El último gran "tirano", el otro lado de Steve Jobs

El empresario podía ser implacable con empleados y competidores
David Streitfeld
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9 de octubre de 2011  

San Francisco.- La primera vez que Steve Jobs intimidó a alguien fue en tercer grado. "Junto a unos compañeros básicamente destrozamos a la maestra", reconoció una vez.

Durante el siguiente medio siglo, Jobs no dejó de hacerlo nunca. Se comía vivos a sus subordinados y socios que no cumplían con su trabajo, hacía morder el polvo a los competidores que no estaban a su altura y mandó a los sabelotodos de paseo. Tenía un sueño de grandeza, que empuñaba como un arma para cambiar la cara de la industria informática, telefónica y del entretenimiento, y no estaba dispuesto a ceder un ápice.

Tal vez sea sólo por la desesperación que siente la gente por el estancamiento de la economía norteamericana, pero el anuncio de la muerte del cofundador de Apple pareció marcar el fin de algo: en una era de límites, Jobs fue el último gran tirano.

Hasta en Silicon Valley, donde los caciques corporativos suelen tener estatura sobrehumana, no había otro como él. Usaba sus poderes para desarrollar dispositivos que despiertan en sus dueños un tipo de adoración que muy pocos productos consiguen entre los norteamericanos, especialmente en nuestros días.

"En medio de océanos de una mediocridad impuesta, en esta insulsa y desabrida cultura de las corporaciones titánicas manejadas por asambleas, Jobs mostró que el verdadero camino de la excelencia era la excelencia; que uno puede hacer grandes cosas con inteligencia y gusto impecable y sin conformarse nunca con nada que no sea lo mejor", escribió el emprendedor Perry Metzger en su página de Google.

Cuando su muerte se hizo pública, Twitter y la blogósfera se inundaron de emoción. Sus seguidores se congregaron en las puertas de su casa de Palo Alto, California, y dejaron ofrendas florales y velas frente a cada negocio de Apple, en todas partes del mundo. Su casa se encuentra en el centro de la ciudad, es fácil de ubicar y relativamente modesta para un hombre con una fortuna valuada en 6500 millones de dólares. Estaba planeando construir otra casa, pero hasta eso parecía limitado para el amo de Silicon Valley.

Dónde no tenía límites era en su trabajo. Abundan las historias que lo describen diciéndoles con vehemencia a los empleados de Apple que un producto no era suficientemente bueno. ("Hiciste una torta preciosa", le dijo una vez a un ingeniero, antes de aclararle al pobre tipo que lamentablemente la había decorado con excremento de perro. "Hazla más pequeña y mejor", le ordenó).

No había elemento del diseño, por minúsculo que fuese, que escapara a su atención. "Hicimos que los botones que aparecen en la pantalla sean tan lindos que tendrán ganas de chuparlos", dijo sobre la interfase de Mac.

Competidores

Jobs también castigaba a sus competidores, en particular a Microsoft. La empresa de Bill Gates , que durante las décadas de 1980 y 1990 hacía parecer a Apple del tamaño de un enano, no era según Jobs de segunda, sino de cuarta categoría. Peor aún: ni siquiera competía.

"El único problema con Microsoft es que no tienen gusto alguno", dijo Jobs en una de sus típicas salidas. "No tienen el menor gusto. Y no me refiero a lo chico, sino a lo grande, en el sentido de que no se les cae una idea, que sus productos no tienen cultura".

Este tipo de comentarios despiadados no es lo que se escucha públicamente de la boca de los fundadores de Google acerca de Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, o viceversa.

"Estamos de duelo por Steve porque no hay mucha gente apasionada y decidida como él en el mundo corporativo de hoy", dijo Jay Elliot, ex ejecutivo de Apple que ha escrito un libro sobre las lecciones que pueden aprenderse del estilo de liderazgo de Jobs. "A Jobs no lo motivaba el precio de las acciones".

Al igual que muchas de las grandes empresas tecnológicas, Apple tiene un formidable staff de relaciones públicas, pero a Jobs esto tampoco parecía limitarlo.

La gente conocía su dirección de e-mail (sjobs@apple.com) y le enviaba sus dudas y sus quejas. Los insistentes esfuerzos de una estudiante universitaria que se quejaba de no obtener respuesta de parte del personal de Relaciones Públicas de Apple, famoso por su reticencia, finalmente mereció un iracundo "Por favor, déjenos en paz".

La confianza de Jobs en sí mismo a veces podía resultar difícil de distinguir de la arrogancia o la omnipotencia. Durante una fiesta de Halloween en Apple, en los primeros años locos de la empresa, se presentó vestido de Jesús. Pero se trataba de una arrogancia templada por la fe en el poder de la tecnología para mejorar la vida de la gente.

El diario satírico The Onion supo entender con inteligencia este rasgo en su cobertura de la muerte de Jobs. El encabezado, modificado aquí para evitar una grosería, decía: "Muere el último norteamericano que sabía qué carajo estaba haciendo".

Es gracioso, pero desafiar esos sentimientos forma parte de la naturaleza profunda de Silicon Valley.

"No pretendo restarle ningún mérito, era un tipo brillante, maravilloso, que no se dejaba comprar, pero existen niveles de adulación que van más allá de sus logros", dijo Tim O'Reilly, jefe ejecutivo de Reilly Media, una editora tecnológica. "Ya vendrán nuevas revoluciones y nuevos revolucionarios".

EL IPHONE 4S, UN ÉXITO PÓSTUM

A pesar de que había cosechado críticas en su presentación, la preventa del iPhone 4S, que comenzó un día antes de la muerte de Steve Jobs, y que se rumorea que es un juego de palabras que significa "For Steve", se agotó ayer en Estados Unidos en apenas horas.

Traducción de Jaime Arrambide

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