
Extinción o renovación, el dilema de la realeza
Las casas reinantes apuestan a las próximas generaciones y a la sangre plebeya para enfrentar su creciente aislamiento
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LONDRES.- Nadie puede hacerle sombra a la nobleza europea en materia de bodas. Una abultada billetera puede garantizar lujo, pero no esa alquimia de herencia histórica y rigurosa etiqueta que torna a meros mortales en figuras de distinción.
La plana mayor de las casas reales del Viejo Continente lo probó ayer en Madrid con un espectáculo de doble trascendencia por provenir de un grupo social bajo acoso y en vías de extinción.
Las cámaras que filmaron la boda del heredero de la corona española en la catedral de La Almudena encontraron en los rostros de las cabezas coronadas alguna que otra lágrima de feliz emoción, pero al mismo tiempo revelaron cruces de miradas nerviosas en busca de una cada vez más difícil mutua identificación.
Hasta hace poco, las casas reales podían aliviarse con una proporción que los veía como jefes de Estado en seis de los 15 países de la Unión Europea, más allá de tener a sus primos en los ducados de Luxemburgo y los principados de Liechstenstein y Mónaco.
Pero ninguno de los diez países que acaban de convertir a la UE en un club de 25 Estados tiene a un rey a la cabeza. Las monarquías han quedado relegadas al ranking de una pequeña minoría.
No todo se reduce a una cuestión de aritmética. Una revolución mucho más dramática se está produciendo intramuros. La milenaria barrera de exclusividad de la "sangre azul" -la destinada a preservar la pureza de la estirpe- está siendo erosionada con una avalancha de "sangre plebeya".
En los últimos diez días, los herederos de los tronos de Dinamarca y España han decidido contraer nupcias, respectivamente, con una abogada australiana, Mary Donaldson, y una periodista divorciada, nieta de un taxista, Letizia Ortiz. Pero su gesto es poco pionera. Prácticamente todas las casas reales han decidido en los últimos años diluir -o enriquecer- su caudal genético con representantes de la burguesía.
El rey de Suecia, Carlos Gustavo, contrajo enlace en 1976 con Silvia Sommerlath, una joven alemana que trabajó en el consulado argentino en Munich. Luego, el gran duque Enrique de Luxemburgo eligió a la cubana María Teresa Mestre. Y más recientemente, el príncipe Guillermo de Holanda escogió por esposa a la argentina Máxima Zorreguieta; Haakon de Noruega, a la maestra y madre soltera Mette-Marit Tjessem.
Hayan seguido ese camino o vuelto a la vía tradicional (como Carolina de Mónaco, casada con Ernesto de Hannover tras dos nupcias con plebeyos), todos comparten la ansiedad de vivir constantemente bajo la lupa de un público cada día más intruso.
Si hay alguien que puede dar cuenta de ello, es la familia real británica. Según el lema de que todo lo relacionado con la monarquía es "de interés público", la relación del divorciado príncipe de Gales con la igualmente divorciada Camilla Parker-Bowles se discute a diario y sin el más mínimo pudor en las páginas de los tabloides.
No obstante, hay que reconocer que el vínculo tiene también sus repercusiones oficiales: es un dolor de cabeza constante para los jefes de protocolo. Nadie sabe muy bien dónde ubicar a las compañera sentimental del heredero de la corona británica. Por su linaje aristocrático es probable que debiera tener precedencia respecto de otros invitados, pero la ausencia de título, certificado conyugal y -más importante hoy en día- reconocimiento popular, la deja en una suerte de limbo social.
La envidia de los Windsor
Los Windsor tuvieron durante muchos años razones para mirar con cierta envidia a sus primos Borbones. Felipe de Asturias puede casarse con la divorciada Letizia porque en su país los habitantes son ciudadanos, no "súbditos" de una corona con autoridad moral sobre la religión nacional, el anglicanismo. Una fe que condona segundas nupcias para viudos (lo que técnicamente liberaría a Carlos, si se olvida que Lady Di murió tras concretarse la ruptura conyugal), pero no para divorciados (lo que deja a Camilla fuera de carrera).
Las cosas, sin embargo, ya no pintarían tan de color de rosa en la tierra del sol y la sangría. Esta semana la prensa británica se ha frotado las manos destacando la nube de escándalos que aparentemente se cierne sobre el horizonte madrileño.
"Basta con que sólo un periódico o una cadena de televisión española abra la boca para que la boda termine en un fiasco", destacó The Independent.
De acuerdo con el matutino, varios directivos de medios hispanos habrían sido intimados por representantes del rey Juan Carlos a no revelar fotografías de carácter pornográfico de Letizia -que al parecer ya circulan por Internet- bajo pena de sufrir abruptas inspecciones impositivas.
Aquí se asegura también que el ex marido de la joven, el profesor de literatura Alonso Guerrero, fue visitado en más de una ocasión por la policía secreta española para convencerlo de no hablar de su pasado conyugal.
"De lo que no se dan cuenta en España es de que la supresión de revelaciones conducirá a una decepción masiva cuando, inevitablemente, esos detalles salgan a la luz", destacó The Independent, sin duda con la voz de la experiencia.
De no terminar todo en lágrimas, la experiencia española puede aún dibujarle una sonrisa al soltero más codiciado del mundo, el veinteañero príncipe William. La audacia de sus primos continentales ya ha ampliado "de facto" su horizonte matrimonial. Ya no tendrá, como su padre, que buscar a una joven virgen, aristocrática e inglesa para satisfacer las demandas del público y de su abuela, la tradicionalista Isabel II.

