Valparaíso, tras el incendio: entre la solidaridad y el dolor por haber perdido todo

La argentina Laura Heit (izq.) colabora junto a sus amigas
La argentina Laura Heit (izq.) colabora junto a sus amigas Fuente: LA NACION - Crédito: Carlos Vergara
En una recorrida por las zonas afectadas, los damnificados contaron a LA NACION historias de reconstrucción y desaliento; "Este incendio me partió el corazón", dijo una argentina voluntaria
Carlos Vergara
(0)
16 de abril de 2014  • 14:50

VALPARAÍSO, Chile.- Hoy por hoy, subir a los cerros quemados por el gran incendio de Valparaíso es casi una tarea imposible. El desorden que provocó la espontánea ayuda de miles de chilenos en las estrechas calles y pasajes que conectan con las zonas afectadas ha obligado a los militares a cortar las rutas y al gobierno a decretar la restricción vehicular para la circulación de autos por la ciudad desde mañana y hasta el domingo.

Por eso, los habitantes de las zonas afectadas que quieren volver a encontrarse con lo que haya quedado de sus hogares, deben ingresar por la parte alta de Valparaíso, precisamente donde comenzó el fuego, desatado en grandes bosques privados situados en el camino La Pólvora y que no fueron controlados a tiempo.

Las casas quemadas son más de 3000, con un cálculo de dos y hasta tres familias por cada una de ellas. Para aquellos que viven en esa zona de Valparaíso, ya no hay tiempo para pensar en los muertos. Lo único que importa es volver a levantarse.

Los relatos de los vecinos, agazapados entre el polvo y montones de escombros, son estremecedores.

Víctor Cisternas, un chofer de colectivo del cerro La Cruz salió el sábado pasado, el día en que empezó el infierno, a visitar familiares en el cerro Barón.

Cuando pudo volver a su casa, o mejor dicho a lo poco que quedaba de ella, unas 24 horas más tarde, se encontró sólo con la fachada: todo lo demás estaba reducido a carbón y latones quemados. Sus vecinos lo miran de reojo porque fue precisamente su coche, un Fiat Pentra del año 91, el que explotó con el fuego y quemó las casas adyacentes.

El coche, convertido en una achicharrada masa humeante, ya no guarda ni una brizna del color rojo furioso que lo caracterizaba. El hombre calcula que una vez desarmado, el fierro y los restos de motor podrán reportarle unos 100 dólares vendiéndolo como chatarra.

Hoy Víctor sólo quiere volver a reconstruir su casa cuánto antes, pero bien sabe que para eso deberá esperar.

"Yo calculo que si me ayuda el gobierno con materiales, podría volver a levantar mi casita en unos seis meses, dice a LA NACION.

La tierra y el desaliento se confunden ante la magnitud del desastre. La reconstrucción, dicen los vecinos, es imperativa, antes de que lleguen las lluvias y nuevas calamidades.

"Ya pasó el fuego, ahora vienen las lluvias. Así nos llevamos en los cerros, cagada tras cagada", cuenta Raúl Órdenes, un obrero que ha preferido dormir en una carpa entre las ruinas por miedo a que le roben o a ser postergado por las autoridades.

Solidaridad

Miles de voluntarios, sobre todo jóvenes y estudiantes universitarios también forman parte del paisaje habitual en los cerros de Valparaíso.

Por la castigada calle El Vergel, la principal vía del cerro La Cruz, que ya vivió un violento incendió el año 2008, camina la argentina Laura Heit, oriunda de Bahía Blanca, quién se quedó a vivir en Valparaíso tras completar sus estudios de Hotelería.

"Amo a Valparaíso y este incendio me partió el corazón", dice Laura. Por ello, hoy recorre los cerros con cuatro amigas norteamericanas repartiendo víveres y un poco de cariño y aliento.

En la quebrada que separa los cerros El Litre y Las Cañas, dos que bien supieron de fuego, decenas de jóvenes conforman una interminable cadena humana que, de mano en mano, retiran tierra y escombros en tarros u ollas.

El calamitoso paso de cerro en cerro muestra imágenes del horror: algunos perros que sobrevivieron, pero que ahora andan con el hocico quemado y el pelaje chamuscado. Mujeres con la vista perdida, conscientes de que la vida se ensañó con ellas más de la cuenta.

También hay lágrimas y ojos llorosos, que apenas se dejan ver tras los barbijos de los voluntarios.

Troncos quemados, ruido de helicópteros y el sonido de las palas golpeando contra el suelo, coronadas por decenas de banderas chilenas y carteles de aliento completan la escena.

Los cerros de Valparaíso hoy son sólo tristeza y cenizas.

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.