El mundo después de la pandemia: cuatro preguntas que lo definirán

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION
El coronavirus fue anticipado por la OMS, pero los gobiernos no escucharon; hoy libran una batalla capaz de cambiar la vida diaria y el equilibrio de poder del planeta
Fuente: LA NACION
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22 de marzo de 2020  

Una vez que el cuerpo enfrenta con éxito a un virus, recuerda cómo combatirlo si vuelve. La ciencia no logró aún determinar cuán ágil será nuestra memoria inmunológica ante el coronavirus y si podemos contagiarnos pese a que ya hayamos padecido la enfermedad. Eso es clave para detener la infección que cerca al planeta. Develada la incógnita, estará más cerca el fin de la larga noche de la pandemia. Y cuando amanezca, en unos meses o en un año, será el turno de activar la memoria global y hacernos algunas preguntas.

Será el turno de revisar y aprender por qué el planeta desembocó en una pandemia que es lo más parecido a una guerra mundial que tiene la historia reciente. Será el tiempo de los interrogantes existenciales. Sus respuestas darán, tal vez, forma al mundo de las próximas generaciones.

1) ¿Por qué no reaccionamos antes? "Enfermedad X", "patógeno X", ese nombre, propio de la ciencia ficción, usó un grupo de expertos de la Organización Mundial de la Salud para calificar la posibilidad de que un virus desconocido, de origen animal, con mayor letalidad que la gripe común, provocase una pandemia capaz de alterar por completo la vida mundial.

Ahora esa descripción suena aterradoramente conocida. Pero en 2018, cuando la advertencia fue lanzada, pasó sin ser muy escuchada. Tampoco fue registrada cuando, en agosto pasado, la OMS insistió en el peligro de no estar preparados para la irrupción de la enigmática enfermedad. Las alertas fueron varias. Pero hoy el mundo corre desesperadamente por detrás del coronavirus en lugar de haberse alistado para anticiparlo. ¿Era fácil hacerlo? Seguramente no. Taiwán, Corea del Sur, Singapur, los países que más eficazmente contienen el virus aprendieron luego de experiencias traumáticas con otras epidemias, un antecedente que no todos comparten.

Esos países reorientaron recursos, rehicieron sus áreas de investigaciones de enfermedades, adaptaron planes de contingencia de emergencia, aumentaron su personal y pusieron la tecnología al servicio de la ciencia para detener cualquier virus antes de que estalle.

El resto del planeta, mientras tanto, se concentraba en otras amenazas, también urgentes: la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la desaceleración económica global, la desigualdad, los nacionalismos, las oleadas migratorias. En el caso argentino, las grietas y la permanente crisis económica.

Y, de tan enfocado que estaba en esos dramas, el mundo dejó pasar la advertencia que prenunciaba la llegada de un mal capaz de empeorar todos y cada uno de esos problemas y de exponer nuestras mayores vulnerabilidades. Hoy el desafío es detener al virus antes de que neutralice incluso más la vida global y aprender. Porque, una vez acabada la pandemia, quedará otra amenaza sobre la cual suenan y suenan las alarmas: el cambio climático. Y ya nos dimos cuenta a la fuerza de qué sucede cuando ignoramos las advertencias de la ciencia.

2) ¿Cómo se reorganizará el planeta? Hasta ahora la pandemia provocó fenómenos que ni las guerras mundiales generaron: las grandes potencias, acorraladas por un virus; cuarentenas globales; calles vacías y militarizadas en todos los países; fronteras nacionales infranqueables, derrumbes imparables de los mercados; el petróleo, a precio de regalo; una recesión planetaria en puerta; planes de estímulos y rescates nunca vistos; industrias en peligro de extinción.

Todo sucedió en apenas tres meses y desnudó, para empezar, las debilidades de las potencias que regulaban el orden global, Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea (UE), o a nivel regional Brasil, Irán y Arabia Saudita. Ninguna de ellas será la misma y tampoco ese orden. Pero para determinar cuál será el nuevo equilibrio global -si lo hay- tal vez sirva primero determinar quiénes lo gestionarán.

Uno de los presidentes que más se dedicaron a ignorar la pandemia, incluso cuando ya avanzaba dentro de su país, es Donald Trump. No solo se burló de ella, sino que además, hace dos años, desmanteló la Unidad de Salud Global de su Consejo de Seguridad Nacional, la misma que le había advertido, meses antes, sobre la amenaza que representaba un brote mundial.

Hoy el coronavirus le está robando a Trump su mayor argumento para ser reelegido, en noviembre próximo: el éxito económico. Él no es el único que ve tambalear su futuro por el virus. La pandemia tocó la puerta de la UE en su momento más delicado, justo cuando acaba de perder a uno de sus miembros más poderosos, el Reino Unido. Ahora, en su lucha cuerpo a cuerpo contra el virus, afloran los recelos históricos entre los socios, vuelven las fronteras y se desarman pilares fundamentales del bloque como el pacto de estabilidad.

Hombres fuertes apoyados en regímenes autoritarios, ni Xi Jinping ni Vladimir Putin estarán exentos de peligros. Xi quiere cantar victoria y surgir como el único líder global confiable luego de apaciguar el brote local en China. Sin embargo, el coronavirus congeló, por ahora, su antes imparable carrera por el poder total y además dejó al desnudo las grandes debilidades de su país.

Si se puede creer en las cifras oficiales, Rusia aún no enfrentó toda la furia del virus. Pero cuando llegue, Putin, también en una búsqueda permanente por el poder eterno, enfrentará su peor enemigo interno en mucho tiempo.

El impacto no alcanzará solo a las potencias globales; se sentirá en América Latina. Si el presidente Alberto Fernández logró alinearse con la oposición para imponer la cuarentena, en Brasil Jair Bolsonaro se dedica a dudar del virus y a pelearse con los gobernadores, nerviosos por lo que creen es la inacción del presidente.

Ningún líder es hoy ajeno al riesgo de ser devorado por la pandemia ni ninguna potencia está exenta de perder su influencia. Quienes sobrevivan en el poder, enfrentarán, pasada la amenaza sobre la salud global, el desafío de repensar el orden mundial.

Qué hacer con la globalización será seguramente el primer interrogante. En parte, fue ella la que aceleró la transmisión geográfica del coronavirus y, por eso, el cierre total de fronteras fue la primera medida a la que apelaron todos los gobiernos.

Pero sería poco útil que el mundo olvide que fue precisamente la globalización la que le permitió experimentar, en las últimas décadas, un desarrollo extraordinario.

3) ¿El super-Estado volvió para quedarse? Si la globalización pierde popularidad en la era del coronavirus, el Estado gana en aprobación. De izquierda o de derecha, defensores de la austeridad o del gasto público generoso, la mayor parte de los gobiernos del mundo se lanzó a salvar la salud, la economía, los sectores desprotegidos, las empresas, con un nivel de intervención propio de tiempos de guerra.

El brazo del Estado está activo en todos lados: en las calles, con el riguroso control del confinamiento; en las fronteras, con la militarización; en la política monetaria, con el intenso protagonismo de los bancos centrales; en la economía, con paquetes de rescate y estímulo inéditos.

Los ojos del Estado también están en cada rincón. En Hong Kong, los contagiados llevan pulseras que les avisan a las autoridades cuando él o ella dejan su aislamiento. En China continental, los residentes de Wuhan tenían en las puertas de sus hogares aparatos instalados por el gobierno para vigilar si salían. En Italia, el gobierno controla los movimientos a través de las señales de celulares; así supo la semana pasada que el 40% de los italianos se aleja hasta 350 metros de su casa pese a la cuarentena.

Su presencia es hoy total y necesaria; ningún otro actor podría reemplazarlo en una lucha contra la pandemia que se libra en demasiados frentes diferentes. Pero el éxito de su renovada aprobación dependerá también del costo (sobre todo, humano) y del resultado de esta guerra.

4) ¿Cómo será la recuperación económica? Cuando el coronavirus se haya diluido, los Estados confrontarán otro desafío igual de extendido y dañino: el terremoto económico que deja la pandemia. La última vez que los Estados intervinieron tanto para evitar el colapso económico fue en la crisis financiera de 2008. Se pusieron de acuerdo y lo lograron. Tras casi un año de recesión global, la recuperación llegó y a fines de 2009 la economía empezó a crecer.

Hoy los especialistas creen que la economía mostrará su resiliencia nuevamente y comenzará a renacer una vez que las sociedades salgan a la calle y vuelvan a consumir, motorizadas por el increíble estímulo económico de los gobiernos.

La crisis de 2008 no fue el cataclismo que se preveía, pero tuvo un legado que aún hoy resuena en todos los países: la desigualdad creció.

La pandemia deja al descubierto y potencia esa brecha entre países ricos y pobres o entre ciudadanos con buen acceso a la salud y aquellos que no lo tienen.

Una razón más para activar, pasado el coronavirus, la memoria global y no repetir errores.

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