Hasta ahora, una montaña de soluciones insuficientes

Claudi Pérez
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26 de mayo de 2012  

BRUSELAS.– Todo empezó en Grecia, y casi todo sigue exactamente en el mismo sitio. A fines de 2009, apenas un año después de la quiebra de Lehman Brothers, el primer ministro griego, el socialista Giorgios Papandreu, confesó que Atenas había engañado a Europa con su déficit y detonó la crisis fiscal europea. La debacle financiera internacional, que empezaba a dejar cadáveres en la economía real (paro, recesión y explosión de burbujas inmobiliarias), se metamorfoseó en Europa en una crisis fiscal descomunal.

Los intereses de la deuda empezaron a subir en los países con más dificultades. Los mercados, que durante diez años habían dictaminado que el riesgo asociado a Grecia, España y Alemania era parecido, se despertaron de repente y provocaron un vendaval en las primas de riesgo.

Alemania se resistía a aprobar rescates para los países con problemas, empezando por Grecia, por tres motivos: la cláusula de no rescate incluida en los tratados; las presiones internas, con ese mensaje duro contra los pecadores griegos, y el dogmatismo ideológico, por el que los países que habían gastado más de la cuenta tenían que seguir el modelo de rigor y ajustes que ha caracterizado a la economía alemana durante los últimos 15 años.

Durante la primera década del euro, los dirigentes fueron incapaces de reducir los desequilibrios y de prevenir los riesgos asociados a una moneda única que parecía la panacea mientras las cosas fueron bien. Una vez que se torcieron, la gestión de la crisis, con una acumulación imparable de cumbres inútiles, transformó lo que inicialmente parecía un incidente periférico en una crisis existencial.

Las cumbres sirvieron para tomar decisiones difíciles. Pero siempre demasiado tarde, siempre con demasiado poco. Y siempre bajo un punto de vista muy ideologizado: la principal razón de la crisis era la indisciplina presupuestaria (y no: eso vale para países como Grecia, pero en otros los problemas fueron otros, casi siempre relacionados con el sistema financiero). La medicina fue y es austeridad a rajatabla aplicada por Alemania a cambio de los rescates para Grecia, Irlanda y Portugal. Pero no han conseguido que esos países se asomen a la recuperación. Esa respuesta chata de la UE ha provocado que los mercados no se fíen de Europa, o que la vean débil como para atacar.

Sucesión de cumbres

El euro está en peligro por esa montaña de soluciones insuficientes que se han ido aplicando en una sucesión de cumbres como la del miércoles pasado en Bruselas, donde las más de las veces se llega a acuerdos que no se acaban de materializar, o están pendientes de detalles, o incluso se rectifican a última hora, como el pacto fiscal, al que ahora se quiere añadir un apéndice sobre crecimiento.

Los fondos de rescate, las ayudas a los países rescatados, las compras de deuda, la participación del sector privado en Grecia y la coordinación de políticas económicas son avances impensables hace tan sólo unos meses, siempre en la misma dirección: más Europa.

Con esos avances, sin embargo, estamos en parte como al principio: la crisis griega ya no es financiera o fiscal. Es política y se ha convertido en una depresión económica y social que amenaza al euro.

Desde las elecciones en Francia y en Grecia se vislumbra un cambio de rumbo: Grecia está exhausta y en estas condiciones no quiere seguir; Francia quiere poner sobre la mesa políticas de crecimiento que complementen la muy necesaria austeridad. Todo eso estaba en el menú de la última cumbre.

Pero ante cada nueva réplica de la crisis hay que volver a la casilla de salida: sólo las intervenciones del Banco Central Europeo (BCE) tienen credibilidad porque implican algo más que palabras. A corto plazo, el BCE puede dar algo de luz a España y Grecia. En el mediano plazo, Hollande plantea –al fin– políticas expansivas. A largo plazo, la solución son los eurobonos o la creación de una agencia europea de deuda que implicaría una unión fiscal y política mucho más fuerte. A corto, medio y largo plazo hay que, por lo menos hasta hoy, lidiar con el nein (no) de Alemania.

© El PAIS, SL

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