El peligro de ser turista en Río de Janeiro

Son agredidos y asaltados por bandas de narcotraficantes
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5 de diciembre de 2004  

RIO DE JANEIRO.– Atención: usted acaba de llegar a Río de Janeiro y está siendo observado. Alguien estudiará el tamaño de su equipaje y avisará por celular si es un buen blanco para ser asaltado antes de llegar al hotel.

Si arriba por la noche al aeropuerto internacional de Galeão, quizá deba seguir una recomendación cada vez más común: quedarse a dormir en algún lugar cercano para evitar circular por la Linha Vermelha, la ruta que pasa cerca de favelas peligrosas, a veces atravesada por tiroteos entre bandas o piquetes de traficantes armados con ametralladoras y fusiles.

Es posible entender mejor la explosión de violencia que vive Río de Janeiro si se traslada la realidad carioca a un lugar como Buenos Aires. Sería como imaginar la Panamericana –equivalente a la Av. Brasil en Río– siendo bloqueada por entre 10 y 20 mercenarios del narcotráfico armados con revólveres, fusiles y granadas para asaltar los automóviles que caen en el piquete o para facilitar el paso de algún convoy trasladando armas o drogas hacia una villa miseria. Luego imagine la posibilidad de ser alcanzado en Palermo -equivalente a Ipanema aquí- por una bala perdida, o descubrir que los negocios y las escuelas de las cercanías de la villa 31 de Retiro están cerrados por orden del "capo" del asentamiento.

O imagine no poder volver de noche a su casa en la zona norte del Gran Buenos Aires y tener que pedirles hospedaje a amigos porque la General Paz quedó en medio de una guerra de traficantes de dos villas cercanas, como les ocurre de tanto en tanto a quienes viven en la Barra da Tijuca y no pueden atravesar la avenida que separa las favelas de la Rocinha y de Vidigal.

O piense en una situación de desafío al poder público, como ocurrió dos años atrás, cuando miembros de organizaciones narcocriminales como Comando Vermelho ametrallaron y arrojaron granadas contra hoteles y la sede de la municipalidad carioca.

Por último, es posible tener una idea quizá más concreta sobre la "guerra civil" que vive Río de Janeiro enfrentando los números de su violencia. El Estado de Río de Janeiro tiene un índice de 53,8 homicidios cada 100.000 personas (el índice de la Argentina es de 18 cada 100.000).

En 2003 fueron asesinadas 7998 personas en Río. Y mientras en Brasil son víctimas de homicidio 110 personas por día, lo que ya es impresionante para un país sin conflictos bélicos, en Río son asesinadas 18 personas por día.

Como la mayoría de las víctimas son jóvenes de entre 15 y 24 años, pobres y negros, los turistas suelen quedar fuera de la estadística, pero a veces la realidad carioca termina salpicando a quien llegó simplemente en busca de sol y playa: en los últimos dos meses, un español fue asesinado a la luz del día en el barrio de Botafogo, mientras que una japonesa se salvó de la muerte por poco, después de ser apuñalada y luego atropellada por un auto. Otro turista ya había sido muerto a comienzos de año.

"Sarajevo é brincadeira, isto é Rio de Janeiro" (Sarajevo es una broma, esto es Río de Janeiro), canta el rapper surgido de los suburbios cariocas, Marcelo D2.

La temporada no comenzó

Hace tres semanas, toda la tripulación de la línea angoleña Taag fue asaltada en el ómnibus que la transportaba después de que los 19 tripulantes fueron vistos en el aeropuerto como un blanco interesante. Esa misma semana, dos ómnibus turísticos más fueron asaltados en pleno puente Río-Niteroi.

"A pesar de que la temporada alta ni comenzó y de que los argentinos recién empiezan a venir en diciembre y enero, estamos recibiendo por lo menos tres casos por semana de argentinos asaltados", contó a LA NACION el cónsul argentino en Río de Janeiro, Agustín Molina.

Según el diplomático, "la mayoría de los casos ocurren en Copacabana". Y esos son apenas los casos que llegan al consulado, porque los asaltados perdieron documentación y no saben cómo hacer para volver a la Argentina.

Río de Janeiro tiene en el barrio de Leblón una Comisaría de Atención al Turista. A partir de la explosión de la violencia de las últimas semanas, las denuncias de asaltos se triplicaron y llegaron a 24 en apenas un fin de semana. Y el turismo en masa, que viene para fin de año y el carnaval, ni siquiera comenzó a llegar.

Rubem Medina, secretario de Turismo de Río de Janeiro, se lamenta: "El problema es nacional. Uno hace un esfuerzo brutal para atraer a los turistas, y ocurren todas estas cosas que los alejan".

El fin de la intimidad

La formación de la cultura brasileña, por motivos históricos, siempre tendió hacia la negociación y la conciliación antes que al choque y el conflicto. Como escribe el más prestigioso especialista norteamericano sobre Brasil, Thomas Skidmore, en su libro "Uma história do Brasil", la cultura en este país "inculca un sentido de intimidad junto a un sentido de distancia, permitiendo que la elite domine a la sociedad con poco temor de desafío".

Así, cariocas que habitan departamentos de un millón de dólares frente al mar, en Ipanema, comparten la misma playa con los habitantes de la favela Cantagalo, ubicada detrás.

Esa intimidad social, sin embargo, parece estar comenzando a resquebrajarse. Bandas de garotos de la favela fueron vistos y filmados rodeando turistas -que podrían ser brasileños- practicando la técnica del arrastão (arrastrón), agrediendo y llevándose todo lo que encontraban por delante.

Los cariocas sufren, lamentan y discuten el drama de la violencia en que se sumergió la ciudad, pero, como habitantes de una de las ciudades más exuberantemente lindas del mundo, no les gusta que esos problemas sean señalados por extranjeros.

Días atrás, el diario inglés The Independent tituló una nota sobre Río como "La ciudad de la cocaína y la masacre". Generó indignación, sobre todo porque la nota no mencionaba que muchas veces son los propios extranjeros los que suben los morros en busca de cocaína, cinco veces más barata que en Londres.

Despliegue de tropas

  • Desde 1992, el gobierno de Brasilia envía esporádicamente tropas del ejército a Río de Janeiro, ya sea para sofocar brotes de violencia o para garantizar la seguridad en cumbres y eventos políticos.
  • La última vez fue en mayo de este año, cuando, a raíz de la escalada de violencia que estalló entre narcotraficantes y miembros del crimen organizado, fueron desplegados unos 4000 soldados.
  • Durante 30 días, las tropas se apostaron en puntos estratégicos de la ciudad balnearia, como puentes, rutas y las bases de las favelas, pero no participaron en combates.
  • A pesar de que la población dice sentirse más segura con la presencia de tropas, poco ha cambiado y los índices de violencia continúan en aumento.
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