Guerra al automóvil en París y Londres
Imponen límites al acceso de vehículos particulares por la grave polución en el centro de ambas capitales
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LONDRES.– Los franceses, siempre fieles a sus raíces rurales, acaban de adaptar uno de sus más vernáculos deportes, la cacería, al paisaje de la capital. Pero en la mira de los parisinos no corren ciervos o jabalíes sino una especie más abundante e inanimada: los automóviles.
Al frente del safari se encuentra el recientemente electo alcalde de París, Bertrand Delanoë. El primer socialista en tomar las riendas de la “Ciudad Luz” –gracias al apoyo del Partido Verde– dejó a todos atónitos al restringir a partir de esta semana el tráfico de los automóviles privados en el centro capitalino.
Lo hizo ampliando las sendas destinadas exclusivamente a ómnibus y taxis a un total de 42 kilómetros y las rutas para ciclistas a 163 kilómetros.
Para ver el resultado basta con pararse en cualquier esquina de la famosa rue Rivoli, que vincula la plaza de la Bastilla con la de Concorde por medio de dos vías.
En la más cercana a la vereda, pintada ahora de un azul grisáceo y aislada por coquetos bloques de cemento, se ve pasar de vez en cuando a algún ciclista pedaleando tranquilo, apenas preocupado por la cercanía de un ómnibus que lo esquiva a toda velocidad. A menos de un metro de distancia, sobre la segunda vía, una larga fila de automóviles avanza a paso de tortuga con sus ocupantes al borde del ataque de nervios.
Si los insultos abundan en dirección a la alcaldía –con la homosexualidad de su principal ocupante como musa inspiradora– nadie se anima, sin embargo, a violar la nueva norma. Cruzar de carril lleva una pena automática de 150 dólares a pagar en forma inmediata; circular por una vía prohibida puede resultar en el retiro permanente del permiso de conducir.
Con estas medidas draconianas, Delanoë no ha hecho otra cosa que cumplir con su promesa electoral de “luchar, por todos los medios posibles, contra la perjudicial y cada vez más inaceptable hegemonía del automóvil”.
Una cruzada inspirada por estudios científicos del laboratorio de higiene de París y la prefectura de policía local, que responsabilizan a los vehículos privados de ocupar las dos terceras partes de las rutas disponibles, circulando la mayor parte del tiempo en infructuosa búsqueda de un estacionamiento y convirtiéndose así en la principal fuente de polución de la capital.
Contaminación letal
Una contaminación que en verano se torna letal, especialmente para los que sufren de problemas respiratorios, como el asma. Un 6 por ciento de las muertes registradas anualmente en París son provocadas por la suciedad del aire. Esta realidad ya había sido aceptada por la anterior administración neogaullista, que impuso un esquema de “alerta a la polución” por el cual en días de poco viento y mucho calor reducía el precio de los boletos de los ómnibus, para alentar su uso, y prohibía el paso de los vehículos a más de 20 kilómetros por hora.
Para Delanoë, eso era un simple paliativo; “exorcizar” a París del auto, la única solución. Como para encolerizar aún más a sus detractores, ha declarado al próximo sábado 22 “la journée sans voiture” (el día sin el auto). Durante 24 horas ni un solo coche particular podrá acceder a la capital francesa.
Si en uno de los principales países constructores de automóviles del mundo su política suena a herejía, del otro lado del canal de la Mancha ya ha ganado varios adeptos.
El igualmente polémico alcalde de Londres, el “Rojo” Ken Livingstone, anunció esta semana que invertirá 300 millones de dólares para emular el modelo parisiense, el cual refinará cobrando un peaje de hasta 10 dólares a aquellos que se empecinen en ir manejando al microcentro.
Pero si la comodidad alienta la mayoría de las quejas de los parisienses, en Londres la ausencia de una red de transporte público seguro y barato conspira en contra de la “revolución antiautomóvil”.
“Con un boleto mínimo de 2 dólares y un ómnibus cada media hora lo único que se va a lograr es que los comercios del centro se fundan porque la gente va ir a hacer sus compras afuera de la ciudad”, sostiene Kevin Delaney, vocero del Royal Automobile Club (RAC).
Sordas a sus advertencias, las autoridades de 50 ciudades británicas, de Edimburgo a Exeter, se aprestan a dar a los choferes de ómnibus mucho más que su carril exclusivo. En cuestión de meses, los dotarán de un aparato que les permitirá cambiar por control remoto las luces de los semáforos de modo de ganar prioridad sobre el resto del tráfico. O yendo al grano, para colocar una eterna luz roja al nuevo “enemigo del pueblo”: el automóvil.
En la Argentina, fracasó
El 22 de septiembre último, Buenos Aires adhirió por primera vez al Día Internacional de la Ciudad Sin Mi Auto que se realiza con éxito desde hace varios años en 813 metrópolis del mundo. Pero en aquella jornada, pocos fueron los porteños que se sumaron a la iniciativa que los invitó a utilizar medios alternativos para desplazarse. Tales como caminar, utilizar la bicicleta, tomar el subte, el colectivo o un taxi. O, al menos, en caso de utilizar el auto, compartirlo con otros compañeros de trabajo.
La iniciativa fue adoptada con gran entusiasmo por las autoridades porteñas: el jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, y muchos de sus secretarios llegaron al palacio de gobierno en subte, colectivo y hasta en bicicleta. Dieron el ejemplo, pero no fueron imitados por muchos ciudadanos.
Como muchos otros viernes, la ciudad estuvo repleta de automovilistas y en los puntos neurálgicos hubo gran cantidad de atascamientos de tránsito. Los accesos a la ciudad estuvieron tan congestionados o más que en cualquier día laborable, y a lo largo de la avenida del Libertador se circuló a paso de hombre. El subte tuvo un aumento del 10% en la demanda de pasajeros y en los colectivos fue levemente superior a la normal.
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