El Trump filipino: Duterte, el hombre fuerte que llega con recetas polémicas
Apodado "el Castigador" por su intolerancia con el crimen, el presidente electo ganó gracias a una campaña de tono populista
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Rodrigo Duterte no asistió a su proclamación como presidente de Filipinas, el lunes pasado, por considerarla "cursi". Fue otra forma más de demostrar que él no es un "trapo", como llaman los filipinos a los políticos tradicionales, en un país cansado de la corrupción y las falsas promesas.
Desde el inicio de su campaña, Duterte, que ganó las elecciones el 9 de mayo pasado con el 39% de los votos, se esforzó por mostrar su costado humilde para distanciarse de la élite política.
"Él no es el típico político que promete. Es directo y hace lo que dice. Su mensaje era: «No votes por mí si estás inseguro. Voy a atacar el crimen con mano dura y a cambiar muchas cosas. Pensá dos veces si querés el cambio»", cuenta a LA NACION April Acosta-Valmeo, una filipina de 24 años que admira al presidente electo.
"Duterte, la última esperanza de la gente", fue uno de los eslóganes de su propaganda política que invadió las grandes ciudades del país. En Puerto Princesa, la capital de la provincia de Palawan, al oeste de Manila, los carteles estaban pegados hasta en los tuc-tucs, una especie de triciclo motorizado muy usado por los turistas.
Las promesas del ex alcalde, de 71 años, de tolerancia cero a la corrupción, al crimen y las drogas atrajeron a votantes de todas las clases sociales. Pero el problema no son sus promesas, sino sus recetas.
Apenas ganó las elecciones, anunció que reintroducirá la pena de muerte -abolida en 2006 - y que dará permiso a las fuerzas de seguridad de disparar a matar. También dijo que autorizará el traslado de los restos del ex dictador Ferdinand Marcos (que gobernó entre 1965 y 1986) al Cementerio de los Héroes.
El martes pasado consideró justificados los asesinatos de periodistas en algunos casos. "Sólo porque seas periodista no quedarás excluido de los asesinatos si sos un hijo de puta", dijo en una conferencia de prensa.
Sus palabras no sorprendieron. Los filipinos ya saben que Duterte no es amigo de las medias tintas. En noviembre pasado, durante el lanzamiento de su campaña, llamó "hijo de puta" al papa Francisco por haber provocado atascos durante su visita al archipiélago.
También bromeó sobre la violación y el asesinato de la misionera australiana Jaqueline Hamill, que fue tomada como rehén en 1989. "Fue terrible que la violaran. Era tan hermosa. ¡El alcalde debió ser el primero!", dijo.
Muchos comparan a Duterte con Donald Trump. Dicen que al igual que el candidato republicano tiene propuestas polémicas y una actitud reaccionaria, y logra conectar con el electorado. Pero a diferencia del magnate, Duterte no es un outsider. Gobernó durante 22 años la ciudad de Davao, situada en la isla de Mindanao, donde aplicó la misma política de mano dura contra el crimen que propuso como candidato presidencial. De ser uno de los puntos negros del país logró convertir a Davao en uno de los más seguros.
Grupos a favor de los derechos humanos denuncian, sin embargo, que las cifras de criminalidad se redujeron por la acción de los "escuadrones de la muerte" que habrían matado a miles de supuestos criminales en los 90. Por ello, Duterte se ganó el sobrenombre de "Harry el sucio" o "el Castigador".
El presidente saliente, Benigno Aquino III, comparó directamente a Duterte con Adolf Hitler e intentó frenar su elección. Según Aquino, ahora peligra "el legado democrático y los progresos económicos" de su gobierno. En 2015, el PBI de Filipinas subió 5,8%, y fue uno de los países que más creció en el mundo.
El problema es que el progreso fue para unos pocos. La pobreza, que afecta a más de una cuarta parte de los más de 100 millones de filipinos, se palpa en todos lados: en los chicos que piden "dollars" a los turistas, en las villas miserias que rodean el aeropuerto de Manila y en la gente que duerme en la calle.
Según explicó a LA NACION Aries Arugay, analista político y profesor de la Universidad de Filipinas Diliman, Duterte se benefició del descontento con la administración de Aquino, "cuyo gobierno no pudo darle a la gente cosas básicas como ley, orden, infraestructura y seguridad". Duterte también representa -según Arugay- la frustración de la población con el sistema democrático filipino, en el que los privilegiados dominaron durante años la política.
En los próximos años, Duterte no la tendrá fácil, opina Richard Javad Heydarian, analista político y especialista en estudios asiáticos. "Puso tan altas las expectativas que le espera un camino cuesta arriba para satisfacer a un electorado impaciente, especialmente en Manila."
Tendrá que moverse rápido y emplear sus poderes constitucionales para lograr sus metas, dice Heydarian. Otros, en cambio, le aconsejan que más que nada debe aprender a medir sus palabras.
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