
"El cargo más insignificante"
Por Mario Diament
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MIAMI.- Si por alguna razón la administración de George W. Bush será recordada, más allá del 11 de Septiembre, la inundación de Nueva Orleáns y la guerra de Irak, será por haber tenido el vicepresidente más poderoso de la historia norteamericana.
A lo largo de dos mandatos, la mano de Dick Cheney ha estado detrás de las decisiones políticas más importantes y su influencia se ha dejado sentir vigorosamente desde el Pentágono, hasta el Departamento de Estado y el Departamento de Justicia.
La emergencia del vicepresidente como una figura política de peso resulta aún más inusual, si se toma en cuenta que la función fue diseñada como un híbrido que sólo cobraba vida en caso de muerte del titular del Ejecutivo. Tanto es así que John Adams, el primer vicepresidente de Estados Unidos, frustrado por su falta de poder, lo definió como "el cargo más insignificante jamás concebido por el hombre".
Adviértase que en la Constitución norteamericana, tanto como en la argentina, el vicepresidente es el único funcionario electo que sirve tanto en el poder Ejecutivo como en el Legislativo.
Pero esta dualidad, que normalmente debería haber aumentado la influencia de su ocupante, en los hechos terminaba por diluirla.
Originalmente, la idea de un vicepresidente se les ocurrió a los redactores de la Constitución norteamericana como una manera de limitar la autoridad del presidente. Los delegados a la Asamblea Constitucional temían claramente que la concentración de poder en manos del Presidente se pareciera demasiado a la potestad del rey de Inglaterra y debatieron durante varios días fórmulas para limitarlo.
El tema de la sucesión les importaba menos, porque, eventualmente, ésta podía recaer sobre un miembro del Senado o de la Corte Suprema. Pero les preocupaba la posibilidad de que el representante de un Estado en particular asumiera la presidencia sin ser electo o que miembros de un cuerpo legal como la Corte Suprema se vieran obligados a tomar decisiones de Estado.
Cuando finalmente acordaron incorporar el cargo de vicepresidente, estaban tan agotados que no hicieron un gran esfuerzo por definir con precisión sus funciones.
Así es como durante muchos años, los vicepresidentes no fueron otra cosa que figuras decorativas, actores suplentes a la espera de que el titular se ausentara por enfermedad. Lyndon Johnson, uno de los nueve vicepresidentes llamados para ocupar la primera magistratura en toda la historia norteamericana, describió así su sensación: "Toda vez que estoy en presencia de John Kennedy me siento como un cuervo volando por sobre sus hombros".
La confusión fue aún mayor, porque en un comienzo y hasta 1804, cuando se sancionó la Enmienda XXII, los miembros del Colegio Electoral sólo votaban para elegir al presidente. El vicepresidente era el candidato que salía segundo en el sufragio. Esto posibilitaba la situación en que el presidente fuera de un partido y el vice, de otro.
Formalmente, las funciones del vicepresidente consisten en reemplazar al presidente en caso de muerte o renuncia y presidir el Senado. En su carácter de presidente del Senado, el vicepresidente es quien define el voto en caso de empate y certifica los votos del Colegio Electoral.
Cuando George W. Bush asumió la presidencia, el Senado se hallaba dividido 50-50 y fue el voto de Dick Cheney el que permitió a los republicanos controlar la Cámara. La situación persistió hasta junio, cuando el senador republicano Jim Jeffords se declaró independiente y anunció que daría su voto a los demócratas.
Básicamente, el poder del vicepresidente era el que el presidente decidía otorgarle. Generalmente, éste era igual a cero. Fue Walter Mondale (1977-1981) quien logró modificar la función del vicepresidente porque Jimmy Carter lo instaló en la Casa Blanca, le permitió acceso ilimitado y le asignó tareas que elevaron su función .
Dick Cheney fue aún más allá y se convirtió en la eminencia detrás de la presidencia de Bush. Ni John McCain ni Barack Obama han anunciado aún quién completará su fórmula presidencial. Es posible que la visión del poder acumulado por Dick Cheney los vuelva más cautelosos.
O, tal vez, algún reciente acontecimiento en un distante país del Sur los alerte sobre del fin de la era de los vicepresidentes sumisos.



