
Hacia el ocaso del imperio del sol naciente
Por Narciso Binayán Carmona
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Esta larga historia puede tener varios comienzos y de hecho los tiene, pero esta nota se abriría con la decisión con que Harry S. Truman, presidente norteamericano, asumió una de las responsabilidades más tremendas de todo el devenir del planeta: lanzar la bomba atómica.
Fue así que Hiroshima recibió la primera (6 de agosto de 1945) y Nagasaki, la segunda (9 de agosto). En el intermedio, Stalin declaró la guerra al Japón y sus tropas invadieron Manchuria (8 de agosto). Al día siguiente, el gobierno nipón enviaba un telegrama a los Estados Unidos anunciando que aceptaba rendirse sin condiciones, pero con la condición -valga la contradicción- de que se garantizarían los derechos soberanos del emperador.
El secretario de Estado, James Byrnes, lo esperaba y se manifestó decidido a mantener el sistema imperial aunque señalando que la resolución final se haría conforme con "los deseos libremente expresados del pueblo japonés". Quedó flotando una duda: ¿qué pasaba si esos "deseos" llegaban a incluir la eliminación del régimen monárquico y la proclamación de la república? De todos modos eso quedó para el futuro y en el aquí y ahora de 1945 el emperador Showa (en vida Hirohito) emitió su mensaje histórico:
"La guerra no ha sido precisamente favorable para Japón y ahora el enemigo ha lanzado un arma que puede llegar a extinguir la civilización humana. En el deseo de salvar a mis súbditos y a las generaciones siguientes he decidido rendirme después de informar de ello a mis antepasados, y los exhorto a abstenerse de todo estallido emocional y de sufrir hasta lo insufrible y de soportar hasta lo insoportable" (14 de agosto). Pese a las amenazas de asesinato, permaneció firme en el palacio y envió a sus hermanos a anunciar su decisión a los comandantes de los distintos frentes.
Apartada durante siglos de todo poder real y reducidos sus antepasados inmediatos y mediatos a simples sombras, la dinastía imperial actuó en esas circunstancias terribles con energía e indiferencia hacia su destino personal, asumiendo lo que Alfonso XIII de España llamó "los riesgos del oficio".
Versión shintoísta
En el caso nipón estos riesgos habían sido soslayados o soportados durante por los menos quince siglos. Es naturalmente mucho más hermoso aceptar la versión oficial shintoísta de que Amaterasu Omikami, la diosa del Sol, envió a su nieto Ninigi con los tres objetos sagrados: el espejo -símbolo del Sol-, la espada que encontró Susanoo, el dios de las tormentas, y la joya, diciéndole: "Esta tierra, noble llanura de cañas, de arroz y de espigas, de 1500 otoños, es la región sobre la que mis descendientes reinarán. ¡Ve, nieto, y gobiérnala!" Oficialmente, la dinastía comenzó a reinar en 660 antes de Cristo. La verdadera fecha es más moderna y prosaica en la realidad: un jefe guerrero y a la vez shamán, dominó a otros jefes y tribus y de él descienden los emperadores.
El problema actual y que ha hecho resurgir a menor nivel, el debate gira en torno del problema de la situación imperial. El secretario general del partido Liberal Demócrata (en el gobierno), Taku Yamasaki, apoya la eventual posibilidad de que una mujer ascienda al trono, primero, y que el emperador pueda abdicar, segundo, señalaba el miércoles el Yomiuri Shimbun. Ambas posibilidades han quedado prohibidas desde 1947.
En relación con el cambio se ha mencionado también que podría derogarse la prohibición constitucional de que Japón pueda armarse o recurrir a la guerra. A nadie le preocupa en verdad que la divinidad del emperador haya sido expresamente renunciada hace más de 50 años.
Pero aquel problema fundado en la falta de un hijo varón del príncipe heredero Naruhito (tiene dos hijas) reactualizó el debate en torno del futuro del régimen imperial. A lo largo de la historia nipona ha reinado sólo una familia y ello, aunque la mayor parte del tiempo el poder real ha estado en manos de dinastías de regentes e, incluso, en un caso, de regentes de regentes. Ha habido tristes casos como el del emperador Antoku (1180-1185), de siete años, cuya abuela, en una guerra entre regentes, los arrojó al mar con él vestido de ceremonia.
El debate
Sobre la eventualidad de un cambio de régimen el debate se inició con la derrota, y se plantearon tres variables aún en discusión: "los que se oponen a la monarquía, los que le dan su apoyo o sostienen que no sería fácil abolirla, y los que exigen que la monarquía se transforme en algo completamente diferente."
Se ha discutido también si en la eventualidad de abolir la monarquía ello vendría de una fuerza externa (pudo haber sido el ejército norteamericano) o de una fuerza interna, "es decir, la revolución". Pero, ¿qué podría ser del Japón sin un emperador, que con poder o sin él ha sido siempre el símbolo de la pervivencia nacional? ¿Qué hubiera sido del Japón si en 1945 los norteamericanos hubieran abolido la monarquía?
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