
En un ambiente de fin de ciclo, el PSOE ya piensa en el día después sin Sánchez
El líder socialista afronta su campaña definitiva en la que se juega la continuidad del gobierno progresista y su futuro político
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MADRID.– Pedro Sánchez tiene ya su última bala dentro del cargador. Después de tantas caídas y resurrecciones, el líder socialista se ha labrado una leyenda de ave fénix a la que se vuelve a encomendar hoy la izquierda mientras PP y Vox demonizan su figura. Quería aguantar hasta 2027 para callar a todos los que dijeron en 2023 que este gobierno sería flor de un día, pero precipita las generales agarrado al clavo ardiente de la movilización social por la crisis de la vivienda. No es la primera vez que toma una decisión de alto riesgo, aunque esta sí que es ya a vida o muerte.
La trayectoria de Sánchez se desarrolló siempre al filo de lo imposible, pero nunca estuvo tan asediado judicial y políticamente, nunca tuvo un panorama demoscópico tan adverso desde que es presidente y nunca estuvo tan solo como lo está ahora. En esta legislatura ha visto a sus dos secretarios de Organización entrar en la cárcel ―uno de ellos tiene condena firme―, ha perdido a José Luis Rodríguez Zapatero como activo electoral y, aunque nadie en el PSOE cuestiona su liderazgo, el ambiente de fin de ciclo en el partido hace que muchos piensen en el día después. Con toda esa mochila, más el desgaste personal por la durísima ofensiva contra su familia, por la que llegó a amagar con dimitir tras borrarse del mapa cinco días, Sánchez afronta su campaña electoral definitiva: si no es presidente, todos cuentan con que se abra el debate sucesorio en el PSOE.

En el camino hasta aquí se ha enfrentado a tres presidentes del PP (Mariano Rajoy, Pablo Casado y Alberto Núñez Feijóo), ha visto emerger y desaparecer a los líderes de la nueva política (Albert Rivera y Pablo Iglesias) y tiene su hoja de servicios sellada con muchas primeras veces. Por primera vez ganó una moción de censura, por primera vez gobernó España en coalición y por primera vez se ha sostenido en el poder toda una legislatura sin aprobar unos presupuestos. Esta es la sexta vez que se presenta como candidato de un PSOE cuyos poderes lo recibieron como un líder interino y terminó viendo cómo los derrotaba a todos en unas primarias desgarradoras.
De aquel proceso salió un PSOE que se libró de la desventura de la gran mayoría de los partidos socialdemócratas europeos; y una narrativa épica le acompaña desde entonces. Donde muchos vieron temeridad cuando se encerró en Ferraz en los días previos al comité federal de su caída como secretario general, otros entendieron que la determinación iba a ser su patrón de comportamiento. Le salió bien en ocasiones importantes (el desafío de las primarias, la moción de censura o la política de distensión en Cataluña con amnistía incluida), aunque fracasó en la jugada de repetir las elecciones de 2019 para librarse de la coalición con Podemos, el partido que estuvo a punto de sorpassarle y al que también terminó desactivando.
Se ha dejado muchas plumas en la batalla, pero es un rival al que temen socios y oposición. Diputados de la izquierda hablan de él como el “perro” porque siguen queriendo ver en él al Sánchez de la remontada de 2023, el de la campaña más a flor de piel de todas. El que salió noqueado de un cara a cara con Feijóo y que electrizó a los socialistas una semana después en el cierre de campaña de Getafe. De la que empieza ahora con la vivienda como tema central y el contraste de modelo con la derecha depende la supervivencia de la coalición progresista, la excepción en una Europa y una España territorial gobernada de forma mayoritaria por las derechas.
Está por ver hasta dónde llegan las fuerzas. Todo va a depender del recorrido de estas semanas minadas de incertidumbres y peligros, pero también con una oportunidad que no existía hace unos meses. A ella se ha aferrado Sánchez y de ella depende su futuro político.
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