
El fin de los estereotipos en el mundo árabe
Nicholas D. Kristof The New York Times
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WASHINGTON.- Es un nuevo día para el mundo árabe, y esperemos que también lo sea para las relaciones de Estados Unidos con ese mundo.
Lo cierto es que Estados Unidos ha dejado mucho que desear en las últimas semanas en Túnez y en Egipto... y en todo Medio Oriente durante décadas. Apoyamos a autócratas corruptos con tal de que el petróleo siguiera llegando y no fuesen demasiado agresivos con Israel. Incluso durante el último mes parecíamos desconectados de los jóvenes de la región, como Ben Ali o Mubarak. Aun reconociendo que la elaboración de la política exterior es mil veces más difícil de lo que parece, me permito sugerir cuatro lecciones que podríamos aprender de nuestros errores:
1) Dejar de tratar a los fundamentalistas islámicos como si fueran el cuco y no permitir que sean ellos quienes determinen la política exterior norteamericana. La paranoia de los norteamericanos frente al islamismo ha hecho tanto daño como el propio fundamentalismo islámico.
En 2006, llevó a Estados Unidos a dar un guiño de aprobación a la invasión de Somalia por parte de Etiopía, que fue catastrófica para los somalíes y cuyo resultado fue un crecimiento del extremismo islámico en ese país. Y en Egipto nuestro terror al islamismo nos paralizó y nos dejó del lado equivocado de la historia. Nos metemos en camisa de once varas al actuar como si la democracia fuera buena para Estados Unidos e Israel pero no para el mundo árabe. Durante demasiado tiempo hemos tratado al mundo árabe como si fuera sólo un campo petrolero.
Son demasiados los norteamericanos que compraron ese cómodo estereotipo de que la democracia no podía crecer en territorio árabe o de que los beneficiarios de un gobierno popular serían los extremistas como Osama ben Laden.
Los tunecinos y los egipcios han roto con ese estereotipo, y el principal perdedor será Al-Qaeda. No sabemos qué es lo que le espera a Egipto -y existe un riesgo considerable de que quienes ahora tienen el poder intenten preservar el "mubarakismo" sin Mubarak-, pero los egipcios ya han demostrado el poder de la no violencia de una manera que socava el discurso del extremismo. Será fascinante ver si más palestinos adoptan las manifestaciones no violentas en Cisjordania como estrategia para enfrentar los asentamientos ilegales de Israel.
2) Necesitamos mejor información de inteligencia, no la que surge de interceptar las llamadas de un presidente a su amante, sino la que se obtiene en contacto con los desposeídos.
Después de la revolución iraní de 1979 se realizó una dolorosa autopsia para entender por qué la comunidad internacional no había advertido todas las señales de lo que se venía, y creo que ahora habría que hacer lo mismo.
Para ser sinceros, nosotros los periodistas también sufrimos de la misma miopía: no supimos transmitir adecuadamente el descontento que había con Hosni Mubarak. El caso de Egipto debería alertarnos para no caer en el discurso que cree que un lugar es estable porque es estático.
3) Las nuevas tecnologías han aceitado los mecanismos de la revuelta. Facebook y Twitter ayudan a los disidentes a conectarse entre sí. Gracias a los celulares con cámara, la brutalidad del gobierno muy probablemente termine en YouTube, lo que hace subir el costo político de la represión.
Tal vez la tecnología más crítica -algo difícil de admitir para un escriba como yo- sea la televisión. Fueron las transmisiones satelitales de la televisión árabe, como las de Al-Jazeera, las que quebraron el monopolio gubernamental de la información en Egipto. Estados Unidos ha fustigado con demasiada liviandad a Al-Jazeera, pero esa red hizo más para fomentar la democracia en el mundo árabe que Estados Unidos.
Deberíamos invertir más en estas tecnologías de la información. El Congreso ha asignado un presupuesto para fomentar la libertad global en Internet y esa iniciativa podría ser un arma muy poderosa en el arsenal de nuestra política exterior.
4) Vivamos de acuerdo con nuestros valores. En Medio Oriente aplicamos una realpolitik que fracasó. Condoleezza Rice tenía razón en 2005 cuando dijo en Egipto: "Durante 60 años, mi país ha buscado la estabilidad a expensas de la democracia aquí en Medio Oriente, y no hemos conseguido ninguna de las dos".
No sé qué país será el siguiente. Algunos dicen Argelia, Marruecos, Libia, Siria o Arabia Saudita. Otros sugieren que Cuba y China son vulnerables. Pero sabemos que en muchos lugares el descontento tiene raíces profundas y que existe un deseo de mayor participación política. Y la lección de la historia, desde 1848 hasta 1989, indica que los levantamientos son contagiosos y se esparcen como reguero de pólvora. La próxima vez, no dejemos de tomar partido.
Después de un largo período de indecisión, el presidente Barack Obama encontró el viernes el tono justo cuando habló después de la caída de Mubarak. Dio su apoyo abierto al poder popular y dejó en claro que son los egipcios quienes decidirán su propio futuro. Esperemos que sus palabras sean reflejo de un nuevo día no sólo para Egipto, sino también para la política exterior de Estados Unidos hacia el mundo árabe. Inshallah.
Traducción de Jaime Arrambide





