El líder de los actos y las frases altisonantes
Renacer: es posible que la liberación de Oviedo demuestre que sigue siendo uno de los principales caudillos surgidos de la transición democrática.
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El 3 de febrero de 1989, sobre el epílogo de la sublevación contra Alfredo Stroessner, un teniente coronel emergió de las sombras con un revólver en una mano y una granada en la otra. Solitario y callado, entró en el búnker del dictador, le apuntó a la cabeza y soltó el seguro de la granada. Fue un acto suicida, que le valió el respeto de toda la oficialidad.
La captura de Stroessner fue el episodio más espectacular de la carrera militar de Lino César Oviedo y el que le sirvió para irrumpir con estrépito en el escenario político paraguayo. El comandante del primer cuerpo del ejército, general Andrés Rodríguez, demoró más de dos años en reponerse de la impresión.
En ese lapso, ascendió a Oviedo a coronel y a general, otorgándole el más meteórico ascenso castrense que tuvo un hombre desde el derrumbe de la dictadura. A partir de ese momento, con la certeza de que contaba con espacio para proyectarse como líder político, Oviedo decidió ser fiel a su reputación de audaz.
Comenzó su carrera política asegurando que únicamente una dictadura era capaz de terminar con la corrupción y prometiendo transformarse, con ese propósito, "en el dictador número uno". Fue el comienzo de un sendero construido con actos y frases tan altisonantes que muchas veces lo ubicaron al borde del ridículo.
En julio de 1995, inauguró el "linódromo", un polémico parque de desfiles cerca del Primer Cuerpo del ejército. Poco después, organizó una fiesta de carnaval, que recorrió disfrazado de emperador romano. Y en 1996, durante una reunión con adeptos a la secta Pueblo de Dios, aseguró que tenía "la misión divina" de ser presidente. Fue suficiente para que Washington, poco inclinado a tales creencias, le restara su apoyo. Oviedo intentó ser fiel a su afirmación y procuró reeditar la gesta de 1989. Pero el asalto político al búnker presidencial de Juan Carlos Wasmosy fracasó y ante la comunidad internacional sus ambiciones de estadista quedaron reducidas a una simple y desafortunada imagen telúrica.
Condenado a 10 años de cárcel por el intento de golpe de 1996, Oviedo se alejó de sus espectáculos populistas y circenses, de sus descensos en helicóptero sobre caballos briosos, de sus domas de potros y de sus escenas de toreo. Hoy, a los 54 años, su liberación quizá demuestre que, pese a todo, sigue siendo uno de los principales caudillos surgidos de la transición democrática paraguaya.

