El vaivén de Europa, del paloa la zanahoria
Cesar Gonzalez-Calero LA NACION
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Las relaciones de la Unión Europea con Cuba han estado en los últimos años supeditadas al humor político reinante entre Madrid y La Habana. Con gobiernos españoles de izquierda, se imponía el diálogo, y Bruselas consentía. Con gobiernos de derecha, la mano dura predominaba. Y Bruselas aceptaba. Tanto vaivén llegó a irritar a los socios comunitarios de España, que en numerosas ocasiones suspiraron por una política de Estado.
Ahora, tras el éxito diplomático que se apuntó anteayer en La Habana el canciller español, Miguel Angel Moratinos, al sellar el acuerdo final para la liberación de los presos políticos, Bruselas podría variar en breve la denominada "posición común" hacia Cuba. La estrategia, que condiciona el diálogo a los "avances políticos" en la isla, fue aprobada en 1996 y endurecida en 2003 por iniciativa del gobierno derechista de José María Aznar, como respuesta a la campaña represiva lanzada por el régimen ese año.
Los tímidos acercamientos emprendidos en 2002 –que habían llevado incluso a Bruselas a abrir una "embajada" en La Habana– se esfumaron después de la nueva crisis. La UE limitaba todas las visitas de alto nivel a Cuba y decidía invitar a los disidentes cubanos a sus embajadas en la capital cubana.
Lejos de intimidar a Fidel Castro, la nueva política europea de mano dura impulsada por Aznar hizo que el comandante entrara en cólera. La UE pasó a ser anatema en la isla, con "marchas del pueblo combatiente" frente a las embajadas europeas y apariciones continuas en televisión del máximo líder ridiculizando a los mandatarios europeos.
Con esa estrategia, Aznar y los líderes europeos que lo secundaron daban muestras de conocer muy poco la naturaleza de un régimen que se fortalece en la adversidad. El embargo económico impuesto por Washington en los años 60 no logró más que brindar a Castro en bandeja de plata el mejor argumento ideológico que nunca pudo imaginar: la isla asediada por el imperio.
Tras el cambio de gobierno en España en 2004, el nuevo gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero decidió que era hora de dejar los palos y volver a las zanahorias que con tanto esmero había cultivado en los años 80 Felipe González. El régimen respondió con las primeras liberaciones de presos, y poco después la UE suspendió las sanciones de 2003, aunque mantuvo la "posición común" del 96.
Durante su presidencia interina de la UE, que concluyó el 30 de junio pasado, Madrid trató de convencer a Bruselas de que suavizara su política. No lo logró por el impacto de la muerte del disidente Orlando Zapata en febrero. Pero Moratinos guardaba una carta bajo la manga. Por eso pidió a sus colegas que le otorgaran una prórroga de dos meses, hasta septiembre, con la promesa de que pronto habría buenas noticias del otro lado del Atlántico. Catherine Ashton, la jefa de la diplomacia europea, aplaudió ayer su gestión y dejó la puerta abierta a una próxima modificación de la "posición común", aunque no llegó a ser tan expresiva como el canciller español, que un día antes había dado por finiquitada esa política.
Además de los intereses políticos obvios (la UE, pero sobre todo España, no quiere quedarse fuera del proceso de transición en Cuba), hay motivaciones económicas en juego. Desde hace meses, los empresarios europeos (y, sobre todo, españoles) con negocios en la isla tienen graves problemas para cobrar y para mover sus cuentas en Cuba. La crisis ha hecho estragos en la isla, no hay liquidez financiera y la "vaca" venezolana está en horas bajas. El régimen necesita urgentemente acuerdos comerciales con Europa que dinamicen algo su deteriorada economía. Pero precisa, ante todo, aliados políticos en esta nueva etapa que se abre en la isla.
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