
El recuerdo de los argentinos muertos en las Torres
Dos de ellos fueron a ayudar a las víctimas; otros estaban en el World Trade Center por trabajo
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NUEVA YORK.– Su primer rosario, un misal, una foto y una camiseta de un torneo de básquetbol con su nombre. Esos son los objetos de Mario Luis Santoro, uno de los cinco argentinos que murieron en los atentados del 11 de septiembre de 2001, que se verán en el museo que se inaugurará el año próximo en el Ground Zero.
Su padre, Alberto, y su madre, María, lo recorrerán el lunes. Y mañana, junto al resto de los familiares de las víctimas de los ataques, se convertirán en las primeras personas en ver el monumento erigido sobre los restos que dejaron las Torres Gemelas. Entre los casi 3000 nombres escritos en los bordes de las fuentes, están el de su hijo y el de los otros cuatro argentinos que perdieron la vida aquella mañana: Sergio Gabriel Villanueva, Gabriela Silvina Waisman, Pedro Grehan y Guillermo Chalcoff.
Alberto dice que para él nada ha cambiado en estos diez años; que su hijo sigue faltando. Dice que encontró algo de alivio en que Osama ben Laden esté muerto, pero que le hubiera gustado que lo juzgaran y encarcelaran.
Los Santoro se mudaron hace cinco años a Tega Cay, un pueblo a orillas de un lago en Carolina del Sur, para empezar de nuevo. No vienen a Nueva York para cada aniversario, dice Alberto, porque su esposa no lo tolera. Pero habla con autoridad sobre los cambios que vivió la Gran Manzana en la última década, que sintetiza en cuatro palabras: se volvió más solidaria.
"En Nueva York, cambió la perspectiva de quién es el prójimo", amplía. "Cuando llegué, hace 30 años, nadie ayudaba a nadie. Pero Nueva York cambió: ahora, si le pasa algo a alguien, la gente reacciona. Ha cambiado la forma de ser de la gente", completa.
Esa solidaridad era un rasgo distintivo de su hijo Mario. El 11 de septiembre de 2001 no tenía que trabajar, pero al ver el humo, no dudó en ir a ayudar. Santoro, paramédico, y Villanueva, bombero, fueron dos de los 441 first responders que murieron intentando salvar a otros. Grehan y Chalcoff trabajaban en la torre norte, hasta donde Waisman se había acercado para participar de un encuentro de informática.
Sergio Villanueva tenía 33 años; estaba comprometido con Tanya Bejasa, una norteamericana que habla perfecto español y con quien iba a casarse en agosto de 2002. Gabriela Waisman tenía la misma edad de Sergio. Trabajaba para la empresa de software Sybase, y concurrió al piso 106 del World Trade Center a una feria de informática.
Pedro Grehan hacía lo que hacen muchos argentinos en Nueva York: trabajaba para una firma financiera de Wall Street. Guillermo Chalcoff trabajaba en Accutek Information Systems, una empresa contratista independiente de Marsh & McLennan. Su nombre es el único que no figura en la placa que Néstor Kirchner descubrió en 2003 en homenaje a las víctimas argentinas en el consulado de Nueva York: había obtenido la ciudadanía un año antes de los atentados, y nunca se lo nombró entre esas bajas.
Después de dejar la ciudad, Alberto perdió el contacto con los familiares de las víctimas argentinas. Cree que Nueva York honró la muerte de su hijo, pero destila críticas contra George W. Bush, a quien culpa de no reaccionar con la rapidez suficiente para evitar el impacto del segundo avión contra la torre sur.
Alberto relata anécdotas de Mario, de su buen humor y de su talento para contar chistes. Comenta que trabajó horas extras para ayudar a una compañera de trabajo que era madre soltera e hizo lo mismo con niños humildes del Bajo Manhattan, cuyos padres estaban en la cárcel. "Era un ser humano al que le gustaba ayudar a la gente. Así me gustaría que lo recordaran: como un gran ser humano", dice Alberto.


