
El fenómeno John Kerry
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MIAMI.- Si uno ha de guiarse por las enseñanzas de la historia, John Kerry será el hombre que saldrá a disputarle la presidencia a George W. Bush. Desde 1976, todo candidato que ha ganado en Iowa y en New Hampshire se ha asegurado la nominación.
Esto puede cambiar con la misma rapidez con que se licuó la ventaja de Howard Dean o se disipó el terremoto de Wesley Clark. La presente carrera por la nominación demócrata tal vez sea recordada más por la rapidez con que se han desbaratado las fijas que por el contenido ideológico de los debates.
Pero aunque todo cuanto Kerry lleva acumulado en sus dos victorias sucesivas no supera el 1% de los votos necesarios para ganar la nominación, su campaña tiene lo que los expertos llaman "momento", un término que en la física permite determinar el movimiento de un cuerpo, multiplicando el producto de su masa por su velocidad, y que en las campañas electorales resulta fundamental para atraer contribuciones y votos.
Kerry no es un candidato natural. Su personalidad es una mezcla de formidables ventajas e inquietantes vulnerabilidades. Y si bien son las primeras las que están seduciendo a los votantes, son las segundas las que serán cada vez más objeto de escrutinio.
Kerry proviene de una familia patricia y, como Bush, es un abogado educado en Yale, todo lo cual le confiere un aire de frialdad y distancia que mucha gente resiente. Su condición de ser el miembro más opulento del Senado, con una fortuna estimada en 675 millones de dólares, tampoco lo convierte en un defensor demasiado creíble de los desposeídos, a pesar de que afirma que el dinero no es suyo sino de su esposa, Teresa Heinz, viuda del senador John Heinz, heredero de la fortuna de la conocida empresa fabricante de ketchup.
Su desempeño militar en Vietnam, donde recibió varias condecoraciones al valor, se vio ensombrecido meses atrás por las revelaciones de que su unidad había participado en operaciones que derivaron en la ejecución de civiles.
Aunque su discurso es moderado y se ubica políticamente a la derecha de candidatos como Howard Dean, el hecho de venir de un estado tan liberal como Massachusetts y de haber acompañado a George Dukakis en la gobernación hará que muchos se pregunten si no se trata de un izquierdista disfrazado.
Finalmente, los antecedentes de sus votos en el Senado resultan un tanto erráticos. Por ejemplo, Kerry votó en favor de ir a la guerra contra Irak, pero en contra del fondo de 87.000 millones de dólares para la reconstrucción, una contradicción que hace que muchos cuestionen su racionalidad y su capacidad de tomar decisiones. Precisamente una de sus principales debilidades reside en el hecho de ser un senador activo. La trayectoria de los miembros del Congreso está pavimentada de papeles comprometedores, lo que tal vez explique por qué ningún senador en ejercicio llegó a la Casa Blanca desde John F. Kennedy.
El odio hacia Bush
Pero por encima de todas estas objeciones la candidatura de Kerry se beneficia de una extraordinaria circunstancia: una de las conclusiones que surgen de las encuestas es que el énfasis está puesto menos en la personalidad y las ideas de los postulantes que en la necesidad de encontrar al candidato con mejores posibilidades de derrotar a George W. Bush.
La polarización que se advierte en esta elección tiene pocos antecedentes, y aquellos que procuran lograr la remoción del presidente no enumeran razones de disidencia política, sino que hablan abiertamente de disgusto y odio.
El martes próximo, siete estados -Arizona, Delaware, Missouri, Nuevo México, Oklahoma, Carolina del Sur y Dakota del Norte- celebrarán primarias y caucuses. Esta será la oportunidad para poner a prueba la persistencia del fenómeno Kerry.
Si afianza su liderazgo, es posible que se convierta en imparable. Pero si no logra aglutinar el resentimiento hacia la presente administración, habrá que prepararse para otros cuatro años de George W. Bush.


