
En busca del orgullo prusiano
Por Narciso Binayán Carmona
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MOSCU.- No. No son los mismos aunque se llamen igual: prusianos. Miguel el prusiano fue padre de Terenty, boyardo, que se distinguió en la batalla del Neva contra los suecos en 1240. De él viene la gran familia rusa de Saltykoff. Igualmente de Prusia, llegó a Moscú Gland Kambila, boyardo del gran duque Simeón I (1341-1353), antepasado de los Romanov, coronados en la persona de Miguel I como zares en 1613. Se da allí una curiosidad: se afirmó como rumor que el verdadero padre del zar Pablo I, asesinado en su palacio en 1801, era hijo del conde Sergei Saltykov, amante de Catalina II y no de su marido, Pedro III: es decir que, en un caso u otro, serían familias de origen prusiano las que reinaron sobre el Imperio Ruso desde 1613 hasta 1917.
Pero éste no fue el sino del pueblo prusiano, el más meridional de los bálticos. "Tierra prometida", dijo el gran maestro de la Orden Teutónica, Hermann von Salza (1211-1239); "tierra de horror y vasta soledad", afirmó un colono alemán. Porque Prusia fue conquistada y colonizada por Alemania, como América por España e Inglaterra. "La inmensa mayoría de los vencidos cayó en una situación próxima a la servidumbre." Pero con la derrota de 1945, los alemanes fuero expulsados y esa tierra, Prusia Oriental, fue dividida entre Polonia, Rusia y Lituania.
Pura geopolítica
Para Lituania, Prusia tiene grandes implicancias, pues los prusianos eran una nación estrechamente emparentada con ella. Hay moderados reclamos fronterizos: por ejemplo, eventualmente Rusia se interesa por Memel (parte de Prusia Oriental hasta 1936), y Lituania le reclama a Rusia la región de Karaliauciaus, que le perteneció bajo el rey Mindaugas (1253-1263).
Esto lo afirma el Partido Nacionalista que insiste que Rusia recibió una "administración temporaria" en Potsdam en 1945 y su derecho terminó en 1995. El presidente de la comisión de Relaciones Exteriores del Parlamento, Gediminas Kirkilas, sostuvo que todo era "puro efectismo".
Pese a ellos, el problema de la ex Prusia Oriental sobre cuyas fronteras hay un acuerdo firmado por ambos países, pero no ratificado aún por la Duma rusa, es bastante importante para Vladimir Putin.
Para Rusia, la cuestión no tiene implicancias históricas y afectivas pero sí geopolíticas, de defensa y de nacionalismo. La ampliación de la Unión Europea y la incorporación de Lituania no crea tantos problemas, pero sí el tránsito militar que se efectúa bajo el control de lituanos y que incluye el urticante problema del combustible para misiles.
El acuerdo ad hoc ya está vencido y la ley lituana no permite su renovación. Los demás problemas son menores. Pero está también en el debate la regermanización de la comarca, que tiene sus partidarios; otro es el darle un status especial como futuro y eventual miembro sui géneris de la Unión Europea.
Y, por último, la eventualidad de reflotar una idea de 30 años, cuando Lituania era aún soviética: unirla con Kaliningrado. Eso significaría para aquella tener una enorme minoría con todo lo que eso implica. Los problemas que enfrenta Letonia y fueron previstos ya entonces por el secretario del Partido Comunista lituano, Antanas Smieckus, que se opuso. Hoy la idea es poco menos que el recuerdo de una rareza. En resumen, una suma de problemas no cruentos, pero no por ello inexistentes y, si bien Lituania es un país pequeño, tiene una gran historia y un acendrado orgullo nacional.






