El suicidio anglosajón en el orden mundial

José Ignacio Torreblanca
José Ignacio Torreblanca MEDIO: El Pais
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21 de enero de 2017  

MADRID.- El mandato que Donald Trump inauguró ayer podría ser juzgado en el futuro como el momento en el que Estados Unidos inició el desmantelamiento del orden internacional que con tanto ahínco sucesivas administraciones norteamericanas sostuvieron desde 1945.

Una toma de posesión, la de Trump, que se solapa en el tiempo con la formalización esta semana por parte de la primera ministra británica, Theresa May, de su intención de activar el proceso de retirada total y completo de su país de la Unión Europea. Una coincidencia temporal que plantea con toda crudeza la cuestión de si no estaremos asistiendo al fin, absurdamente autoimpuesto, de un largo y fructífero período histórico de hegemonía anglosajona.

Nada como mirar atrás para observar la profundidad de la falla geopolítica y económica que Washington y Londres están abriendo al renunciar voluntariamente a más de dos siglos de dominio político, económico, cultural y militar anglosajón. El "siglo imperial británico", que comenzó en 1815 tras las guerras napoleónicas, concluyó en 1915, 100 años después, dejando a Gran Bretaña como única e indisputada potencia mundial.

Lo paradójico es que tanto Estados Unidos como el Reino Unido tienen a su favor todos los elementos para seguir sosteniendo un orden multilateral liberal y beneficiarse de él con creces, como han hecho hasta ahora.

Frente a las quejas que nos trasladan respecto a integración económica o la inmigración, lo cierto es que los dos países han superado la crisis de 2008 más rápido que sus rivales y, además, son un referente tanto en la integración de inmigrantes como en el fomento de la diversidad cultural y la tolerancia religiosa.

Pese a los lamentos de Trump y de los partidarios del Brexit, sus países viven, en comparación a otros, y en comparación a otros períodos de su historia, una época dorada.

Que los países más dinámicos, abiertos y exitosos tiren la toalla de la globalización no deja de resultar sorprendente de hasta qué punto vivimos una enorme anomalía histórica.

© El País, SL

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