros países y a millones de personas. Las de la Casa Blanca eran jornadas de tensión y vértigo.
"A veces, apenas podía levantar los brazos. Fue entonces cuando cometí la mayor parte de mis errores", explicó.
Clinton tenía, sin embargo, bastantes hobbies para distenderse: el saxo, el golf, las películas, la comida chatarra y, también, un "pasatiempo" que resultó ser un error: las mujeres. Pero, evidentemente, las aficiones presidenciales no logran evitar el cansancio, incluso menos los errores. Lo sabe George W. Bush. Se empeña en los deportes sólo para terminar siendo blanco de burlas. Moretones y cortes adornaron la cara del presidente hace poco luego de que se cayera de su mountain bike. Y, hace dos años, el mandatario casi se asfixia al atragantarse con un pretzel cuando miraba un partido de basquet por TV.
Más allá de sus riesgos, los hobbies siempre sirven para hacer proselitismo y pulir la imagen presidencial. Durante su campaña, el demócrata John Kerry se mostraba en su tabla de windsurf en California o en su snowboard en Colorado. Quería atrapar el voto joven con la ayuda de deportes extremos; siempre los había practicado para entretenerse; en ese momento, los hacía para mostrar una imagen de vitalidad y, de paso, para llegar a la Casa Blanca. No pudo; entre otras razones, porque los republicanos se ocuparon de ridiculizar su afán deportivo.
Tal vez el único pasatiempo de riesgo que tiene Bush sea mirar partidos de basquet con una bolsa de pretzels en la mano. Pero el mandatario ocupa gran parte de su tiempo -demasiado, según los demócratas- con otras actividades deportivas útiles para atraer votantes: el golf y la pesca.
Desde Franklin D. Roosevelt en adelante, el golf, tan popular entre los norteamericanos, es el deporte preferido de los presidentes de Estados Unidos. Bush, que tiene 15 de handicap, apeló al golf, en 1999, para despejar su carrera hacia la Casa Blanca. En campaña, el entonces gobernador de Texas irrumpió en los vestuarios del equipo norteamericano de la prestigiosa Ryder Cup con un discurso para animar a los jugadores ante lo que parecía una derrota segura frente a los europeos. Acto seguido, los golfistas retomaron el recorrido y dieron vuelta el partido. La Golf Magazine dictaminó entonces que Bush había sido decisivo en la victoria y que su discurso le había ganado votos con los golfistas de todo el país.
La pesca es la otra gran afición del presidente. La practica desde su infancia y, en su rancho de Crawford, ordenó construir un lago artificial lleno de róbalos, su presa favorita. Por mucho que a Bush le guste hospedar a otros mandatarios en Crawford, es poco probable que el presidente haga llegar una invitación, por ahora, al otro jefe de gobierno que comparte su pasión por la pesca, José Luis Rodríguez Zapatero. La guerra en Irak dividió demasiado las aguas entre uno y otro como para que ambos se sienten a relajarse a la orilla del lago artificial, caña en mano. Pescar truchas es, de hecho, el único pasatiempo del mandatario español, además de leer a Jorge Luis Borges y a Octavio Paz. Atrás, quedaron la afición por el montañismo o por el karate. Eran deportes demasiado activos para un dirigente cuya pasión más ardiente es el debate político.
Baladas de amor en Cerdeña
Menos palabras y más sones se deben escuchar en los habituales encuentros de verano en Italia de otros dos jefes de gobierno europeos. Silvio Berlusconi y Tony Blair comparten una amistad, una visión sobre la posguerra en Irak, el respaldo a Bush y el gusto (aunque no el talento, dirían sus críticos) por la música. Blair y su familia visitaron a Berlusconi en Villa Certosa, la enorme mansión de veraneo del premier italiano en Cerdeña, en agosto pasado. En esas noches de vacaciones, los mandatarios y sus familias escucharon y entonaron "Mi corazón en mi garganta" o "Sin ti", originales títulos de algunas de las baladas de amor napolitanas que el dueño de casa escribió y grabó, junto al cantante de casamientos Mariano Appicella, en 2003. No faltaron en ese momento quienes acusaron a Berlusconi de malgastar el tiempo componiendo canciones en lugar de dedicarse a gobernar. El premier, empeñado en construir una imagen de todopoderoso hombre orquesta (empresario, dirigente deportivo, mandatario y músico), ignoró por completo los reproches.
También críticas recibe Blair por su afán musical. Su audiencia es mucho menos masiva que la de Berlusconi, pero tal vez igual de mortificada. Al premier británico, al parecer, le perdura el hábito de tocar la guitarra, pasatiempo que, cuando el mandatario estudiaba en Oxford, dio lugar a la formación de la banda Ugly Rumours. El estrés de Downing St., la oposición pública a su política exterior y las luchas dentro del laborismo lo llevan todavía a buscar refugio en su guitarra. Ensaya casi todos los domingos y telefonea a sus asesores más cercanos para pedir consejos sobre sus innovaciones musicales. El hábito es, según dijo recientemente Alastair Campbell -que hasta el año pasado fue la mano derecha de Blair- el "rasgo más irritante del premier". No sólo porque molesta a sus funcionarios en su día de descanso, sino también por la calidad de los sonidos que llegan desde el otro lado del teléfono. El mandatario también se distiende gracias a una implacable rutina de jogging y gimnasia. Afectado por problemas de corazón, Blair trata de cumplir con ella todos los días por consejo de sus médicos. Y también de sus asesores en comunicación, preocupados por la posibilidad de que las repetidas visitas del premier al hospital proyecten la imagen de un gobierno falto de energía y débil.
Sumo interés por el sumo
Nada frágil se puede ser si se quiere practicar el deporte que desvela al presidente francés, Jacques Chirac. Tanto apasiona al mandatario la lucha japonesa que su perro se llama Sumo. Difícil es imaginar al mandatario francés enfundado en los taparrabos blancos de los luchadores de sumo, con el pelo engominado, practicando el deporte típico de Japón. Pero, afecto a las actividades intelectuales y no tanto a las físicas, Chirac es más bien un hincha consumado que un deportista. Cada vez que viaja a Japón, el presidente asiste a campeonatos de sumo y, cuando no puede hacerlo, el embajador francés en Tokio le envía por fax los resultados de las luchas.
La curiosa inclinación del mandatario es frecuentemente blanco de bromas y hasta de embestidas políticas. "¿Cómo alguien puede estar fascinado por esos tipos obesos con rodetes? ¿Qué hay de intelectual en eso?", se preguntó públicamente Nicolas Sarkozy, la joven estrella de la derecha francesa, hace unos meses, cuando comenzaba su carrera para suceder a Chirac. El presidente no tardó en responderle, pero dijo no sentirse ofendido. Después de todo, si su pasión es incomprendida en Francia, no lo es en los círculos del poder europeo. Acostumbrado a hablar de sumo hasta en las cumbres de la Unión Europea, Chirac contagió a Gerhard Schröder el entusiasmo por la lucha japonesa. Tanto que el presidente francés se ganó prácticamente el odio de la primera dama alemana, Doris, indignada porque, cuando están de vacaciones, su marido se queda toda la noche mirando sumo por TV.
Todo sea por descansar y distenderse para no cometer errores en el ejercicio del poder.
Deportistas frustrados
¿Cuáles son las "debilidades" de los mandatarios latinoamericanos? Fidel Castro, quien pese a ser un enemigo declarado de Estados Unidos siente pasión por el más norteamericano de los deportes, el béisbol. Aunque su afición por los bates fue reemplazada, en las últimas décadas, por el pasatiempo de dar largos discursos y leer durante horas.
En cambio, el presidente venezolano, Hugo Chávez, asegura que el lugar donde se siente más feliz es en los hexágonos de béisbol. Y, al igual que Castro, su sueño de infancia era ser jugador de las grandes ligas norteamericanas. Chávez abandonó el deporte, pero no pierde oportunidad de iniciar partidos en Venezuela.
Lula, que es fanático del fútbol, de niño aspiraba a ser estrella en el Corinthians. Pero en lugar de un crack del deporte se convirtió en presidente de Brasil y ahora, todos los sábados, juega con sus asesores un partido de fútbol.
Más metódico y disciplinado, el presidente colombiano, Alvaro Uribe, tiene una rutina de aficiones tan estricta como su política de seguridad. Se levanta todos los días a las 5, hace diez minutos de yoga, corre 10 kilómetros y, recién después, comienza a trabajar. Las noches las dedica a la lectura, e incluso escribe poesía.
La Argentina, claro, no es la excepción. Néstor Kirchner es adicto a las caminatas, Carlos Menem aún no se despega de su palo de golf y Eduardo Duhalde dedica sus momentos libres a su pasión por el ajedrez.


