Es la frustración de los griegos, y no las deudas impagas, lo que amenaza a la UE

Ian Bremmer
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7 de julio de 2015  

WASHINGTON.- El pueblo griego acaba de redoblar la apuesta, así que es buen momento para hacer un análisis más amplio de la amenaza que pende sobre el proyecto europeo.

Actualmente, hay infinidad de negociaciones multilaterales de alto perfil en el escenario internacional. Irán, Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Rusia y China avanzan entre regateos hacia un acuerdo sobre el programa nuclear de Teherán. Rusia, la Unión Europea y Estados Unidos batallan sobre el futuro de Ucrania. Los gobiernos de la costa del Pacífico enfrentan las voces que en sus propios países critican el intento de forjar una enorme alianza comercial conocida como Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (TPP, por sus siglas en inglés).

En todas esas peleas, es fácil achacarle a uno de los bandos el rol de díscolo, ladrón o chico malo. Pero para entender esos enfrentamientos y predecir hacia dónde se dirigen, hay que analizarlos desde todos los puntos de vista involucrados. Y no hay ejemplo más ilustrativo que las continuas escaramuzas entre Grecia y sus acreedores.

A muchos europeos les resulta fácil condenar al gobierno griego conducido por Syriza. Para ellos, Grecia ha acumulado una enorme deuda y debe pagar. Si el país se resiste a cambiar ahora, en el futuro necesitará más rescates. Pero hay que mirar más allá del frecuente amateurismo del gobierno de Syriza y poner la mirada en el genuino sufrimiento del pueblo griego.

Desde que se desató la crisis de la eurozona, el PBI de España, Irlanda y Portugal se redujo menos de un 7%. Grecia ya perdió un 26% de su PBI, y los salarios sufrieron un recorte de 14%. Grecia es el único país de la Unión Europea (UE) donde ha caído el salario mínimo. El desempleo se ubica en 26%, y más del 75% de esos desempleados hace más de un año que no tienen trabajo. El desempleo juvenil alcanza el 50%. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, casi uno de cada cinco griegos no puede pagarse una comida completa. El número de los sin techo se ha disparado y el índice de pobreza infantil trepó hasta 40,5%. La publicación científica British Medical Journal señala que se ha producido "un aumento significativo, abrupto y sostenido" de los suicidios.

Durante los últimos cinco años, Grecia ha recortado el gasto público y ha subido los impuestos en un nivel equivalente a 30% de su PBI. Ningún otro gobierno de la eurozona ha hecho ni remotamente eso. La reforma incluyó un recorte de los beneficios jubilatorios, y actualmente la edad mínima para jubilarse es de 67 años, tanto para hombres como para mujeres. Y de cada euro otorgado en concepto de rescate el gobierno griego recibe menos de 20 centavos. El resto va a parar a los banqueros y tenedores de bonos.

Las incendiarias bufonadas del primer ministro griego, Alexis Tsipras, y su gabinete han endurecido la actitud de las autoridades europeas. Es ridículo exigirle a Alemania que pague más en concepto de reparación por la Segunda Guerra Mundial y acusar al FMI de "saquear" a Grecia. Los griegos quedan como tontos cuando Syriza les hace una nueva oferta a sus acreedores y luego aduce haberse equivocado al enviar los documentos. Y si Tsipras sigue coqueteando con Vladimir Putin, la posición de Europa claramente se endurecerá.

No abandonar el euro

Pero analicemos este embrollo desde el punto de vista de Tsipras. La austeridad ha conducido al sufrimiento de millones de personas sin poder de decisión en la planificación de las políticas públicas. Así que no debería extrañarnos que los votantes griegos se hayan volcado por un partido que les prometió aliviar sus penurias, y Tsipras quiere cumplir todas las promesas que pueda. Su margen de maniobra está limitado por las encuestas, que muestran que el 70% de los griegos quieren conservar el euro aunque eso implique mayores turbulencias, por el frente unido que presentan los acreedores de Grecia y por las acusaciones de traición que le llegan desde la izquierda cada vez que hace alguna concesión. Puede acusárselo de torpeza, pero no puede criticárselo por luchar para obtener el mejor acuerdo que pueda: justamente para eso lo eligió el pueblo griego.

Algunos dicen que si Alemania y los demás le ofrecen a Grecia un margen mayor, también España, Portugal y quizás Italia podrían querer "concesiones". Pero el caso griego es único. Esos otros países están económicamente mucho mejor plantados, y Grecia tampoco está esperando que le perdonen toda la deuda y se termine la austeridad. Grecia no se convertirá en un país a imitar, al menos durante muchos años. Los acreedores tienen razón: Grecia debe pagar su deuda. Pero sólo puede hacerlo si su economía empieza a crecer. Y si el remedio para curar los males del país deja aplastada a toda una generación de jóvenes, ¿cómo harán los griegos para aprender la lección y volver al trabajo?

Es momento de hacer un análisis más abarcador. Para Europa, el mayor peligro es que Grecia escape de sus responsabilidades, alentando a otros países a hacer la misma trampa. El peligro de que este enfrentamiento termine fogoneando aún más el resentimiento que ha llevado a la aparición de numerosos partidos antieuropeos, tanto de izquierda como de derecha, en todo el continente. Es justamente esa frustración ante la incapacidad de las instituciones europeas para responder a las necesidades de los ciudadanos de la UE la que conduce al referéndum que celebrará Gran Bretaña sobre su continuidad en el bloque, o la que ha empujado a la ultraderecha francesa del Frente Nacional a encabezar los sondeos de opinión en ese país.

Es esa frustración, y no los detalles del próximo salvataje a Grecia, la que amenaza el futuro de Europa.

Traducción de Jaime Arrambide

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