Entre una lección de ciudadanía y el riesgo para la estabilidad
Vi la avenida Paulista cubierta de gente varias veces en mi vida. El 90% de ellas, por cuestiones relacionadas con el fútbol: el primer título brasileño conquistado por el Corinthians, en 1990; las celebraciones de dos Copas del Mundo ganadas por Brasil, en 1994 y 2002.
Las veces que se vio colmada por razones políticas fueron muy pocas, pero recuerdo aquella noche fresca en la que subí por Paraíso hasta la Paulista con mis padres, en 1985, cuando Tancredo Neves fue elegido el primer presidente civil después de la dictadura de 21 años. Algunos años después, con mis compañeros de facultad, integramos la llamada "generación carapintada", que exigía el juicio político del ultracorrupto presidente Fernando Collor de Mello.
En las últimas semanas, volví por razones políticas, acompañando las marchas que hicieron eclosión en todo el país. Primero, contra el aumento del boleto de colectivo, y después, por un sinnúmero de razones más.
En los primeros días, vi a una juventud vibrante, abrazada a banderas verde-amarillas y con consignas como "Brasil es nuestro", o cantando una canción inspirada en cánticos futboleros: "Soy brasileño, con mucho orgullo, con mucho amor". Fue conmovedor y romántico. Al mirar aquellos rostros, podía entenderse de manera más concreta el fenómeno socioeconómico que marcó la última década.
Desde el final de la gestión de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002) y durante los años de Lula da Silva (2003-2010), una masa de 30 millones de personas salió de la miseria y pasó a ser considerada una "nueva clase C". Por primera vez, jóvenes nacidos en familias sin estudios llegaban a la universidad. Los indicadores sociales y de salud de esa nueva juventud mejoraron sensiblemente.
Después del entusiasmo inicial, llegó la decepción. Primero, porque la economía comenzó a perder impulso: tras crecer a un promedio anual del 3,7% entre 2000 y 2010, el PBI creció un 2,7% en 2011, y sólo un 0,9% el año pasado. En segundo lugar, porque fue quedando en evidencia que las estructuras del país en términos de educación, salud y acceso al empleo no se correspondían con las necesidades de esa nueva clase media.
En las calles de todo el país, y principalmente en la avenida Paulista, vi a esos jóvenes de jean y remera, mochila en la espalda, gorra al costado y Smartphone barato en la mano. Sería otra "primavera" juvenil más si no se hubiera desmadrado.
Después de obtener la reducción de la tarifa del boleto a tres reales, esos jóvenes prácticamente abandonaron las calles. De repente, la avenida Paulista fue tomada por otros gritos y hoy, con violencia, se pide el fin de los partidos políticos, el juicio político a Dilma, la reducción de la edad de imputabilidad penal y otras banderas que nada tienen de progresistas. Todo seguido de refriegas, enfrentamientos y destrozos de edificios públicos.
Se vive una escalada fascista que intenta acorralar al gobierno federal, un hecho que llevó a la propia presidenta Dilma Rousseff a hablar por cadena nacional y pedir paz a los manifestantes.
Esta semana será definitoria para canalizar o no la indignación civil en pos de metas constructivas. El riesgo de que se transforme en un movimiento violento, ultranacionalista y antiinstitucional existe, y es la tendencia actual.
Para un país poco acostumbrado a los movimientos callejeros, a diferencia de la Argentina, las manifestaciones surgen como una posible lección de ciudadanía, pero también como un riesgo para la estabilidad de un gobierno que en los últimos meses se fue desgastando.
Traducción de Jaime Arrambide
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